¿Por qué no denunciaron cuando les pasó y por qué lo hacen ahora? ¿Importan sus casos porque son periodistas? ¿No les duelen las familias de los investigados? ¿No tienen derecho ellos a un juicio antes de ser señalados? ¿Están haciendo política con el acoso? ¿Y cuando el acoso es a la inversa o ellas mienten y hacen denuncias falsas?

Hay tantas preguntas válidas en torno a un hecho que ha sacudido el panorama informativo como otras que no buscan comprender, sino sembrar dudas y desviar el foco. Repiten lo de siempre: cuestionar a las víctimas antes que interrogar al poder. En medio de ese ruido, decenas de periodistas abrieron una conversación pública, incómoda pero necesaria, sobre el acoso sexual en los medios de comunicación.

Por un lado, están las investigaciones en Caracol Televisión, que derivaron en la salida de Jorge Alfredo Vargas y Ricardo Orrego, y en el surgimiento del poderoso movimiento @yotecreocolega, que hasta el viernes en la mañana había recibido 200 correos electrónicos. Por otro, el comunicado “contra las acciones que Hollman Morris, director de RTVC, ha adelantado para silenciar a las mujeres que lo denuncian”, firmado por periodistas y columnistas bajo el lema #NoAlPactoDeSilencio. Este último ya había interpelado semanas atrás al expresidente Andrés Pastrana, por las menciones en el caso Epstein, que ha salpicado a figuras poderosas en el mundo.

Decir que las periodistas guardaron silencio y apenas hablan ahora es una verdad a medias y un juicio que duele. Hay denuncias recientes y consistentes, pero también estamos ante un cambio de época: las jóvenes de hoy no están dispuestas a callar, aun cuando el sistema pueda excluirlas o castigarlas, y porque saben que existen más mecanismos, aunque insuficientes, para protegerlas. Hay un relevo generacional que no traga entero, sin desconocer el camino abierto por quienes durante años han hecho de estos temas su causa y que también son dueñas de sus silencios y de su desconfianza frente a las instituciones.

La investigación Periodistas sin Acoso, de la Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género y la Fundación Karisma (2021), reveló que el 73,4 % de las mujeres periodistas ha sido víctima de violencia psicológica y el 67,1 % de acoso sexual en el ejercicio de su profesión. Además, una sentencia de la Corte Constitucional, derivada de la denuncia de la periodista Vanesa Restrepo, obligó a fortalecer los protocolos en los medios. La pregunta es inevitable: ¿qué ha pasado con esos avances?

Estos casos importan no solo porque involucren a periodistas. Importan porque evidencian que, en espacios atravesados por relaciones de poder, el abuso no puede normalizarse. Importan porque los medios, que investigan a la sociedad, también deben ser capaces de investigarse a sí mismos.

También duelen las familias, esposas, hijas e hijos, de quienes hoy enfrentan señalamientos. Ese dolor es real. Pero reconocerlo no puede traducirse en silencio ni en la renuncia a esclarecer los hechos. Sus nombres, entre muchos otros, están sobre la mesa y merecen un proceso serio y responsable. Pero no evita el escrache como forma de denuncia pública frente a figuras de poder, especialmente cuando las vías institucionales fallan o avanzan con lentitud.

Que este debate estalle en plena campaña electoral no implica la existencia de una fuerza oscura detrás. Que haya intentos de instrumentalizarlo es previsible. Pero reducirlo a una disputa entre derechas e izquierdas, cuando hay denuncias en distintos sectores, trivializa un problema estructural que nos confronta como sociedad.

Quienes creemos en la fuerza de un #MetooColombia, como el que empieza a resurgir, entendemos sus riesgos, pero también su urgencia. Las denuncias falsas, como en cualquier ámbito, deben rechazarse, pero no pueden convertirse en argumento para desacreditar la mayoría de los casos reales.

Gracias a los hombres que se han manifestado con seriedad y solidaridad frente a las víctimas, por entender que no es un asunto menor y por exigir claridad. Y a todas las mujeres que han alzado la voz, para contar sus historias o para sostener las de otras, gracias. La vergüenza tiene que cambiar de bando. No es hora de callar.

@pagope