La cocina de Charles

La cocina de Charles

Enero 14, 2019 - 06:34 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Busqué en internet si algún medio de comunicación o algún curioso (dentro de los que me incluyo) había dado en el fin de año en Colombia con Charles Michel. No di, pero no pierdo la esperanza de que así suceda antes de que se marche.

¿Quién es Charles Michel? Un joven, 31 años, que conocí, como millones de televidentes, en una serie de televisión que se llama ‘Todo el mundo a la mesa’, concurso con la participación de chefs internacionales. Para fortuna de todos, comenzando por la misma cocina, el programa -o si quieren, el reality- no resultó ser uno de esos en que manda la truculencia.

¿Y qué de raro tiene que un cocinero llamado Charles Michel venga de visita a un país como el nuestro? Sencillo, es colombiano, de padre francés y madre colombiana, pero, por la forma como habla en ‘El mundo a la mesa’ un colombiano como usted o como yo.

Ahora que vengo a saber además -gracias a una excelente entrevista de Honoria Montes Álvarez hecha en noviembre pasado para Somosibaritas- que su papá fue uno de esos ciclistas profesionales franceses que vino al país en los 80 a probarse en nuestras cuestas (era coequipero de Rafael Antonio Niño), pues más nuestro no puede ser Charles. De hecho, ha pasado la mayor parte de sus jóvenes años aquí.

Antes de seguir, déjenme que les cuente algo del concurso. Se hizo con doce parejas de cocineros, casi todos dueños de galardones (Michelin y demás) más importantes. ¿El premio? Nada de plata. Solo el prestigio que da ser el mejor entre los mejores, que no es poca cosa.

Michel se juntó con Rodrigo Pacheco, ecuatoriano él y también muy joven con quien tiene más de una identidad en lo cultural y lo ancestral en asunto de fogones. Los invitaron a que se postularan y, entre 300 aspirantes, pasaron a ser parte de los 24 elegidos.

No les voy a contar si ellos ganan, pero disfrútenlo. Allí, la cocina deja de ser una competencia, aunque en el fondo lo es para que haya ganadores, y pasa a ser “creatividad y compañerismo”, como el mismo Charles lo define.

Entre recetas del mundo entero y soñadores (entre ellos, por ejemplo, una mujer asiática que renuncia a su puesto y no tiene otra opción que salir bien calificada), Michel y Rodrigo brillan. Porque llevan puestos, al lado de sus delantales, unos valores que reflejan en sus platos.

Valores, principios, escasos en el mundo de hoy. Porque la cocina debería ser más que ese vulgar negocio en que muchos se han empeñado en convertir, con evidente éxito económico. Mejor dicho, en estos tiempos monta un restaurante y fórrate en dinero. Y no me pidan ejemplos, por sus precios y su apetito comercial los conoceréis.

Menos mal quedan esos rincones, como aquel tradicional de Isaac en la esquina de la Avenida Sexta donde aparte de comer muy bien y de la buena papa, uno reserva para el día siguiente; o donde Basilia, en la Galería de la Alameda.

Allí hay que llevar a Charles, quien dijo andar en estos días en Bogotá y Villavicencio, y a su carnal Rodrigo, porque encontrará de primera mano eso que tiene muy claro. “El trabajo más humilde de los cocineros que nos alimentan a diario y le dedican su vida a las estufas, tiene igual o más honor que hacer un show de televisión”.

Y además, para que nos cuente cómo hacer, tal cual él lo pide, para que el arte culinario sea una disciplina más respetada y estudiada por su importancia en “temas de prevención, salud pública, ambientalismo y cultura”. O por qué debemos enseñarles a los niños a cocinar desde los cuatro años, como parte de la educación en ciencia y arte, si es que queremos un mundo mejor.

Pero, sobre todo, lo dicho, no salir a poner un restaurante como quien monta un banco. “No pienso tener un restaurante porque es un trabajo de tiempo completo y pienso que trabajar en educación y cultura puede tener un impacto mucho mayor”.

Charles, pásese por el Valle del Cauca. Falta nos hace.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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