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Nostalgia noventera

Muchos de nuestros recuerdos más amados no están en un álbum de fotos, ni en unos negativos, ni mucho menos en una cámara de vídeo o celular: están en el corazón, y tal vez por eso siguen calando tan hondo en nuestras almas.

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Daniel Molina, columnista de El País.
Daniel Molina, columnista de El País. | Foto: Especial para El País

24 de sept de 2026, 12:17 a. m.

Actualizado el 24 de sept de 2026, 12:17 a. m.

El otro día cumplí años, 35, para ser exactos. Más allá de la sutil felicidad que siempre me ha dado la fecha, esta vez me sentí absorbido por un sentimiento diferente, una suerte de nostalgia noventera, esa que quizá nos llega a más de uno en tiempos como estos, donde la inmediatez, la inteligencia artificial y, sobre todo, las redes sociales, han cambiado la forma de relacionarnos con nuestro entorno.

Lo primero que debo decir es que, extrañamente, con el paso de los años le he tomado algo de fobia a publicar en las redes. Todavía recuerdo por allá, en el año 2008, cuando escribía en Facebook sobre muchas de las cosas que me sucedían en mis primeros semestres de universidad. Años más tarde fui tuitero, después di el salto a Instagram (que rara vez desempolvo) y luego me negué absolutamente a incursionar en TikTok. Hace una semana, de hecho, intenté grabar un video piloto sobre una visita que hice a un lugar que soñaba conocer en plan “Hola, amigos, qué tal, estoy en…” y me sentí algo avergonzado.

Allí me di cuenta de que los años me han pasado, y que quizá existen muchos noventeros como yo, quienes hacemos el mayor esfuerzo por adaptarnos a estos tiempos modernos, pero sintiendo que en un sopetón todo cambió, que el mundo avanza muy rápido y que nos subimos a ese tren imparable no tanto por convicción, sino porque la enorme fila nos empujó adentro del vagón.

Admiro, y lo digo de verdad, a todos esos amigos o conocidos con los que coincidí en la vida, a quienes les sale natural la adaptación a esta época: a quienes publican sus logros, sus frustraciones, sus sonrisas, sus lágrimas, sus fotos. Lo he intentado, pero no me sale natural, así que ya he perdido la cuenta de cuántas imágenes o textos se han quedado esperando a que yo presione el botón ‘publicar’.

Durante estos días de nostalgia, en cambio, he aprovechado para tratar de recordar aquellas cosas que tanto amé de los noventa: las tiendas de Blockbuster, donde podía pasar horas y horas buscando el videojuego o la película del fin de semana; el Súper Nintendo y sus cartuchos, que tocaba soplar de vez en cuando para que funcionaran bien; las tardes jugando fútbol en el parque con niños que en su mayoría ya son solo sombras en mi cabeza; las conversaciones sobre cualquier cosa sin que nadie prefiriera mirar el celular en lugar de escucharte de verdad; la libertad de vivir momentos sin la obligación de dejar un registro.

El punto aquí no es caer en el cliché de “todo tiempo pasado fue mejor”, o criticar las enormes facilidades que tenemos hoy gracias a la tecnología (sería una desfachatez); mi objetivo es solo reivindicar un poco el sentimiento de gratitud que muchos noventeros tenemos hacia aquella época previa a la transformación de la que hoy somos protagonistas. Muchos de nuestros recuerdos más amados no están en un álbum de fotos, ni en unos negativos, ni mucho menos en una cámara de vídeo o celular: están en el corazón, y tal vez por eso siguen calando tan hondo en nuestras almas.

Periodista apasionado por los deportes, los goles, la literatura y la redacción digital. Vinculado a mi casa, El País, desde el 2013.

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