El desafío

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El desafío

Noviembre 24, 2019 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

“Pobre Duque”, dijo la mujer de al lado con el fondo de la grabación sobre la entusiasta conversación, entre café y café, del embajador Francisco Santos y la recién nombrada canciller Claudia Blum.

¿Pobre Duque? No estoy seguro de que el presidente Iván Duque merezca conmiseración. Para comenzar, no sé si a él le guste que alguna gente lo miré así, con lástima. Por lo general, ese sentimiento (“de tristeza y ternura producido por el sufrimiento de alguien”), suele ser mal visto por quien precisamente es objeto de compasión.

Pero además, porque para quien, como él, encarna la dignidad de primer mandatario, tal piedad que le manifiestan puede ser uno de los peores síntomas de cómo van las cosas.

En términos políticos, eso es delicado. Iván Duque eligió postularse para dirigir el destino de este país y tuvo la suerte (ya el paso del tiempo dirá qué tipo de suerte) de que la vida, más los votos, lo pusieran en la primera magistratura. Eso enalteció su nombre y, de paso, le generó las obligaciones que hoy tiene.

Obligaciones a las que, por ahora, no ha sabido responder. Ni tampoco puede hacerles frente en solitario, como igual no hubiera podido ganar las elecciones sin apoyos que, a la vez, se convertirían en ataduras.
Porque Iván Duque está donde está por el aval del Centro Democrático y, sobre todo, por el respaldo del ahora senador Álvaro Uribe.

Lo que muchos se niegan a reconocer es que ese acompañamiento dejó de existir, en algunos casos, casi desde el mismo día de su posesión. Ahora las consecuencias de ello afloran de muchas formas, sin que se puedan maquillar.

Me atrevo a decir que Iván Duque está casi solo, por no decir que íngrimo, en su círculo de poder. Tal debilidad lo lleva a recibir presiones y obedecerlas, más dar palos de ciego.

Basta ver las declaraciones públicas (y privadas hechas públicas) de sus antiguos amigos o copartidarios para sacar esa conclusión.

Algunos de ellos se saciaron con la victoria en las elecciones. Otros consiguieron llegar a donde están, ya sea elegidos o en la repartición de puestos. Y hay quienes andan con ganas de más, en calidad de prematuros candidatos para 2022.

Y los hay también a quienes Duque les resultó incómodo desde un principio. No porque fuera ‘tibio’ para lo que pretendían o porque fuese rebelde (que no parece ser su fortaleza) sino porque nunca les gustó. Entre otras, por ser impuesto desde el principio.

A Duque pareciera abundarle gente así, poco fiable. Mejor dicho, el capítulo de la nueva Canciller y el Embajador es otra pieza sintomática de una colección de errores, impertinencias, deslices, zancadillas y mentiras.

Al Presidente le queda aún la opción de dar un golpe al tablero y soltar las amarras, mirando para adelante, como lo prometió. Ese es un desafío que comienza por abrir un diálogo (pero que sea de verdad y no para apagar el incendio) con muchos sectores. Es su obligación como el mandatario que es de todos los colombianos.

Puesto en el actual trance histórico, Duque decide si quiere que se le recuerde con respeto, comenzando por el que le deberían tener los suyos. Y no que los colombianos terminemos, como la doña de marras, mirándolo con misericordia. Nada peor, porque como bien dice el escritor Xavier Velasco, “de la lastima al desprecio se puede ir a pie”.

***

Sobrero:
No hay que dejarse confundir. Una cosa fueron paro y cacerolazos. Otra, desmanes de vándalos, infiltrados y pánico, incluido el de ese libreto que aterrorizó jueves y viernes a Cali y Bogotá. Pánico del que algún día se sabrá quiénes estuvieron detrás para promoverlo y aplicarlo en las sombras de la noche.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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