Nayeli Larrahondo tenía 24 años y trabajaba como enfermera. En Puerto Tejada la recuerdan como una mujer alegre. “Era muy sociable”, dice Teresa Cambindo, secretaria de Salud del Municipio.

Murió después de someterse a un procedimiento estético cuyo nombre es una contradicción: “suave brisa”. Parece alivio; un descanso. En realidad, se trata de una liposucción que debe realizarse en centros especializados y bajo estrictas condiciones de seguridad. Los riesgos son conocidos: perforación de órganos o del intestino, infecciones graves, hemorragias, deformidades y complicaciones que pueden llevar a la muerte.

Nayeli sufrió un paro cardiorrespiratorio. Fue trasladada al hospital, donde intentaron reanimarla durante trece minutos. No respondió.

La enfermera de Puerto Tejada Nayeli Larrahondo murió después de practicarse un procedimiento llamado Suave Brisa, que en realidad es una liposucción. | Foto: El País

Mientras observo sus fotografías en redes sociales me pregunto qué lleva a una mujer joven, sana, a acostarse en una camilla de una clínica de garaje, una casa cualquiera, para modificar su cuerpo.

La fotografía más reciente fue publicada el 6 de diciembre de 2025. Lleva un vestido negro que resalta su tez afro, un peinado de salón de belleza, una sonrisa amplia. Nada en esa foto explica por qué decidió someterse a un procedimiento estético, para qué. La respuesta, quizá, comienza mucho antes del quirófano.

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Los académicos lo llaman ‘violencia estética’. Así definen al conjunto de presiones sociales que empujan a las personas a modificar su apariencia para acercarse a un ideal de belleza. Es una forma de violencia simbólica que se activa a través de comentarios, burlas, comparaciones, publicidad y redes sociales, convirtiendo ciertos cuerpos en deseables y otros en cuerpos que deberían cambiarse, adelgazarlos, agrandarlos, contornearlos.

La presión por alcanzar ese estándar puede generar sufrimiento psicológico y, en algunos casos, llevar a las personas a entregar su confianza en quienes prometen transformaciones rápidas aunque no demuestren los diplomas y la experiencia para hacerlo.

Lorena Cervantes conoce de cerca las consecuencias de ese fenómeno. Es coordinadora de la línea de enfoque diferencial y mujeres diversas de Casa Matria, en Cali, donde atiende casos de violencia de género.

Hace unas semanas recibió a una mujer cuya pareja la agredía porque quería verla más delgada. Le tiraba al piso el plato de comida, la humillaba y le repetía que estaba gorda. También atendió a otra cuyo esposo la presionó para someterse a una cirugía estética en una clínica de garaje. Le dijo que debía operarse si quería conservar la relación.

La violencia estética se define como el conjunto de presiones sociales que empujan a las personas a modificar su apariencia para acercarse a un ideal de belleza. Es una forma de violencia simbólica que se activa a través de comentarios, burlas, publicidad y redes. | Foto: El País

El hombre pagó seis millones de pesos por una intervención que incluía aumento de senos, liposucción y otros procedimientos. Quería transformar a la mujer con la que vivía en alguien distinto.

Además, le pidió guardar silencio sobre la operación. Más tarde le confesó que le avergonzaba salir con ella y que no quería que lo acompañara a recibir las notas de sus hijos porque otros padres del colegio la verían gorda.

La cirugía se complicó al punto de que tuvieron que trasladarla de urgencia a un hospital. Allí una trabajadora social identificó señales de esa violencia y la remitió a Casa Matria.

— En ese caso la violencia estética era evidente, pero no siempre ocurre así —dice Lorena.

— Muchas veces es mucho más sutil porque el cuerpo de las mujeres siempre está en disputa. Nunca es suficiente para nadie. Siempre está siendo observado, analizado o criticado por el esposo, por la mamá, por las amigas. Tenemos que ser delgadas, pero si somos demasiado delgadas, parecemos enfermas; si no, estamos gordas. A las mujeres siempre parece faltarles el centavo para el peso.

