Podcast Que Vivan los Libros

Este libro vuelve por el camino de tus primeras obras, que son, ante todo, sobre el acto de leer, ¿no?

Sí, el acto de leer. El acto de leer como una búsqueda personal y el acto de leer para conectar cosas que generalmente no conectan, sí.

¿Cómo te convertiste en lector de Borges?

Nació hace por ahí 20 años. Y nació con cierta curiosidad que yo había aplazado. Yo creo que muchos hemos intentado primeras aproximaciones a la lectura de Borges, que no salen bien, y la retomamos más adelante. Mis primeras aproximaciones vinieron en el colegio, en las cuales entendí muy poco, Paola. Y me generó cierto... temor, voy a decirlo así. Recuerdo aquella frase famosa de que “para leer a Borges hay que haber leído a Borges”. Después lo fui retomando poco a poco como una especie de búsqueda, y encontré muchas afinidades: su escepticismo radical, cierta visión melancólica pero celebratoria de la vida. Me aproximé primero a su poesía, después a las ficciones y luego a los ensayos y a su crítica.

¿Este libro sirve como una puerta de entrada para los lectores que aún no han leído a Borges?

Borges murió en 1986, se están cumpliendo 40 años. Esa también es una de las razones por las que yo dije: bueno, es momento de escribir esta exploración que lleva muchos años. Los dos primeros capítulos, aunque no fueron pensados inicialmente de esa manera, son una introducción a Borges. Es más, a mí me habría gustado leer un libro parecido a este en mi primera aproximación a Borges, que fue difícil.

En esos nueve ensayos o nueve relatos sobre Borges, empiezas hablando del sueño, que para Borges es casi una obra de teatro autónoma. ¿Por qué empezar por el sueño y la realidad?

Empecé por dos cosas. La primera es esa que tú mencionas, Paola. El sueño casi como un hecho estético, al que tenemos acceso todos los seres humanos. Me gusta mucho esa idea de Borges, que yo no la había visto en nadie más, de que los sueños son guionizados, en el sueño todos somos el protagonista, el libretista, el actor y el espectador. Esas ideas de Borges me parecen muy bonitas, yo quise escribirlas, me parecen fascinantes, me parece que resumen la esencia de los humanos y es algo que han dicho todos los poetas: que estamos hechos de la materia de nuestros sueños. Esa es una. Y la otra idea, que es la esencia del libro, es que la realidad está alcanzando a Borges. Él dijo: “La realidad parece un sueño”, y hoy las ficciones gobiernan, las máquinas escriben, la realidad cada vez tiene más esa dimensión onírica, entonces también quise empezar el libro ahí, porque “el mundo es cada vez más borgiano”.

¿Qué diría Borges sobre los tiempos de inteligencia artificial?

En su poema ‘El Golem’, el ser humano crea algo que no controla plenamente y que no entiende. Lo que estamos viendo hoy en día, con la inteligencia artificial autónoma, que trasciende las intenciones de los creadores y que los mismos creadores no entienden plenamente, tiene mucho que ver con ese poema: ‘El Golem’. Borges tiene un cuento que se llama ‘Las ruinas circulares’, tiene ‘El Golem’ y tiene otro poema que se llama ‘Ajedrez’, donde de alguna manera el creador se asombra con la creación y eso lo lleva a reflexionar si hay otro creador detrás, que podemos llamar Dios, y eso lo lleva a preguntarse: ¿Será que de esa manera nos concibe Dios también, como una creación que se le salió de las manos? Me gusta que esta reflexión sobre la inteligencia artificial toma en Borges una especie de tinte metafísico.

En ‘Borges’, Gaviria vuelve a la poesía, los cuentos, los ensayos y la vida del autor argentino para reflexionar sobre el tiempo y las decisiones que estrechan el camino, la fragilidad de la realidad, la política y los límites morales, los desafíos de la Inteligencia Artificial. | Foto: El País

Otro tema importantísimo en el libro es la Democracia, además en estos tiempos que corren, con las protestas en Europa…

Se veía venir un poco, Paola, ¿no? La crisis de la Democracia, esta incertidumbre sobre el futuro, que yo creo que está actuando como un solvente, por la incapacidad de llegar a acuerdos sociales mínimos en casi todas partes del mundo. Hay una brecha intergeneracional también muy grande. Borges fue un escéptico sobre la Democracia. Y, si viviera en esta época, sería más escéptico aún, yo creo.

