Violeta Olarte soñó con una playa oscura, una concha cerrada y una coneja blanca dormida en su interior. En ese sueño —dice— el animal era la perla que iluminaba todo el paisaje. Al despertar, la dibujó y supo que había encontrado el símbolo que buscaba: así nació el logo de su sello editorial, Coneja, Libros Ilustrados.
Ese gesto —soñar, dibujar y confiar— atraviesa también su manera de escribir para la infancia, un territorio que concibe desde la escucha, la curiosidad y la sensibilidad.
“Yo la vi y sabía que era una coneja, no un conejo. Me desperté, la dibujé, hice algunas pruebas y dije: ‘Quiero que este sea mi logo’. Quise manejar toda la línea gráfica a partir de esa conchita”, expresa la literata.
Para esta escritora caleña, escribir y dibujar parte de la curiosidad que se tiene sobre el mundo en el que existimos. Una forma de sostener esa sensibilidad es la mirada de los niños cuando descubren y describen su realidad de maneras muy ingeniosas.
En su nuevo libro El cielo de los peces, Olarte entrega detalles sobre cómo la sensibilidad de ser niño te lleva a conocer la vida y la muerte desde esa inocencia de habitar lo desconocido.
“Me gustan los niños y los animales, los niños y la naturaleza. En este libro experimento la narrativa desde una voz tierna, muy ingenua e infantil, desde el pensamiento fantástico de los niños, de una niña para ser específica”, comparte Olarte, creadora de la editorial caleña.
El libro reúne 11 cuentos narrados desde la voz de una niña que, guiada por animales, va descubriendo lo mágico y lo maravilloso del mundo, como también su lado más cruel.
Mientras la literatura para niños suele centrarse en la amistad, la familia o la imaginación, los temas como la muerte y la tristeza aparecen con menos frecuencia; ante esto, Violeta Olarte sostiene la importancia de enseñar a los niños este tipo de temas.
“Es curioso, porque a la gente le da mucho miedo exponer a los niños a un libro que hable poéticamente de la muerte, de un pez o de un gato. Pero, al final, los niños terminan expuestos a la violencia de una manera mucho más cruda por otros medios: viendo películas para adultos o, simplemente, por la violencia social que nos rodea. Entonces, creo que hay que prepararlos para la crudeza del mundo, pero a través de lo poético”, comparte.
Además, la literatura dirigida a la infancia que evita temas como la muerte, la maldad, el fracaso o la tristeza, puede limitar el universo simbólico de los niños, un territorio que —expresa Olarte— es amplio y profundo.
Para ella, escuchar a los niños es esencial. Violeta sostiene con cariño que la verdadera escucha te hace conectar con el mundo de ellos: “Los niños son muy filósofos, todo lo cuestionan, todo lo preguntan”.
Desde su mirada, comprender el mundo simbólico de los niños pasa por escucharlos profundamente, sin corregir ni interrumpir. Esa forma de atención marcó la escritura de varios de sus cuentos de El cielo de los peces, especialmente durante el tiempo en que fue profesora particular de una niña cuyas ideas y mirada inocente influyeron en su proceso creativo.
“Sin darme cuenta, ella activaba un modo de pensar en mí. (…) Es por eso que su nombre aparece en los agradecimientos de mi libro”, confiesa, esbozando una sonrisa.
La curiosidad como una puerta para conocer el mundo
Y sí, los niños tienen una curiosidad en el mundo que los adultos van perdiendo; Olarte escribe desde esa intriga de conocer lo desconocido. En uno de estos 11 cuentos, la protagonista hace demasiadas preguntas: “¿Por qué el cielo es azul?, ¿por qué no puedo ver el sol de frente?, ¿por qué el césped siempre está mojado?, ¿por qué la luna me persigue?”.
“Ella va descubriendo lo mágico del mundo, lo maravilloso, y lo cruel de este. Un personaje muy importante es su gata, Estrella, que tiene tres gatitos. Ella observa ese nacimiento y, a partir de esa experiencia —en la que los gatos nacen muertos—, empiezan a surgir preguntas alrededor de la muerte”.
Es así, como la niña comienza a hacer un recorrido en el que los animales son sus guías. Olarte explica que le gusta que sus relatos tengan algún mensaje ecologista, por ejemplo: El idioma de los monos, una historia que aborda la historia de dos monitos que están en cautiverio y sometidos a experimentos científicos, pero está narrado desde la voz tierna e inocente de los pensamientos fantásticos de la niña.
