Muy personal

Septiembre 20, 2022 - 11:45 p. m. 2022-09-20 Por: Vicky Perea García

Ese hueco que se siente justo donde comienza el estómago, esa arritmia que se junta con una vaga sensación de dolor en el corazón, no se los deseo a nadie. Volver al hogar y encontrar el nido vacío, las habitaciones solitarias, las risas idas y los llantos que ya no se escuchan es la confirmación de que una nueva etapa comenzó en la vida.

Por ahora se siente desolada, con una mezcla entre la tristeza y la melancolía, con la incertidumbre sobre un futuro imposible de predecir. Pero al mismo tiempo con la posibilidad de mirar el mundo interior de una forma diferente, de reencontrarnos con nosotros mismos, de ponernos en primer lugar después de tantísimos años.

Los hijos partieron. Un año atrás el mayor, ahora el más pequeño. Están lejos, forjando su propia vida, descubriendo lo que quieren, luchando por sus sueños. Los formamos libres, para que tomaran sus propias decisiones en el momento que les correspondiera, asumieran los riesgos, enfrentaran las consecuencias de sus actos. Para que al fin volaran con esas alas que fortalecieron mientras estuvieron bajo el amparo de sus padres, rodeados por sus abuelos, acompañados por sus tíos y primos.

Esperamos haber hecho la labor como corresponde; confiamos en que nuestras enseñanzas les permitan ser siempre buenas personas, respetuosas con los demás, tolerantes en las diferencias.
Por unos pocos días estuvimos juntos en familia de nuevo. Reencuentro breve y a la vez despedida. Sentir que somos una piña imposible de desprender, calma el alma. No importa que sus padres estemos divorciados. Entendimos desde el principio que el camino era uno solo en lo que se refería a ellos; que permitirnos una buena relación les demostraría que, aunque el amor se hubiese acabado, el cariño sería infinito y siempre estaríamos, unidos, por y para ellos.

Ahora viene la parte compleja y que a la vez puede ser la más emocionante, al menos para mí, en lo personal. Deconstruirme, revisarme y reconstruirme. He sido mujer independiente, trabajo desde los 17 años cuando salí de casa para estudiar y forjar mi propio camino. He tenido amores y desamores, hace 22 años fui mamá por primera vez y ratifiqué el título cuatro años después.

El oficio de periodista no me permitió pasar todo el tiempo físico que hubiera querido junto a mis hijos, apoyarlos en sus tareas o salir al parque a diario a pasear con ellos. Por fortuna formamos un buen equipo con su papá y nos ganamos la lotería con su abuelo, mi padre que ya llega a los 92, porque se dedicó a ellos en nuestras ausencias. Hoy cuando los vemos, echados para adelante, asumiendo sus temores y enfrentando sus miedos, caminando paso a paso, creemos que lo hicimos bien pese a las equivocaciones que sin duda cometimos. Estamos orgullosos de ellos.

Como decía, ahora hay que volver a armar pedazos de mí misma que se han resentido con su ausencia o que se quedaron guardados por un tiempo en el cajón mientras los vi crecer. No tengo ni idea de psicología, aunque he acudido siempre a los mejores terapistas cuando la vida me ha indicado que requiero ayuda. Pero sé que el tiempo ahora es para mí, que las madrugadas para levantarlos al colegio o las trasnochadas porque estaban indispuestos son asuntos del pasado, que ahora podré leer ese libro interrumpido, retomar mis idas solitarias a cine -que me encantan-, ver de nuevo a amigos a los que he abandonado en el tiempo.
Espero animarme otra vez a las caminadas mañaneras, a la dieta que necesito con urgencia, a descansar más tiempo. En primer lugar, a llevar el día a día a otro ritmo, así el periodismo aún me tenga atrapada. Ojalá suceda.

Esta columna es muy personal. Solo quise compartir un poco los sentimientos y las sensaciones que dejan la partida de los hijos. Ya retomaré en las siguientes, cuando regrese de este descanso, los asuntos de la ciudad, del Valle, de Colombia, con la seriedad y el análisis que se merecen.

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