El gran desmadre

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El gran desmadre

Junio 21, 2020 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Los efectos del desmadre del pasado viernes, día sin IVA, durarán tanto cuanta capacidad de autocrítica tengan quienes son responsables, directos o indirectos, de lo acaecido, que no fue poco. Comencemos por el Gobierno Nacional, al que se le ocurrió la idea de aplicar tres descargas eléctricas (19 de junio, 3 de julio y 19 de julio) en aras de ayudar a revivir la economía. Una terapia de choque que dejó, en su primer intento, cifras millonarias de consumo a cambio de un inmenso caldo de cultivo del virus y quién sabe si, a la vez, una bomba biológica.

Hasta el momento de escribir esta columna, el Gobierno se ha dedicado a minimizar lo que pasó, cuando lo que puso en juego fue la vida de miles de colombianos con ese absurdo ‘Covid Friday’ que asombra al mundo.

Pero a los diferentes ministros del ramo el resultado económico les supo a victoria. Los indicadores marcaron crecimiento y así lo reflejarán en la sumatoria general del mes. Y ya se sabe que de eso, de impactos, viven quienes mandan. Sólo que si eso se pone frente al costo político, deja números rojos en confianza y credibilidad para el Ejecutivo, cuando si algo reclama el país es liderazgo. Esto no lo es.

Quizás había otros caminos para explorar. Por ejemplo la propuesta de Alejandro Éder de bajar el IVA al 9%, en cambio de andar jugando con candela. Al menos valdría la pena escuchar esa y otras salidas menos cortoplacistas o desesperadas como la que acabamos de vivir.

El Gobierno tiene ahora la obligación de oír las voces sensatas que claman por una revisión al modelo (si es que lo hubo) que se aplicó el viernes. Con, en principio,?una solución que es evidente: la alternativa digital, cuyo buen funcionamiento no es cuestión de los usuarios sino de quienes venden.?

¿Y al comercio, cuánta responsabilidad le cabe? Mucha, al menos a quienes no tomaron las mínimas medidas de cuidado y prevención (porque hubo quienes sí lo hicieron bien). La avalancha de compradores era previsible. O cuando se hizo evidente que así sería, al comenzar la jornada, ¿por qué no se tomó la determinación de mantener cerradas las puertas hasta que se pudiera establecer un mínimo de orden y seguridad por parte de la Policía?

Quizás porque el único afán era vender y cuadrar, en algo, caja. Razón válida desde la perspectiva de negocio, pero en total contravía del bienestar general, incluido el de su propio personal, obligado a nadar en un mar infestado de riesgos.

A propósito, ¿alguna de las grandes superficies, en vista del éxito obtenido ese día en ventas, ya anunció el reenganche de al menos una parte de la planta que despidió en las últimas semanas?

Quedamos a la espera de los golpes de pecho de Fenalco y de las debidas medidas de corrección.

Todo eso es preocupante y alarma. Pero más dolor deja comprobar el tipo de sociedad en la que vivimos. Aquella del consumismo salvaje y de lo que Héctor Rincón llama, con acierto, “la obscenidad mercantil y la indisciplina social”. Y el desprecio por la vida. ¿O no es eso, cuando por los pocos pesos de descuento en el precio de un televisor o de un computador ponemos en riesgo la salud y la existencia misma? Y, aparte, estamos dispuestos a llevarnos por delante la suerte de los demás, comenzando por los nuestros.

Aunque en Colombia eso de que la vida vale huevo no es novedad. Ahora todos miramos con susto las cifras de muertos y contagiados que deja el Covid-19 a diario. ¿Por qué? porque nuestra propia barba está en remojo. Pero cuando esto estaba a punto de comenzar nos importaban un carajo los casi 32 homicidios diarios (2019) promedio que hay en este país, la ola de feminicidios, la cacería desalmada a líderes sociales o los soldados caídos.

Eso es lo peor que deja ese desmadre del viernes, la ratificación del desdén por la vida. Cosa en la que no dejamos de reinventarnos, cada vez a peor.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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