Pero siendo escéptico, también ratifica lo democrático

La ratifica, sí, sí. Borges es escéptico pero en el fondo defensor de la Democracia como un límite moral, ¿no?, pero estaba el otro Borges, que era reaccionario, «Georgie», como le decían sus amigos o como le decía su familia. Y Georgie habló muchas veces en contra de la Democracia. Y tenía esas frases sueltas, él era como provocador en las entrevistas, esos epigramas en contra de la Democracia que yo creo que le hicieron daño de alguna manera y preocuparon a sus amigos. Él decía que las opiniones políticas eran lo más deleznable de un escritor, pero las daba todo el tiempo también. Y yo creo también, Paola, que a él el peronismo en Argentina lo afectó mucho personalmente. Y nunca pudo tratar de hacer un esfuerzo intelectual, o sea, un intelectual que no fue capaz de hacer un esfuerzo intelectual para entender ese fenómeno y para entender por qué la gente seguía a un personaje como Perón. Nunca fue capaz de decir: «Bueno, voy a reflexionar sobre esto». No, era un rechazo visceral, emotivo completamente.

Eso también está pasando hoy en Colombia, en el mundo intelectual...

Completamente, completamente. Pero lo que me parece interesante es que una figura como Borges no era capaz tampoco de dejar las emociones de lado en la política. Esas emociones morales estaban ahí, con todo lo que había pasado: él había sido expulsado de su puesto en una biblioteca de barrio, básicamente, donde trabajó por algunos años; su hermana estuvo presa, su mamá estuvo detenida, y tenía un rechazo ante todo lo que representó Perón.

¿Serán el fútbol y la política el punto ciego de Borges?

Sí, me parece... El fútbol, la política e incluso hasta el tango, también, que no le gustaba mucho, sobre todo las letras de los tangos, eran como su punto ciego. Nunca se conectó con eso, a pesar de que él quiso también explorar el alma popular, porque muchos de sus cuentos son eso. Él no era simplemente el intelectual que quería dedicarse a ficciones especulativas; quería también adentrarse en el alma popular, compuso milongas bonitas, o sea, fue capaz de colocarse en los zapatos de los orilleros y las personas que él admiraba.

Eres un gran lector y seguidor de Stefan Zweig: ¿Qué le pasó a Borges con Zweig?

Es muy interesante porque Borges era un prologuista de muchos libros, vivía obsesionado con las novedades literarias, escribió muchas y muchas reseñas. Stefan Zweig estuvo en Argentina dos veces: en el año 1936 por primera vez y estuvo en el año 40 dando conferencias. Borges nunca dijo nada, que me llama la atención. Yo creo que había como un doble rechazo. Uno primero a su estilo, que yo creo que, mi intuición es que a Borges siempre le pareció ampuloso. Yo creo que la vida es menos dramática de lo que él cuenta y a Borges no le gustaba, a él le gustaba mucho más la sutileza y el artificio, creo yo. Entonces tenía como una crítica estética. Él después dijo una frase que yo creo que era una alusión indirecta a Stefan Zweig. Él dijo: “Todo suicida es un impaciente”. Y como Zweig se suicidó en medio de la Segunda Guerra Mundial, abrumado por lo que estaba pasando en su país, en Austria, y en Alemania, creyendo que el nazismo o iba a ganar la guerra o iba a durar muchos años, me parece que también a Borges le pareció que el suicidio de Stefan Zweig por alguna razón era problemático. Busqué en todas partes, escudriñé papeles, busqué en todos los archivos posibles, pero no encontré nada sobre Zweig.

Serviste como cazador de esta conexión entre ellos dos, hiciste arqueología y es uno de los aportes del libro y tuyo como lector juicioso.

Sí, yo siempre he querido ser como cazador de esas pequeñas historias. Encontré una relación de Aldous Huxley con Colombia, también quise explorar la relación de Stefan Zweig con Germán Arciniegas, también exploré en algún momento el viaje que hizo Joseph Conrad en 1876 a Colombia. Me gusta esa mini arqueología literaria, por alguna razón. Desde hace muchos años, desde hace más de 30 años he tratado de hacer esas pesquisas.