Sobre los temas que le gusta escribir a esta escritora, “no solo que sea ecocrítica literaria; me gusta mucho el misterio de la naturaleza, que incluye también el misterio de la muerte y el misterio del nacimiento. Ambos son fenómenos que me encantan”.
Aunque su pasión es escribir y ha publicado varios libros que transitan entre la literatura infantil y la poesía, como Púa, la niña bruja, escrito e ilustrado por ella, y Llegar al aware. Diez caminos que conducen al haiku, publicado por Tristes Trópicos Editorial, también ha demostrado su talento para dibujar.
La imaginación, el puente para escribir y dibujar
Aunque escribir y dibujar parten de procesos distintos, Violeta Olarte confiesa que, en términos creativos, la ilustración le exige una intensidad mayor que la escritura. Para ella, la imagen nace de un trabajo más profundo y exigente.
Como la mayoría de los niños –dice Olarte– comenzó a dibujar desde niña, pero fue cerca de los 20 años que el dibujo se convirtió en una práctica constate, casi un ritual. “Puedo decir que llevo cerca de diez años dibujando”, comenta con sorpresa.
Aunque siempre se sintió más cercana al mundo de la escritura, la idea de unir literatura e ilustración surgió cuando comenzó a escribir cuentos infantiles. Ese proceso la llevó a regresar a los relatos de su infancia: volvió a leer los cuentos clásicos y maravillosos, y descubrió también la literatura infantil contemporánea, un campo que hoy la apasiona. “Fui muy estudiosa de la literatura infantil, y todavía lo soy”, afirma.
Es así, como escribir, dibujar y sobre todo imaginar es un proceso intelectual, complejo y exigente, que implica tener paciencia para que nazca una idea. “La imaginación es como dar a luz, literalmente: es un proceso súper intenso”, afirma.
Desde su experiencia, el proceso creativo del dibujo resulta incluso más demandante que el de la escritura. Mientras que al escribir siente que, con disciplina y dominio de las herramientas, puede sentarse y dejar fluir las ideas y luego editarlas con paciencia, el dibujo la atraviesa de otra manera. “Es una experiencia que me transforma completamente”, confiesa.
Esa intensidad creativa se la atribuye a su intuición y lo onírico, cumplieron un papel fundamental, pues la acompañaron en el momento de definir el universo visual de su trabajo, tanto para su editorial Coneja Libros Ilustrados como para El cielo de los peces.
Sobre la portada del libro, cuenta: “la busqué de muchas maneras y, al final, lo que sucedió fue que soñé con esta imagen. Soñé que estaba en un río, frente a una cascada gigante, y que en el cielo había un gran globo con un durazno enorme; del durazno salía otra cascada”. Al despertar, Violeta ilustró esa escena que terminaría convirtiéndose en la imagen que representa El cielo de los peces.
Es así, entre la escritura, la ilustración y la edición independiente, Violeta Olarte construye una obra que dialoga con la infancia y reitera lo importante que es poder escuchar a los niños, entre más los escuchas puedes entender su mundo.
“El budismo habla de una práctica muy sencilla que se llama la escucha profunda. A mí me gusta mucho ese concepto porque tiene que ver con escuchar sin intervenir, con escuchar profundamente al otro. Y siento que los adultos intervienen demasiado cuando escuchan a los niños” explica.
Sin embargo, confiesa; “si escuchas profundamente al niño, puedes entender todo su universo. Es una forma de sostener esa comunicación con ellos”.
En sus escritos, Violenta Olarte vuelve a poner la infancia en el centro, no como un territorio ingenuo, sino como un espacio profundamente reflexivo. Escribir para niños, insiste, no es protegerlos del mundo, sino acompañarlos a comprenderlo desde la poesía, la escucha y la curiosidad.
Para la editora caleña, que comparte este deseo materializado de tener un sello editorial en donde se publique libros con el mejor material: “un libro que dure toda la vida”, abre un mundo de posibilidades para escritores y artistas en publicar sus escritos.
Además, reflexiona sobre la importancia de un buen libro: “los libros se heredan, pasan de generación en generación, y yo quiero eso con los libros que se publican en Coneja. Muchas personas creen que los libros ilustrados son solo para niños, pero en realidad pueden acompañar a cualquier lector, sin importar la edad”.
La literatura – entre preguntas, animales y sueños – se vuelve una forma de habitar lo desconocido sin miedo, es un recorrido que no tiene edad y que, como aquella conejita blanca iluminando la noche que nace del gesto de soñar y confiar: es la misma luz que llevó a Violeta Olarte a crear su propia editorial soñada.