Durante la pandemia aumentaron las cirugías en la cara. Si Instagram con un filtro quitaba los supuestos imperfectos, mejor hacerlo en el quirófano, era la lógica. | Foto: El País

Para Lorena, el problema no se limita a los casos extremos. Hace parte de un sistema que convierte el cuerpo femenino “en un proyecto permanente de corrección, alimentado por comentarios, consejos no solicitados y una industria que ofrece desde pestañas postizas hasta cirugías”.

La directora de proyectos del Observatorio para la Equidad de las Mujeres de la Universidad Icesi y la Fundación WWB Colombia, Natalia Escobar, recuerda a propósito una idea del psicoanalista Jacques Lacan: el deseo propio es, en gran medida, el deseo del otro. Deseamos aquello que aprendemos a valorar a través de la mirada ajena. Y la mirada dominante sigue privilegiando determinados cuerpos y descartando otros.

Por eso, advierte, detrás de muchas cirugías estéticas no siempre hay vanidad. A veces hay cansancio. El agotamiento extremo de sentirse observada, insuficiente. De escuchar durante años que algo del propio cuerpo debería ser distinto. Incluso la anchura de los hombros.

— Un gran problema es que parte de la ciencia, la medicina estética y ciertos desarrollos tecnológicos terminan respondiendo a esas demandas. Nos transmiten la idea de que nuestros cuerpos siempre necesitan alguna modificación, así estén sanos. Hace poco vi que se promocionaba una cirugía para acortar la clavícula y estrechar los hombros. ¿Para qué? Tenemos que preguntarnos hasta qué punto estamos convirtiendo los estereotipos de belleza en necesidades médicas y hasta qué punto se están vendiendo procedimientos que realmente no necesitamos, pero que responden a presiones sociales muy profundas.

Aunque en menor medida, la violencia estética también afecta a los hombres, en especial con los mitos relacionados con el pene. | Foto: El País

Y, aunque la violencia estética recae principalmente sobre las mujeres, los hombres tampoco escapan a ella.

El influencer Yeferson Cossio se sometió a un alargamiento de piernas, uno de los procedimientos ortopédicos más complejos que existen. A cambio de algunos centímetros de estatura, quienes pasan por esta cirugía enfrentan meses de recuperación y fisioterapia y dolor intenso, además de riesgos que incluyen infecciones, problemas en la consolidación ósea y secuelas funcionales. ¿Qué empuja a un joven sano a intentarlo?

Otra práctica que gana popularidad entre algunos hombres es la implantación de perlas en el pene, pese a que no existe evidencia científica sólida de lo que promete: aumentar el placer sexual de la mujer. Lo que sí está documentado son sus riesgos: dolor crónico durante la erección, sangrado, infecciones, dificultades durante las relaciones sexuales y lesiones en la pareja.

Incrustarse perlas en el pene, u objetos del tamaño similar a un dado, explica el urólogo Manuel Duque, de la Fundación Valle del Lili, comenzó en cárceles de Estados Unidos, donde los presos se introducían pequeñas esferas, usando cuchillas de afeitar.

Con el tiempo la práctica se difundió en las cárceles de Colombia –a los reclusos que se lo hacen les dicen que están “premiados”- y después comenzó a despertar interés en jóvenes que buscaban modificar sus genitales para supuestamente “potenciarlos”. El doctor Manuel, por supuesto, no hace ni recomienda, esa ‘cirugía’. Tampoco el urólogo Luis Fernando Echeverry Molina.

- La consulta por la implantación de perlas en el pene ha aumentado en los últimos años. Muchas personas buscan alternativas para mejorar el placer sexual de sus parejas, pero lo preocupante es que estos procedimientos se están realizando con frecuencia en centros estéticos, consultorios improvisados e incluso lugares que no cumplen condiciones mínimas de seguridad. A mi consultorio vienen para que se las retire por las complicaciones que generan.

Incrustarse esferas en el pene, del tamaño de un dado, es una práctica que comenzó en las cárceles de Estados Unidos. | Foto: El País

Al doctor Molina acuden además hombres que confiaron en supuestas intervenciones milagrosas para alargar y engrosar el pene.