También en el libro hablas sobre esa idea de Borges de que cada decisión que vamos tomando va estrechando las opciones de los siguientes capítulos, y eso es algo terrible, ¿no?

Puede ser, pero yo creo que la vida, como yo la llamo —y es un término que yo aprendí cuando estudié series de tiempo y estadística—, es no ergódica, que el pasado se va impregnando en las cosas. Y Borges había escrito estos dos ensayos que él llamaba ‘Negación del tiempo’, ‘Nueva negación del tiempo’, que eran para él, creo, como especies de divertimentos. Y era una forma de negar eso que tú llamas terrible, Paola, y es que la vida no es un jardín de senderos paralelos, sino un jardín que cada vez se va estrechando más, que la coyuntura se vuelve una estructura. Vivimos despidiéndonos, ¿no? De las mil vidas que pudimos haber tenido, tenemos una. Y esa una se va definiendo todos los días. Casi que lo vivo cada noche cuando me pongo la pijama, es: bueno, un día más, un día menos.

¿Y qué nos queda?

¿Qué nos queda? Los momentos felices, las conversaciones; en nuestro caso algunos libros escritos, nuestra visión del mundo. No mucho más, ¿no?

¿Habría sentido fascinación Borges por ChatGPT?

Sí, porque él en algún momento había dicho que todos los libros son un libro. Tenía esta idea como del libro fundamental, de la gran biblioteca, el universo como una biblioteca. Y en el fondo ChatGPT, que es ese gran sintetizador de todo lo que está escrito, ese libro o esa enciclopedia infinita sin autor, es borgiana. Entonces yo creo que él habría interpretado a ChatGPT como su idea de la biblioteca como universo, su idea de un autor que es todos los autores. Y yo creo que para él habría sido fascinante de alguna manera.

¿Quién eres tú como lector?

Soy un lector ávido, a veces inconstante. Hoy en día soy un lector más libre, o sea, puedo abandonar los libros a la mitad. Antes me daba remordimiento dejarlos, hoy no tanto, quizás porque creo que tengo ya menos tiempo (risas) para leer todos los libros. En mi mesa de noche siempre hay unos 10, 12 libros. Siempre tengo la poesía, a donde voy siempre llevo un libro en la mochila, en el morral lo meto, me parece que es una compañía interesante. Tengo también una pasión de coleccionista por los libros, que está en el último capítulo de este libro: me gusta el libro como objeto también, atesorar algunos, utilizarlos para contar historias. Este libro tiene algo de eso también. Hoy soy un lector más libre. Soy un lector activo, para el cual los actos de leer y escribir siempre están juntos. O sea, cuando me meto en un libro yo siempre tengo una libreta y voy tomando nota y voy escribiendo. Por ejemplo, este libro es un libro donde la lectura y la escritura ocurrieron simultáneamente. Entonces soy un lector que escribe al mismo tiempo.

Un lector escritor.

Sí, sí. Eso lo soy también. Soy un lector que tiene una biblioteca ordenada a su manera. Me gusta esta frase borgiana de que ordenar la biblioteca es una forma incipiente de crítica literaria (risas). Entonces me gusta convertir la biblioteca en un cosmos, en un orden que solo yo sé. Entonces creo que refleja de alguna manera mis gustos literarios y ciertas afinidades que solamente yo entiendo. O sea, hay libros juntos en esa biblioteca que cuentan muchas historias de cómo soy como lector. Nadie más entendería, y nadie más va a entender. Está en mi mente no más Y hay una frase con la que quisiera terminar, que está también en ese cuento que yo nunca entendí plenamente, el de ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’, que es el primer cuento de ‘Ficciones’, donde Borges dice: “El mundo será Tlön”. Y “el mundo será Tlön” es cuando viene otro mundo de la mente, de la imaginación, que invade el mundo de la realidad. Y esa frase borgiana de ese cuento, “el mundo será Tlön”, yo creo que es una frase perfecta para este momento.

Mejor dicho, nos fuimos a vivir a una ficción.

Exacto.