Por Isaac Niño Duarte, CEO de Isnandia Global
Partiendo de una eventual victoria en segunda vuelta de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo, surge una pregunta inevitable: ¿qué economía recibirán el próximo 7 de agosto?
Para algunos colombianos, el actual gobierno necesita más tiempo para mostrar resultados. Para otros (entre los que me incluyo), cuatro años han sido suficientes para demostrar que el experimento progresista dejó más problemas que soluciones. La discusión ya no es ideológica: los resultados económicos están sobre la mesa.
Si el denominado “Tigre” llega a la Casa de Nariño, recibirá un país “quebrado”, con una economía considerablemente más débil que la que recibió el actual gobierno. El desafío será enorme y los resultados no llegarán de la noche a la mañana.
Crecimiento económico: cuatro años perdidos
Entre 2023 y 2025 Colombia registró crecimientos económicos de 0,7 %, 1,7 % y 2,6 %, respectivamente. Las proyecciones para 2026 estiman un crecimiento de 2.6%. Aun suponiendo un mejor desempeño en 2026, el promedio del cuatrienio apenas rondaría el 1,8 %.
La cifra resulta preocupante cuando se compara con el promedio histórico de crecimiento del país, cercano al 3,8 % anual durante los últimos cincuenta años.
Puede parecer una diferencia pequeña, pero no lo es. Crecer a la mitad de la velocidad histórica significa menos empleo, menos inversión pública, menos recaudo y menos oportunidades para millones de colombianos.
Durante años he criticado el mediocre crecimiento del 3,8 % por considerarlo insuficiente. Hoy descubrimos que incluso ese crecimiento que antes parecía insuficiente luce favorable frente al desempeño reciente de la economía.
Déficit fiscal: volvimos a los niveles de pandemia
El déficit fiscal ronda el 7 % del PIB, un nivel similar al observado durante la emergencia sanitaria del COVID-19. La diferencia es que hoy no existe una pandemia que justifique semejante deterioro de las finanzas públicas.
Durante gran parte de las últimas décadas Colombia mantuvo déficits cercanos al 3,5 % o 4 % del PIB. En otras palabras, el desequilibrio actual prácticamente duplica el promedio histórico del país.
La consecuencia es sencilla: cada peso que se gasta sin respaldo termina convirtiéndose en más deuda para el futuro. Lo más probable es que este gobierno entregue el déficit superior al 7.1% del PIB.
Deuda pública: cada vez más alta
La deuda pública se acerca al 65 % del PIB. Salvo el episodio extraordinario de la pandemia, Colombia nunca había convivido durante tanto tiempo con una combinación tan peligrosa: deuda elevada y crecimiento mediocre. Los resultados fiscales y de crecimiento observados durante este periodo han llevado a comparaciones inevitables con los efectos económicos de la pandemia.
El problema no es únicamente cuánto se debe, sino cuánto cuesta sostener esa deuda. Cada vez más recursos del presupuesto terminan destinados al pago de intereses y cada vez menos llegan a infraestructura, educación, seguridad o salud. Hay material suficiente para escribir una novela sobre estos cuatro años. Su título podría ser: “Sin deuda no hay subsidio”.
Empleo: la pregunta incómoda
Las cifras oficiales muestran una reducción del desempleo, pero existe una pregunta que pocos quieren formular: ¿Dónde están los nuevos aportantes al sistema de seguridad social?
Si la economía realmente estuviera generando empleo formal de calidad al ritmo que algunos afirman, el número de cotizantes debería crecer con mucha más fuerza.
Por eso vale la pena mirar más allá de la tasa de desempleo y analizar también la calidad y formalidad de los puestos de trabajo que se están creando.
Si la reducción del desempleo estuviera acompañada por una fuerte generación de empleo formal, el número de cotizantes habría crecido con mucha más fuerza. Sin embargo, en cuatro años el aumento apenas alcanza el 3,85 %.
