Si usted se da cuenta de que en la casa de al lado están violentando a varias personas, cuál es su reacción: ¿saca el celular y graba para subir ‘el ruido del atropello’ a redes y posar de salvador? ¿Llama 500 veces a la policía que no aparece ‘nunca’? ¿Convoca ‘junta de vecinos’ para tomar una decisión democrática? O se lanza a esa casa, tumba la puerta o rompe una venta y entra ‘a las buenas o a las malas’. Porque desde afuera lo que se percibe es toda una guerra de muchas personas que no pueden zafarse de un agresor descomunal. Claro, genera daños, puede que atropelle al gatito que estaba refugiado debajo del sofá, o aterrorice a varios habitantes de esa casa que no saben realmente qué es lo más peligroso si lo de adentro o lo de afuera. Pero usted entra porque entra para salvar de la agresión que siente se vivencia en ese hogar.
Pues bien, hago la comparación con lo que el mundo vive en este momento. Les damos ‘infinitas’ gracias a Trump y Netanyahu porque realmente nos salvaron de un problema descomunal, Irán armado de material nuclear y de paso liberaron al pueblo musulmán de un tirano y son verdaderos héroes capaces de enfrentar líos para ‘salvaguardar’ el planeta. O nos morimos de rabia por ‘abusadores’, porque se creen dueños del vecindario y pueden entrar ‘a cualquier casa’ porque creen que son los únicos que arreglan los líos de los países, ellos en su infinito ego y prepotencia. Ni siquiera respetan el sentir de un pueblo, que claro, en una polarización extrema, habrá quienes añoren a Ali Jamenei como héroe pero también existirán quienes lo repudien por tirano.
Sí, los vejámenes de los ayatolas son impactantes, lo cuentan los medios de comunicación y en especial testimonios de hombres y mujeres que han sufrido los efectos de la combinación de política con religión, lo que genera el fanatismo y la ceguera emocional. Se creen representantes de Alá por lo que pueden hacer lo que les venga en gana, porque esa es ‘su misión’. Entonces entre ayatolas y políticos estilo Trump, Netanyahu y Putin, la humanidad se pierde sin encontrar un camino donde los seres humanos vivencien un mínimo de respeto y tolerancia, sin necesidad de que una ‘casta’ de hombres se consideren dioses con derecho a destruir lo que para ellos no debe existir. No somos iguales, no tenemos que serlo, pero no tenemos que matarnos porque no lo seamos.
¿Son buenos o son malos? ¿Les agradecemos o los repudiamos? Tal vez como nunca nos encontramos ante una verdad filosófica que ni se cree ni se practica, pero es la piedra angular de todo el conflicto presente: los contrarios no existen, no existe la luz sin la oscuridad, izquierda sin derecha, lo bueno sin lo malo, arriba sin abajo. El haber construido una cultura de extremos, el haber institucionalizado la dualidad ha llevado a este momento donde el ser humano se atropella refugiado en el extremo en el que cree.
Es una humanidad realmente perdida por la forma en que construyó sus valores. No se integra, se divide. Siglos de civilización no permitieron que se aprendiera a convivir con lo diferente. Un solo modelo de vida, una sola ideología, una sola verdad, llevaron al extremo de desaparecer lo que no concuerda con mi creencia. Claro, a todos los niveles, el abuso de poder es la representación de la imposición de un solo modelo. No es convivir con la violencia y el atropello, pero a su vez los que ‘atropellan’, ¿por qué lo hacen? ¿Qué esconde su abuso? ¿Hay abusos correctos y abusos incorrectos?