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El arte de escribir

El arte, para Antonio Caballero, no se define por las modas, los manuales académicos ni por su valor financiero, sino por el tiempo y el azar...

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Benjamín Barney Caldas.
Benjamín Barney Caldas. | Foto: El País

24 de sept de 2026, 12:20 a. m.

Actualizado el 24 de sept de 2026, 12:20 a. m.

Antonio Caballero Holguín (Bogotá 1945-2021) es todo un buen ejemplo del arte de escribir, como se puede leer en sus muy interesantes y agradables escritos sobre el arte, los artistas, las exposiciones y las ciudades; y de cómo él hace pública su posición frente a los críticos y la crítica del arte. Son textos que publicó en diferentes medios en Europa y Colombia, y que han sido recopilados por su hija, Isabel Caballero Samper, y publicados póstumamente en Mientras pasaba por ahí, 2026, que incluye una pertinente introducción por Mario Jursich.

Igual que sus crónicas sobre las corridas de toros -lúcidas, irónicas y detallistas- solían ser más emocionantes que las corridas mismas, lo que escribe sobre las pinturas emociona mucho al recordarlas, o en el museo respectivo, o al mirarlas de nuevo en un libro, y no apenas verlas al pasar por su lado. Para Antonio Caballero, la fiesta brava no solo era un espectáculo, sino un arte complejo y una herramienta para explicar la sociedad, la estética y la política; lo que desde luego igual se puede afirmar del arte, como lo hace él en estas crónicas.

Más que una breve biografía de los artistas, nos presenta a los que no conocíamos y nos invita a conversar con los que sí conocíamos, junto con los que nos ha presentado, sobre los creadores, las formas y las ideas estéticas. El arte, para Antonio Caballero, no se define por las modas, los manuales académicos ni por su valor financiero, sino por el tiempo y el azar, lo que demuestra explícitamente al escribir sobre cada uno de ellos y la sociedad, estética y política que les tocó, y en qué ciudades; lo que lleva a pensar en las de uno.

Lo que escribió sobre diversas exposiciones de arte en Europa, y sus respectivos artistas, a finales del siglo XX y a principios del XXI, ya algunas en Colombia, sin duda llevó a muchos de los que lo leyeron a ir a ellas, y a los que ya lo habían hecho, a recorrerlas de nuevo y entonces poder admirarlas mejor y aprender mucho más; y a los que no les fue posible ir, a desear mucho haberlo podido hacer. El libro deja en claro que una exposición es la presentación pública de obras artísticas para comunicar un concepto, emoción o interpretación de la realidad.

Su crítica a los críticos y a la crítica del arte recorre, casi en silencio pero inevitablemente, todas las páginas de las crónicas recogidas en el libro, las que, por supuesto, son ellas mismas una crítica de arte; o varias, ya que varían. Para Antonio Caballero, la crítica de arte no era un ejercicio solemne ni académico, sino una mirada lúcida, escéptica y profundamente personal nacida del contacto directo con las obras de arte, y no de los manuales, aun cuando reconoce unos muy buenos, y de ahí que ineludiblemente tuviera que ir a las exposiciones que criticaba.

Y lo que escribe sobre algunas de las muchas ciudades que menciona en sus artículos, junto con las sedes de esas varias exposiciones en Europa, nos las recuerda a todas ellas con emoción y nos invita a que las visitemos de nuevo, y comprobemos que no las conocíamos del todo. Son escenarios vitales donde el arte se cruzaba con la historia, la política, la decadencia cotidiana y ahora con el turismo invasivo; concepto vital que, por lo demás, nos será muy útil al volver a otras o visitar nuevas ciudades en otras partes del mundo y en el propio.

El arte de escribir comúnmente se entiende como un proceso que combina técnica, autenticidad y una profunda organización del pensamiento para transmitir conocimientos, ideas y emociones de manera efectiva y sintáctica. El arte de escribir para Antonio Caballero, además, se basaba en su convicción de que siempre se escribe en primera persona, entendiendo el oficio no como un ejercicio de talento divino, sino como un trabajo de rigor, dudas y profunda rebeldía; lo que es evidente en Mientras pasaba por ahí, como en sus otros libros.

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, y en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998.

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