Recuerdo cuando trabajábamos de voluntarias en el Club Noel de la madre Eufemita Caicedo. Éramos Damas Grises y parte de la labor era ayudar en la sala de bebés desnutridos o abandonados. El largo corredor lleno de cunitas con barrotes de metal pintados de crema. Los toldillos, el olor rancio a pañales lavados una y mil veces, oreados al sol pero siempre receptores de esas diarreas imparables de muchos bebés febriles con infección intestinal. Un olor rancio y dulzón.

Llantos. Criaturas indefensas que nos miraban desde sus cuerpecitos mínimos. Ojos siempre grandes, interrogantes de un ‘por qué’. Los cargábamos, los limpiábamos, los acunábamos, tal vez pensando que algún día también seríamos mamás. El Padre nos había instruido bien -“En caso de muerte cualquier persona puede bautizar para impedir que alguno de estos angelitos vaya al limbo”. Una palabra que sonaba fea y tenía color verde como esas diarreas.

Elena, Carmenza y yo estábamos de novias y tomamos el permiso del cura al pie de la letra. Nos parecía que todos se iban a morir y debíamos impedir aquello del limbo. Entonces nos turnábamos. Una cargaba al bebé. La otra tenía lista la jarrita con agua del chorro y los bautizábamos por turno. Se llamaban Henry, Rodrigo y Tulio, nuestros respectivos amores. Creo que logramos rescatar algunos de ese lugar verde y raro y mandarlos al cielo. A veces llorábamos un poquito pero en general sentíamos gran satisfacción espiritual. No recuerdo ninguna niña.

Traigo este recuerdo. Elena siempre tuvo incrustada en el alma la vocación de servir. Han pasado muchos años y muchas cosas. Elena tuvo que exilarse con sus hijos pequeños después del asesinato de su suegro y del secuestro de su prima hermana. Washington fue su destino. Decidió estudiar.

College. Magister. Doctorado Tesis Cum Laudem y la publicación de su libro ‘Women Struggle Out of Silence’, cuya versión en español sale a finales de este año. Se trata de una investigación-reportaje a once mujeres de diversos estratos socioeconómicos, todas colombianas.
Escucharlas y darles la oportunidad de hablar sobre sus vidas, sus luchas, sus dolores y esperanzas para lograr ser autónomas en una sociedad machista e implacable, además de desigual y excluyente.

El viernes pasado fue el lanzamiento de lo que se fue gestando y madurando a través de estos años y que su hijo Enrique logró convertir en la plataforma más revolucionaria llamada ‘colombianas.org’ en la que se publican testimonios de mujeres que lograron encontrar su propia voz y su propio camino, a pesar de todas las barreras, amenazas, temores y obstáculos. Poetas, escritoras, indígenas, docentes, periodistas, amigas, excombatientes, acudimos a rodear a Elena Garcés Echavarría que logró cumplir su sueño a base de trabajo, tesón, terquedad, múltiples viajes, desgastes emocionales. Lo entregó todo y abrió las puertas para las mujeres colombianas que quieran escuchar o compartir su historia.

Elena. Gracias. Esa fragilidad exterior está estructurada en una voluntad de acero entrelazada con juncos que se doblan pero jamás se rompen. Elena, en una labor silenciosa, de años, de bajo perfil, pero constante como la gota de agua, logró penetrar en el alma de la mujer colombiana, ayudarla a buscar su identidad, su fortaleza y conseguir que nos compartieran sus historias. Fuertes. Crudas. Tristes, pero que las empoderaron y las convirtieron en triunfadoras.

Ahora todas las mujeres podremos conocernos, escucharnos, darnos la mano para seguir unidas en búsqueda de la igualdad, la dignidad y la paz. Basta entrar a ‘colombianas.org’, escuchar, y si queremos, ¡abrir también nuestro corazón!

Felicitaciones Enrique. A Santiago que la acompañó en Holanda a encontrar la prostituta caleña. Al equipo de producción. A las mujeres entrevistadas por su testimonio lleno de valor. A todos los que hicieron posible esta revolución. La fuerza de la palabra es imparable. ¡Sobre todo si es honesta y sale del corazón!