Hay una especie de poetas que tienen un desarrollado sentido telúrico. Novalis, que era geólogo, planteó que “nosotros estamos en relaciones con todas las partes del Universo”, pero el poder para comprenderlo depende de “nuestra capacidad de atención”. Solo aquellos que permanecen atentos logran captar el movimiento de la tierra, los más fuertes y los más sutiles.

En su enciclopedia, el poeta alemán, también definió que “si la suprema excitabilidad se manifiesta en movimientos y tensiones violentos”, como un sismo del que nadie está libre, “la suprema sensibilidad se manifiesta, por el contrario, en movimientos y tensiones imperceptibles”, que podrían ser las vibraciones en el aire que deja el vuelo del colibrí, o el movimiento de un hombre que sostiene por última vez la mano de su padre y sostiene por primera vez a su hija recién nacida.

Santiago Espinosa tomó la metáfora del temblor, inspirado en su padre que fue geólogo y se dedicaba a estudiar los sismos. | Foto: Juan Fernando Rojas Jaramillo / FCE

A esta familia de poetas telúricos pertenece Santiago Espinosa, quien en su más reciente poemario Temblor (FCE, 2026), adopta esta metáfora del evento sísmico para definir el movimiento de una vida en sus dos estados absolutos: nacimiento y muerte, que sacuden el mundo de quienes lo presencian. Pero, al mismo tiempo, logra una definición muy pertinente de la poesía como los temblores mínimos, estremecimientos impredecibles que sentimos ante la fragilidad humana.

El poeta bogotano, autor también del ensayo El Resplandor y la Sombra: poética de las montañas (FCE, 2021), estuvo en el Festival Internacional del Libro Cali Lee.

—¿Cómo descubrió la metáfora del temblor para expresar los dos movimientos de la vida: nacer y morir?

Esto es muy misterioso, en todos los libros que he escrito se ha dado de manera distinta. En el anterior libro, lo primero fue el título y después fueron los poemas. En este caso, lo último que encontré fue el título: Temblor.

Yo tenía los poemas más o menos trabajados de una manera muy honesta. Un mes después de que murió mi papá empecé a escribir unos y otros en la licencia de paternidad de mi hija, que fueron la segunda parte del libro. Son los pensamientos de una persona que, en un mismo periodo de tiempo, perdió a su papá y se convirtió en padre. No tenía el título, pero finalmente tuve una intuición relacionada con que mi padre estudiaba los movimientos de la tierra.

Mi padre era ingeniero de suelos y experto en geología, y uno de los recuerdos más lindos que tengo con él es que me llevaba a las montañas que quedan cerca de Bogotá, y me decía: “Hijo, las montañas son un libro abierto sobre el que escribe el tiempo”. Eso es muy bello, porque efectivamente al ver las piedras, él decía: “Mira, esta es la marca de las glaciaciones”. Para mí era como si él pudiera leer los misterios de la tierra.

Así que pensé, “todos los poetas hacemos algo parecido a lo que hacía mi papá, que era rastrear los movimientos imperceptibles de la vida”. Por allí fui acercándome a la palabra que necesitaba para concluir mi libro.

Temblor (FCE, 2026), poemario de Santiago Espinosa. | Foto: Fondo de Cultura Económica de México

Desde hace tiempo yo estoy convencido de que una metáfora muy bella para hablar de la poesía es la de los movimientos sísmicos. Nunca sabes cuándo va a temblar, ni desde dónde va a temblar, ni con qué magnitud va a temblar, y algo así ocurre con la poesía. A veces un poema puede desencadenar ese leve movimiento sísmico, precisamente como un temblor imperceptible.

Creo que el poeta es quien testimonia estos sismos interiores sobre los que nadie más habla, que pueden ser dolorosos y felices. El vuelo de un colibrí, el nacimiento de una niña, la muerte de un padre. El poeta es el que se fija en esos movimientos diminutos.

—El libro fue publicado justo por los días en que Colombia sufrió un terremoto, ahora la asociación resulta inevitable...

Soy consciente de lo que acaba de ocurrir, un movimiento sísmico realmente terrible que trajo mucho dolor y destrucción.

Sobre esto, lo único que yo tengo para comentar es que mi papá participó del código sismorresistente y, de algún modo, muchas de las viviendas que se salvaron, lo lograron gracias al trabajo de esa persona que yo quise traer en estos poemas, donde digo algunas cosas duras, por supuesto, pero sobre todo es un ejercicio de gratitud con él.

Porque se ha escrito mucho contra el padre, y creo que también es necesario reconocer con perdón y con gratitud esa vida que nos acompañó y que, en el caso mío, fue un hombre maravilloso que me enseñó los movimientos de la tierra a través de una montaña, o el amor a los libros, o el amor a la música, en medio de un mundo donde a la gente le interesa más el dinero o el éxito.

