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Sobadores y gaceteros

Con los oficios anteriores y el establecimiento de las denominadas ‘salas de velación’, se fueron también las rezanderas de barrio que oraban en latín y ordenaban una misa como cualquier sacerdote.

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Medardo Arias Satizábal
'A este lado del estero', poemario de Medardo Arias Satizábal. | Foto: Medardo Arias Satizábal / Ser Zanja

18 de jun de 2026, 12:52 a. m.

Actualizado el 18 de jun de 2026, 12:52 a. m.

‘Sobador’, decía escuetamente el aviso en la ventana; allá íbamos a parar lloriqueantes, con algún hueso retorcido, los que jugábamos ‘Fuera de mi palacio’, desde lo alto de un terrón de arena –era un curioso juego de empujones, donde el rey era siempre el que podía quedar en la cumbre, sin dejarse tirar al suelo- y el ‘sobador’ era entonces el kinesiólogo del pueblo, el quiropráctico y osteólogo al tiempo. Observaba el brazo retorcido, el mismo que había sufrido una seria luxación o fractura –“brazo descompuesto”, era su dictamen- e iniciaba entonces la tarea diaria de “ponerlo en su lugar”. Los ‘sobadores’ nacían, no se hacían, se comentaba entonces, y ejercitaban desde temprana edad sus manos, desgranando maíz o curtiéndolas con sustancias calientes. Poner un hueso en su lugar o devolver un músculo a su sitio requería entonces ungüentos de aromas fuertes, como la ‘pomada india’ o el ‘Yodosalil’; al final, a cambio de incómodos yesos, regresábamos a casa aliviados por los olores balsámicos de una planta a la que se endilgaban poderes milagrosos; era como un pegante natural para soldar huesos y músculos: la “suelda con suelda”, hoja que todavía se vende en los mercados de Colombia. La planta sobrevive, mas no los oficios; los sobadores pertenecían a esa vieja cofradía de los saberes naturales que se extinguieron con el último hervor del siglo XX.

Dentro de esa misma familia estaban los arregladores de paraguas. Puedo preguntarme si alguien repara paraguas en Norteamérica. En la isla donde nací, en la costa del Pacífico colombiano, la zona más lluviosa del mundo, después de Cherrapundji en la India, el encargado de desfacer entuertos paraguales era un enano. Iba por las calles con sartas de paraguas colgadas en cada brazo. Los recogía en las casas de las que era llamado con urgencia. En varias oportunidades acompañé a mi padre a recoger paraguas recién dados de alta. El enano los entregaba con un ademán doctoral, debidamente marcados con el nombre de la familia a la que pertenecían. Conservo nítida la imagen de este hombre diminuto, extraviado en su laberinto de varillas, del que rescataba, buzo de tierra firme, los tesoros de sus naufragios. En una máquina de coser de pedal, en la que trabajaba de pie, inventaba nuevos forros contra lluvias y tormentas; telas negras para los paraguas, géneros de colores para las sombrillas.

De esos oficios curiosos, puedo recordar también al ‘gacetero’, hombre que venía de las riberas de los ríos y traía noticias para los campesinos ya asentados en la ‘urbe’. Casi todo el servicio doméstico en la isla de Buenaventura estaba conformado por mujeres procedentes de los ríos. Era común escucharlas en la preparación de su programa favorito de fin de semana: “Voy a coger gaceta”, decían, ya endomingadas, e iban hasta el muelle de veleros a preguntar por difuntos, nuevos casorios, bautizos, monjas y curas recién llegados, chismes frescos. El ‘gacetero’ de mi costa fue el último eslabón de los chasquis o pregoneros, hijo de las marismas medievales, de aquellos que iban de pueblo en pueblo leyendo un bando. En síntesis, eran el internet de entonces.

Un oficio moderno, “suis generis”, fue el del tapahuecos. Cayayo descubrió cuántas quejas daban los automovilistas por los huecos en las calles del puerto, e iba personalmente, ayudado por una carreta, con cemento, arena y una espátula de albañil, reparando las calles. Era como un alcalde popular; la gente lo adoraba porque se declaró así mismo como el Justiciero Antihuecos; vivía de la caridad pública, pues camioneros y conductores de buses y otros le daban dinero para que continuara en su labor. Finalmente, tuvo la buena idea de adicionar a su carreta un pequeño negocio: también vendía cerveza fría.

Con los oficios anteriores y el establecimiento de las denominadas ‘salas de velación’, se fueron también las rezanderas de barrio que oraban en latín y ordenaban una misa como cualquier sacerdote. Adiós a ellas, a los bendecidores de anzuelos para la buena pesca y a los borrachos que cantaban por las calles al amanecer, herederos de la estirpe de los trovadores, y a los buscadores de ‘entierros’, los tesoros indígenas que todavía dejan ver su fuego por encima de la tierra en los potreros de Colombia.

Medardo Arias Satizábal, periodista, novelista, poeta. En 1982 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría Mejor Investigación. En tres ocasiones fue honrado con el Premio Alfonso Bonilla Aragón de la Alcaldía de Cali. Es Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, 1987, y en 2017 recibió el Premio Internacional de Literaturas Africanas en Madrid, España.

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