Colombia
Un enjambre de jóvenes se toman las calles del norte del Valle tras el sismo
Entre picas, palas y cascos marcados con el nombre de su “team”, muchachos de 17 a 25 años se convirtieron en el motor de la reconstrucción en Roldanillo
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16 de ago de 2026, 01:50 a. m.
Actualizado el 16 de ago de 2026, 02:00 a. m.
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Después del sismo de 7,4 que sacudió al norte del Valle y Colombia, cuando el miedo todavía permanece pegado a las paredes y el silencio se instaló en las calles, en Roldanillo comenzó a aparecer una imagen distinta. Una imagen que habla de solidaridad, pero, sobre todo, de juventud.
Desde las primeras horas de la mañana, jóvenes de Roldanillo y de municipios vecinos se organizan a través de grupos de WhatsApp. Allí se avisan dónde hace falta una mano, quién necesita ayuda y hacia qué lugar deben dirigirse.
Entonces salen. Llegan en motos, bicicletas con pequeños buggies (carretas para llevar material) y palas . Tienen entre 17 y 25 años. Algunos llevan tapabocas, otros guantes y gafas de protección. Casi todos cargan una pala, una pica o una porra.

En sus cascos llevan los nombres de los grupos a los que pertenecen, los “teams”, como ellos mismos los llaman. Team Avispas. Team Los Topos. Team Dinamita. Team Zarzal.
Nombres que hoy no son solamente una identidad: son una manera de decirle a la comunidad que están juntos, organizados y dispuestos a ayudar.
“Nuestro granito de arena”: el Team Dinamita
Juan Estiven Clavijo Flores, egresado del Liceo de Nuestra Señora de Chiquinquirá de Roldanillo, es uno de los que llegó con su casco marcado.
“Lo que estamos intentando es liberar un poquito de escombros, tratando de aportar nuestro granito de arena para que podamos reconstruir un poquito más rápido nuestros municipios”, cuenta mientras se acomoda el tapabocas.

Su grupo se identifica con un nombre que llama la atención entre los escombros: Team Dinamita.
“Es como unas siglas que le pusimos a nuestro pequeño grupo de integrantes”, explica, casi con timidez, como si el nombre fuera lo de menos frente a lo que están haciendo.
De Zarzal a Roldanillo: el enjambre que se mueve
No todos los que ayudan en Roldanillo son de Roldanillo. Muchos vienen de Zarzal, a donde llegaron primero para atender la emergencia en su propio municipio y en el corregimiento de Vallejuelo, antes de moverse hacia el pueblo vecino.
Juan David Rivera Arango es uno de ellos. “En Zarzal, la verdad, ayudamos en el corregimiento de Vallejuelo y en cuanto acá a Zarzal Valle hemos ayudado bastante, entonces nos dijeron que habían faltado unas personas acá en Roldanillo y, junto a todos mis compañeros, un grupo de Zarzal, vinimos a colaborar acá porque todo este techo todavía no lo habían tumbado y había demasiado escombros”, relata.
La organización, dice, arrancó apenas horas después de sentirse el temblor.
“Desde el martes, después del temblor, apenas en Zarzal, en algunas partes volvieron la luz, volvió el agua, hicimos un grupo y empezó a unirse gente. La mayoría somos jóvenes, entre 17 a 25 años, de todas las edades nos hemos estado reuniendo para apoyar al pueblo”, dice Juan David.
Lo que comenzó como un puñado de vecinos terminó convertido en una estructura casi militar de solidaridad.
“Tenemos un grupo como de 150 personas, nos dividimos cada uno en grupos más o menos de 20, 25, y vamos ayudando casa por casa; nos llegan los mensajes por WhatsApp y así nos vamos dividiendo”, cuenta Rivera Arango.
Y cuando se les pregunta cómo hacen para no perderse entre calles derrumbadas y referencias que ya no existen, la respuesta es sencilla: “Nosotros conocemos, Roldanillo no es tan grande, Zarzal no es tan grande, y si uno no conoce, el otro conoce y nos vamos guiando.”
Pica, pala, porra: la rutina del escombro
Se sumergen en el polvo. Pican, levantan, cargan, barren. Golpean los escombros una y otra vez con una fortaleza incansable, esa energía que parece propia de la juventud. Terminan una cuadra y se van para otra. Terminan una casa y preguntan dónde hace falta ayuda. Y así pasan las horas, desde temprano en la mañana hasta que cae la noche.
Pero no son solamente muchachos. También hay mujeres, niños y niñas que, cuando ven que alguien necesita ayuda, se acercan. No preguntan demasiado. No esperan una orden. Simplemente se suman.
Por las calles de Roldanillo se ven montículos de tierra, paredes afectadas, residuos y escombros. No hay, prácticamente, una cuadra que no muestre alguna huella del movimiento de la tierra. Por eso causaron rechazo las declaraciones de una ‘influenciadora’ que aseguraró que el municipio no había resultado afectado.
Basta recorrer sus calles para encontrar otra realidad. Una realidad que, paradójicamente, también tiene algo esperanzador.
“El pueblo no deja morir al pueblo”
Para Rivera Arango, lo que más le ha quedado de estos días no son los escombros, sino la gente que se mueve alrededor de ellos.
“La verdad, ver que el pueblo es el que más ayuda; aparte de la ayuda que hemos hecho nosotros, porque son muchas casas las que hemos ayudado, negocios, ver la empatía de la gente. Más que todo la gente me impresiona son las persona,s que por así decirlo son humildes, y no tienen mucho vienen acá a aportar agua, comida. Entonces la gente obviamente va a colaborar porque sinceramente el pueblo no deja morir al pueblo”, dice.
Esa frase —“el pueblo no deja morir al pueblo”— resume buena parte de lo que ocurre estos días en el norte del Valle.