Por lo tanto, la reducción del desempleo no parece estar acompañada por un crecimiento equivalente del empleo formal y de los aportantes al sistema de seguridad social.
Los sectores que impulsan el crecimiento
Al revisar los sectores con mejor desempeño encontramos agricultura, administración pública, salud, educación y actividades artísticas. Crecen por encima del histórico promedio de 3.8% y pesan en su conjunto entre un 25% y 29% del total del PIB.
El problema aparece cuando observamos los sectores que tradicionalmente impulsan la inversión privada: industria, construcción y minería. Precisamente esos sectores han mostrado un comportamiento mucho más débil, con una contracción cercana al 2.5% en su conjunto y pesan entre el 18% y el 21%.
Esto último importa porque son actividades que demandan maquinaria, infraestructura, crédito, tecnología y grandes cantidades de capital. Son sectores que multiplican empleo y productividad en toda la economía.
Una economía puede crecer temporalmente sin ellos. Lo que difícilmente puede hacer es desarrollarse y ser sostenible en el largo plazo en su ausencia.
Inversión: el verdadero problema
A hoy estamos en un nivel de 15.5% del PIB, cuando el histórico en los últimos 30 años es de 21%. No solo el progresismo causó un incremento sustancial de la deuda y del déficit fiscal, también logró espantar a los inversionistas que tenían proyectos productivos para ejecutar durante estos últimos 4 años. Y cuando la inversión cae, el crecimiento futuro también cae.
No existe ninguna fórmula mágica para reemplazar la inversión privada. Ningún subsidio, ningún decreto y ningún discurso ideológico puede sustituir el capital que decide no llegar.
El reto del próximo gobierno
No es posible reparar el daño que causó el progresismo en estos últimos 4 años en cuestión de meses. No basta con crecer al mediocre 3.8% anual con el que sacaban pecho los anteriores gobiernos. Colombia necesita crecer al menos al 7.0% en el próximo cuatrienio para recuperar lo perdido, atraer inversión, poner reglas claras y estables para poder llegar a la “patria milagro” de la cual hablan, formalizar el empleo y cimentar las bases para el que próximo gobierno continúe su legado.
La llamada presidencial y su efecto
Algo particular escuché en la entrevista de Westcol “un presidente con una llamada resuelve”, esto es muy cierto, pero la segunda parte de esa frase que no nos dijo, es que un presidente no puede hacer 55 millones de llamadas en un día para poder “solucionarle” la vida a cada colombiano todas las mañanas.
Es aquí cuando es clave tener un vicepresidente como el señor Restrepo, y un equipo de trabajo que sepa aprovechar la oportunidad que da el “sí” a una llamada del presidente.
Hay que entender que no estamos votando por un candidato a la presidencia. En las elecciones no gana solo un presidente. Gana un equipo y una idea de país. Por eso no estamos votando únicamente por un candidato, sino por una dupla y una visión económica. Si la economía funciona, gran parte de los problemas sociales empiezan a resolverse; cuando la economía fracasa, todos los demás problemas se agravan.
Mi conclusión
Después de analizar crecimiento económico, déficit fiscal, deuda pública, empleo e inversión, llegué a una conclusión personal: Colombia necesita un cambio de rumbo económico.
Por esa razón el próximo 21 de junio no le voy a poner la raya al tigre, le voy a poner la raya a la dupla que considero mejor opción para mi país. No porque crea que podrán resolver en cuatro años los problemas acumulados durante décadas, sino porque considero que hoy representan la propuesta económica más cercana a la recuperación de la confianza, la inversión y el crecimiento.
El próximo gobierno no será juzgado por sus discursos ni por sus intenciones. Será juzgado por su capacidad para atraer capital, generar empleo formal, recuperar la sostenibilidad fiscal y devolverle al país una senda de crecimiento superior al promedio histórico. Sera el responsable de cimentar los próximos 25 años de la economía colombiana.
Como economista y como colombiano, esa es la razón de mi voto.