Inicia un nuevo gobierno, por fortuna. Queda atrás uno de ingrata recordación, por inepto, caótico, corrupto, mentiroso, autoritario, provocador, indecente, despreciable y asesino. No bastan los adjetivos calificativos negativos para describir lo sucedido en cuatro años. De ahí lo difícil de entender que tantos idolatren a quien a la brava se aparta del poder y que tras semejante desastre insistan en arrojar a Colombia por el abismo del socialismo.

Hace un año pocos apostaban al éxito electoral de Abelardo de la Espriella. Logró, con un mensaje firme y coherente de derecha -en un país que naufragaba en la demagogia de izquierda- y un estilo auténtico, directo y sin filtro, interpretar el desespero e indignación de millones hastiados del mal gobierno, la tibieza ideológica y la politiquería tradicional. Triunfó el deseo de libertad con orden, la democracia y la economía de libre mercado.

Se respira esperanza, pese al reto. Recuperar el territorio en manos de las organizaciones criminales y el narcotráfico y la seguridad en las ciudades y en el campo, requiere decisión política, una estrategia distinta y recursos billonarios, con los que no cuenta el país. Igual, con el sistema de salud que tantas vidas ha cobrado, el energético -destruido a propósito- la infraestructura y la vivienda, entre otros sectores en crisis, que requieren de atención.

Importante que la posesión haya sido en Cali, en el suroccidente, tomado por la izquierda y el crimen, si acaso se diferencian. Diciente la presencia de las distintas ramas del poder, de los expresidentes Uribe, Pastrana, Duque y Gaviria, y de un grupo calificado de Jefes de Estado incluido el Rey de España. Las palabras del presidente del Congreso y voceros de distintas iglesias convirtieron la ceremonia en un acto refrescante, de especial significado.

De particular relevancia que el presidente Abelardo de la Espriella se hubiese dirigido a la Nación desde el Batallón Pichincha y no en el recinto donde tomó posesión del mando. Nuestras Fuerzas Militares y de Policía han sido y son los grandes héroes de la patria. El gobierno saliente los trató de comprar con dádivas y no lo logró; requerían de una voz de respeto y de solidaridad, y una instrucción clara de enfrentar a los criminales sin desmayo.

Tras evocar al expresidente Rafael Núñez y su gesta de la Regeneración a finales del Siglo XIX, que evitó la disolución del país, señaló que el desafío de los nuevos tiempos apunta a fortalecer las regiones sin menoscabar la unidad nacional. Un desafío tan complejo como necesario por la situación fiscal, que obligará a un incremento gradual de competencias y recursos hacia departamentos y municipios, tarea inconclusa de la Constitución de 1991.

Finalmente, fue importante escuchar del presidente De la Espriella su compromiso con el respeto a la Constitución y la ley, a la independencia de las demás ramas del poder, a no promover ni respaldar una Asamblea Constituyente o tratar de extender su período. De la mayor relevancia cuando el país estuvo cerca del colapso institucional. Colombia necesita estabilidad política, instituciones sólidas, seguridad jurídica, y un urgente rescate moral.

A lo señalado se suman anuncios serios y responsables en materia económica y social, en la lucha contra el crimen y la impunidad, en materia energética y el desarrollo del campo. Igual, el llamado a la unidad nacional, sin distingos, y el respeto a las opiniones contrarias. Colombia, con excepción de algunos -que no son tantos como lo dice la izquierda-, celebra el inicio del fin de una horrible noche, que no debe nunca volver, y la llegada de un nuevo amanecer.