- Llegan pacientes a quienes les han inyectado sustancias extrañas, grasas, aceites de cocina o materiales que generan reacciones inflamatorias severas. El resultado puede ser fibrosis, deformidades importantes del pene y daños que luego son muy difíciles de corregir. Generalmente, los pacientes que buscan engrosar, alargar o modificar un pene sano, que no necesita ninguna cirugía, tienen un trasfondo psicológico que debe ser evaluado.

Como sucede con las mujeres, los urólogos, entonces, también se enfrentan a casos donde el problema no es anatómico o una enfermedad, sino una preocupación relacionada con la violencia estética.

Cuando un paciente llega a su consultorio, la cirujana plástica Lina Triana siempre hace la pregunta: ¿por qué estás aquí? En los relatos aparece con frecuencia la violencia estética: un comentario de la pareja, una broma de una amiga, una mirada interpretada de cierta manera o una frase dicha sin mala intención por un hijo: “mamita, estás gordita”. Pero esas palabras terminan calando.

— Por lo menos en mi experiencia, la mayoría de las veces el detonante para que alguien se someta a una cirugía es una observación de alguien cercano. No suele haber mala intención, pero la persona empieza a fijarse en algo que antes no le molestaba tanto. Lo piensa una y otra vez, hasta que siente que necesita cambiarlo.

La doctora Triana asegura por cierto que muchas pacientes que la consultan no necesitan una cirugía.

— Las pongo frente al espejo y les pido que me muestren exactamente qué es lo que les incomoda. Quiero entender cómo se perciben. Luego hago una valoración física y les muestro objetivamente qué hay y qué no hay. Muchas veces toca bajar expectativas y analizar juntas si realmente existe una indicación para una cirugía. Porque si realizo una liposucción a alguien que no la necesita, probablemente saldrá decepcionada porque no verá un cambio significativo. Entonces me pregunto: ¿para qué exponerla a los riesgos de una cirugía, al dolor y al gasto económico si no vale la pena?}

Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética. Lina Triana. | Foto: Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética ISAPS

Algunas pacientes también llegan buscando resolver en un quirófano lo que no se resuelve allí. Quieren operarse porque el esposo tiene una amante o porque creen que así recuperarán su atención.

— En esos casos siempre les digo lo mismo: si la razón de la cirugía es recuperar a su marido, por ahí no es. Una intervención quirúrgica no va a resolver los problemas de una relación.

Para Lina Triana, entonces, la única forma de enfrentar la violencia estética es con educación.

- Las redes sociales han complicado mucho esta conversación porque funcionan a través de tendencias. Hay personas que creen que si se parecen al modelo de moda van a resolver sus inseguridades o transformar su vida. Por eso insisto en que la respuesta está en la educación, tanto desde la medicina como desde la familia. Muchas veces es la propia familia la que transmite estos mensajes. Hay madres que todavía les dicen a sus hijas que deberían operarse para conseguir marido. Por educar desde la casa empieza todo.

Un comentario sobre el cuerpo sin mala intención puede afectar a una persona, al punto de querer buscar una cirugía plástica. | Foto: El País

Natalia Escobar cree que el debate también debe incorporar una mirada de género sobre casos como el de Yulitza Consuelo Toloza o el de Nayeli Larrahondo.

En su concepto, no se trata únicamente de errores médicos o de establecimientos clandestinos. Son mujeres quienes, de manera sistemática, terminan muertas o con discapacidades permanentes intentando responder a exigencias sociales sobre cómo debería verse su cuerpo. Por eso propone que en Colombia se tipifiquen estas muertes como una forma de feminicidio.

—Detrás de muchas de esas tragedias hay algo más que una mala práctica médica. Hay años de mensajes, de publicidades, insistiendo en que el cuerpo correcto es siempre otro y eso es agotador. Yo como mujer lo he experimentado.

La violencia estética empieza mucho antes del quirófano. Vuelvo a mirar las fotos de Nayeli. Me preguntó qué pudo haber escuchado, y por cuánto tiempo, para que concluyera que un cuerpo sano necesitaba corregirse.