Mi papá hacía poesía con la geología y yo sin ser un geólogo lo hago con las palabras de todos los días.

En este libro finalmente constaté algo muy interesante y es que así como la muerte es un movimiento sísmico que agrieta tu pequeña casa, y nada vuelve a ser lo mismo y te quedas como sin palabras para nombrar esa experiencia tan aterradora. Después caes en cuenta que el nacimiento también es otro temblor, la vida es un pequeño temblor, algo que se agita y que vibra. Y si lo miras bien, los poemas son pequeños temblores, pero eso lo supe al final.

Los poemas también son pequeños temblores que nos muestran en el fondo lo que somos y dónde estamos, como cuando tiembla en la tierra, eso se lo aprendí a mi papá. Es decir, que nosotros somos apenas parpadeos de un movimiento más grande.

—Esa capacidad que tienen los poetas de encontrar sus propios símbolos es una demostración de que solo en la experiencia humana, y no en los algoritmos y la IA, es donde hay una correspondencia auténtica entre las palabras y la vida...

Nunca será igual, porque la Inteligencia Artificial está entrenada para encontrar el camino más eficiente. Es decir, cuando tú le dices a Waze, la app, “quiero llegar hasta tal lado”, de inmediato te indica el camino más corto. Si quieres hacer un resumen sobre un libro, la aplicación te identifica los criterios que le ordenas.

Pero la gracia de la poesía es el desvarío, la poesía no llega de un punto a otro, para llegar al mismo punto hace una parábola, se pierde, salta, va en caída y sube, pasa por lado, vuelve otra vez. Los poemas son parábolas, porque en el fondo nada cambia, pero todo cambia, vuelves al mismo punto siempre.

Borges decía que todo escritor en el fondo es el constructor de una gran imagen, es decir, un símbolo. Él es el hombre que construyó el infinito en un sótano de Buenos Aires, creo que eso ya le garantiza su eternidad. Así como Cortázar puede ser el de esa casa de la que se van las personas, son símbolos muy profundos.

Ahora, los grandes escritores suelen tener varios símbolos. Pero en el fondo, yo creo que siempre escribimos sobre lo mismo. Lo bonito es que tú nunca sabes de lo que estás escribiendo hasta que acabas, a la larga uno termina dándose cuenta que uno es el escritor de lo que tiene que escribir, y ahí está la infinita magia de dejarse encontrar.

Uno siempre piensa que uno es el poeta que quiere, pero en el fondo la poesía sabe más que uno y terminamos siendo el poeta que los poemas quieren que seas. Puede que yo sea el poeta del temblor mínimo, yo no sé si estos poemas pasen a la historia, seguramente no.

El resplandor y la sombra, una poética de las montañas (FCE, 2021), ensayo de Santiago Espinosa. | Foto: Fondo de Cultura Económica de México

En mi caso, yo solo trato de escribir siguiendo mi intuición, pero la escritura sigue siendo un ejercicio tremendamente misterioso, no sabes qué pasará con tu obra. Alguna vez le escuché a Arturo Carrera, un poeta argentino, que él escribía como con un ojo tapado, que él nunca sabía bien la profundidad de lo que estaba escribiendo, o sea, siempre hay algo que tú no sabes muy bien qué es hasta que lo haces, incluso que nunca sabrás muy bien qué es.

En el fondo, el temblor ocurre en uno, y ese es el milagro de la poesía. Parece que todo en la vida puedes más o menos controlarlo, excepto dos cosas: el nacimiento y la muerte, es decir, la vida y la poesía siguen siendo un misterio irresoluble. Es lo poco que nosotros tenemos todavía domesticado ni por la razón ni por el lenguaje, es una cosa rarísima porque simplemente ocurre.

Como los sismos, como los movimientos de la tierra, que en el fondo por más que conozcamos cada vez más sobre ellos, nunca sabremos desde qué profundidad, desde qué magnitud nos encuentran finalmente. En el fondo, la poesía nos enseña que estamos caminando sobre lugares frágiles, como las mismas capas tectónicas de la tierra, que lo que creemos se mueve muy abajo, eso creo que es la gran lección de mi papá. Y, ante las tragedias, seguimos escribiendo poesía porque siempre hay un todavía, hay una posibilidad más, siempre hay un nacimiento, siempre hay algo bello ocurre en alguna parte del mundo y eso basta.

A mí eso me ha servido mucho en la vida, pensar que las cosas pueden estar terriblemente jodidas, pero en algún lugar aparece un colibrí y detiene el tiempo y las cosas flotan y el mundo es bello.