Segundos antes de que comenzara el terremoto, a las 7:34 de la mañana, Angélica María Galvis Molina se encontraba en su apartamento hablando por teléfono con el rector de una institución educativa. Entonces sonó la alerta de sismo en el celular de su sobrino Andrés, y la historia de su barrio Cuarto de Legua —con la de su familia— cambió para siempre.
Mientras corría en pijama a despertar a su hija, supo que el movimiento era diferente a los que había sentido antes en el edificio Atalanta, donde vive desde hace 18 años.
— El apartamento se movía de una forma difícil de explicar.
Angélica bajó por las escaleras junto a su familia, en medio de paredes que se caían. Afuera, cuando finalmente estuvo a salvo, empezó a comprender lo que acababa de suceder. “El terremoto no terminó cuando la tierra dejó de moverse”, escribiría un día después.
Angélica es fonoaudióloga, pero por su sangre corre el periodismo. Su padre, Armando Galvis, fue reportero judicial de El País. La escritura, dice ella, era una deuda pendiente. Una que el terremoto, de alguna manera, llegó para saldar.
Después del miedo apareció la incertidumbre. Como los demás habitantes del Atalanta, y decenas de caleños, tuvo que buscar dónde dormir. Desde la Calle Quinta se veía cómo el terremoto había desprendido paredes enteras del edificio. Desde afuera podían verse camas, mesas de noche, clósets y muebles de televisión.
El emblemático Atalanta, con sus ventanales verdes que le dan un aire de castillo de cuento, había quedado herido. Las imágenes del edificio se hicieron virales en las redes sociales y comenzaron a circular versiones de que estaba a punto de colapsar. Pero no era así.
Un ingeniero lo explicó: “La mampostería que se cae es como la sangre: es muy escandalosa. Pero la estructura del edificio no se vio tan afectada”.
Sin embargo, hubo quienes llegaron hasta allí con sus cámaras encendidas para grabar en vivo el supuesto desplome. La desinformación hizo crecer el miedo de Angélica y de los demás residentes. También en la ciudad.
Para ese momento ella estaba en el apartamento de su hermano, con la ropa playera que había dejado lista para un viaje y que pudo rescatar tras el temblor. Comenzaba a experimentar lo que vendría después: dificultades para dormir, sobresaltos ante cualquier alarma y la necesidad de identificar, al llegar a algún lugar, la ruta de evacuación, por si ocurría una réplica.
Entonces, de manera natural, comenzó a escribir las crónicas del temblor. Lo hizo sin ninguna pretensión, como una forma de sanar, pero sus textos de alguna manera dejaron de ser solo suyos. En Facebook, miles de personas que habían vivido experiencias similares comenzaron a reconocerse en sus palabras.
— Las crónicas del terremoto fueron una respuesta a mi parte emocional y he notado que estoy ayudando a otras personas a mi alrededor. Es un diario de la ciudad.
En una de sus primeras entradas, Angélica escribió sobre un duelo del que poco se habla: el de la cotidianidad perdida de quienes se quedaron sin hogar.
“Ya no puedes preparar el café en tu propia cafetera, bañarte en tu baño, sacar a tu perro por las calles de siempre. Ya no puedes caminar por los lugares que conocías de memoria, porque aquello que llamabas barrio hoy parece una zona de guerra. Y está el dolor más difícil: dejar de ver a quienes hacían parte de nuestra cotidianidad. Vecinos que estaban allí, con quienes coincidíamos en la tienda”.
En otra entrada, Angélica hizo un llamado a quienes publican versiones del terremoto sin verificar, lo que ha amplificado los efectos emocionales del sismo.
“Antes de publicar, verificar. Antes de generar alarma, pensar en las consecuencias. Porque detrás de cada fotografía, cada video, cada publicación y cada comentario hay personas reales”.
Su diario se convirtió en un espacio para hablar de la solidaridad de Cali: familiares que sostuvieron a quienes lo perdieron todo, amigos que aparecieron, vecinos que ayudaron y personas que dejaron sus casas para acudir a las zonas de colapso.
“Quizás las tragedias nos enseñan algo que en la cotidianidad olvidamos: nadie se reconstruye solo”.
Y apareció, en sus historias, una pregunta difícil. ¿Por qué? ¿Por qué su casa? ¿Por qué a su familia? ¿Por qué a tantos caleños que en menos de dos minutos se quedaron sin dónde dormir?
Angélica decidió cambiar la pregunta: ¿Para qué? “Para aprender a vivir con menos objetos y darle más valor a lo esencial. Para entender que aquello que parecía imprescindible puede desaparecer en segundos, pero permanecen el amor, la familia, los amigos y la solidaridad. Para volver a confiar. Para permitirnos recibir ayuda y tender la mano. Para comprender que, en una ciudad golpeada, la solidaridad puede convertirse en una forma de reconstrucción”.
El edificio Atalanta sigue siendo uno de los más visibles de la tragedia de Cali. Aún le toman fotos a sus grietas. Para Angélica, en todo caso, es el hogar que tuvo que abandonar y al que, todavía, no puede regresar. Los carros siguen en el sótano.
Pero en su caso también es el lugar por el que comenzó a escribir, como otra manera de sobrevivir, de sostenerse. “Nuestra mampostería cayó... pero la viga sigue ahí”.