Hablamos del primer siglo después de Cristo. El emperador romano Julio César había dado un gran empuje a las distintas conquistas que se abrieron en el mundo como un abanico. Incluso ese afán expansionista se extendía hacia regiones un poco misteriosas como las que constituían las tierras bretonas, de pueblos ardientes y valerosos, parte de la actual Inglaterra. Eran islas que brotaban de un mar ajeno y abierto.
Para entonces ya existía un rey británico muy destacado, de la región de Icenia, que llevaba el nombre de Prasutagus, quien se alió con ellos, los romanos, y cuando este pensaba que eran socios, los romanos lo traicionaron, le dieron muerte y se tomaron todo el terreno, ciudades y pueblos.
La esposa, Boudicca, viuda, hermosa, valiente y dinámica, se esparció como las aguas por todo ese territorio, adiestrando soldados, enseñándoles el amor al terruño y la inteligencia del combate. Esa extraordinaria fémina se convirtió en símbolo de lo más noble que pudiera dar el humano ser y fue ella quien descubrió la patria y que la buena suerte de uno ya era la buena suerte de todos. Nadie entonces luchó con tal coraje e inteligencia y le temieron los imperialistas y su grito fue un símbolo eterno de la libertad.
Por supuesto, las legiones romanas llegaban más y más, y la guerra aumentaba. Era ya fácil que Boudicca cayera y ella lo supo. Fue entonces cuando muere por sus propias armas, perdida en el anonimato, sin que nadie supiera dónde fue la última escaramuza ni dónde quedó su cadáver como la flor de la vida.
Esta parte de la historia, naturalmente, es una oda a la mujer que fluye su nobleza desde las reconditeces del alma y de su lucha. Y puede decirse que siempre habrá una mujer limpia y pura que sepa batallar en medio de las inquietudes contradictorias del diario acontecer. Yo, por mi parte, creo en la mujer de verdad que sabe ser madre y quiere a todos, como si fueran sus hijos.
Esa mujer para mí es Paloma Valencia. Desde joven ha hecho una fecunda carrera parlamentaria. Discutió proyectos profundos y pudo entenderse bien aun con los contrarios. Su voz es rápida, su pensamiento hilvanado, su inteligencia dúctil y su carácter indudable.
En la campaña ha demostrado plenamente su personalidad fuerte al tomar decisiones y su espíritu de progreso, que no es progresista como ahora eufemísticamente quieren convertirlo los abanderados de una extrema izquierda como el señor Cepeda, que guarda silencio siempre sobre su pertenencia al partido comunista.
Parecería ser lo de menos que las movilizaciones que ordena el señor Petro no solo son flagrantes intervenciones en política, y no pasa nada, sino un abuso permanente del gasto público. Buses, chivas, montones de lechonas y tamales y el discurso vacuo pasando por encima del gravísimo problema de la salud y la falta de drogas. Jóvenes que mueren sin haber visto un rayo de esperanza, o personajes en el curso de la vida levantando una familia sin transporte ni comida y la energía subiendo.
Hace años se puso de moda en un determinado gobierno el slogan “Tapen, tapen”. Tapaban entonces. Ya no hay con qué tapar mientras se conocen los grandes y voluminosos desfalcos y los escándalos enormes como los que anunciaba la Sarabia y el propio Benedetti y hoy la ratonera del Palacio de Nariño que pinta la Directora del Fondo de Adaptación, Angie Rodríguez, sin que tampoco pase nada en la verborrea del señor Petro. “Algo está podrido en Dinamarca”, exclama alguno ante el príncipe Hamlet. ¿Y aquí? Bueno, todo se cae en las vastísimas redes sociales que maneja el gobierno y en sus mentiras inescapables. Como aquella que pone un amor carnal a Jesús de Nazaret.
Los ojos de la esperanza están puestos en aquella caucana de personalidad que, a pesar de las amenazas, anda erguida levantando la bandera y haciendo oír su voz grata de clarín. Es por ella que recuerdo a Boudicca.