Se ven carros que llegan cargados de agua y comida. Vehículos que paran en los puntos donde hay personas trabajando y dejan provisiones para quienes están ayudando. Gente que trae lo que puede y lo entrega a quienes más lo necesitan. Es una cadena que se va armando de manera espontánea: uno consigue agua, otro lleva comida, unos remueven escombros, otros limpian, otros preguntan dónde hace falta ayuda.
Sesenta amigos y un parque como punto de encuentro
Jhon Alexander Murillo tiene 19 años y también es de Zarzal. Junto a un grupo de amigos armó su propio equipo de trabajo. “Todos los amigos míos organizamos un grupo que son como 60 personas y entre todos vamos separando por grupos y nos vamos acomodando las cosas que estén más afectadas”, cuenta.
Su labor no se limita a remover escombros. “Ayudamos a sacar escombros, lo que podamos ayudar; estamos haciendo recolectas para mercados para las personas más beneficiarias y así poder ayudar al pueblo y a nuestro pueblo”, explica.

La logística, dice, es simple pero efectiva: un grupo de WhatsApp y un lugar fijo de encuentro. “Tenemos un grupo de WhatsApp con todos los muchachos y el punto de encuentro de nosotros es el Parque Bolívar en Zarzal, nos comunicamos todos ahí y por grupos nos vamos a las personas más afectadas y les vamos ayudando.”
Murillo lleva ya varios días sin parar entre los dos municipios. “Estuvimos en Vallejuelo desde el martes, miércoles, jueves, venimos a Roldanillo, estuvimos en Zarzal también remodelando unas casas, tumbando, y ahorita estamos empatados con Roldanillo. La verdad, vinimos a ayudar y espero que el pueblo también nos pueda colaborar, entre todos juntos alzar los pueblos con la ayuda de Dios”, dice.
Sobre la tarea diaria, la describe sin adornos: “Nosotros más que todo sacamos escombros; a la mayoría pedimos que traiga una pala, porras para tumbar lo que esté de pie, las paredes que estén más afectadas las tumbamos y así poder tumbar todas las cosas que estén más beneficiarias”.
Como avispas, de un punto a otro
En medio de ese silencio, de esa Pueblo mágico que todavía intenta recuperarse del golpe, quizá sea esta la imagen que más ánimo les da a quienes se acercan a mirar: verlos trabajar, verlos llegar, ver que alguien está haciendo algo.
No hay grandes discursos. No hay grandes estructuras. No hay pose, no hay protagonismo. Hay organización espontánea, solidaridad y una juventud que decidió que, si su pueblo necesita ayuda, ellos van a estar allí.
Son las nuevas generaciones de Roldanillo y de los municipios vecinos las que están saliendo a levantarlo. Algunos llegan desde Zarzal, otros desde otros municipios. Muchos viven a pocas cuadras de los lugares afectados. Muchos probablemente no saben cuánto durará esta tarea ni cuántas horas tendrán que trabajar. Pero todos parecen tener claro algo: todavía hay mucho por hacer.
Van y vienen. Como avispas. De un punto a otro, de una montaña de escombros a otra, con sus cascos marcados con nombres, sus palas, sus picas y sus guantes cubiertos de polvo. Y en cada lugar dejan algo más que una zona limpia: dejan la certeza de que, en medio de una tragedia, también puede surgir una generación dispuesta a darlo todo por su pueblo.

La hora de la reconstrucción
Roldanillo todavía está herido. Pero por sus calles también camina la esperanza. Y quizá ahora comienza una nueva etapa: ya no solamente la de rescatar y remover, sino la de reconstruir.
Para reconstruir un pueblo no solamente se necesitan máquinas, cemento y ladrillos. También se necesita gente. Y, como lo demuestran Juan Estiven, Juan David y Jhon Alexander —y los cientos de jóvenes que como ellos cambiaron el celular y la rutina por una pala y un casco marcado con el nombre de su equipo—, en el norte del Valle esa gente ya está ahí.

Jefe de la Redacción Web de El País. Especialista en gerencia del talento humano, con formación en marketing digital y producción audiovisual. Profesional en construcción IA-First, enfocado en liderar redacciones, audiencias y productos editoriales sin perder la calle, el contexto ni el criterio periodístico.










