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Si aún lo duda, descarte el Pacto Histórico
En un país en desarrollo como el nuestro, el liderazgo en la jefatura del Estado es la condición inicial para restablecer condiciones mínimas de progreso.
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16 de mar de 2026, 12:36 a. m.
Actualizado el 16 de mar de 2026, 12:36 a. m.
Seguramente usted fue uno de los colombianos que el Pacto Histórico sedujo en 2022. Tal vez creyó —con razones que entonces parecían sensatas— que el problema del país era ante todo moral y que bastaba sacar a una élite podrida para que el Estado respirara. Quizá incluso gritó “por fin ganamos” frente al televisor o en una plaza. Hoy conviene preguntarse, sin rabia y sin anestesia, qué queda de aquella ilusión.
Entramos en la recta final hacia la presidencia y conviene mirar los hechos con calma, no el relato ni la coartada sentimental del cambio, sino los hechos. Más allá del desgaste normal del poder, el gobierno de Petro deja una mezcla inquietante de viejos vicios, nuevas excusas y una incompetencia administrativa que ya ni siquiera cabe debajo de la alfombra.
En 2023, el país vio los dólares desaparecidos en la residencia de Laura Sarabia, el polígrafo aplicado a Marelbys Meza y las interceptaciones ilegales que vinieron después, mientras los audios de Armando Benedetti insinuaban irregularidades en la financiación de la campaña presidencial.
Luego llegó La Guajira y el caso de la Ungrd. La Procuraduría detectó sobrecostos superiores a 16.000 millones de pesos en la compra de 40 carrotanques para llevar agua a comunidades que no la tienen. Sneyder Pinilla ya fue condenado, seis implicados firmaron preacuerdos con la Fiscalía y la Corte Suprema investiga a seis congresistas. Olmedo López declaró además contra 27 altos funcionarios.
Ese mismo año la Fiscalía capturó a Nicolás Petro, quien habría recibido más de mil millones de pesos de fuentes cuestionadas, parte de los cuales —según la investigación— habrían terminado en la campaña presidencial. Tiempo después, el episodio conocido como ‘Papá pitufo’ volvió a encender las alarmas sobre la financiación de esa campaña.
Siendo justos, Colombia no descubrió la corrupción con ‘papá’ Petro. Lo distinto ahora es la pérdida casi total del saber hacer: las carreteras y trenes que no se construyeron, la crisis inducida en servicios sociales y los ministerios que vuelven a empezar cada vez que cambia el jefe. No es menor que el propio gobierno reconozca que sectores como vivienda, infraestructura y transición energética ejecutaron inversión por debajo de sus niveles históricos. ¿Hablamos también de la crisis en salud y de los dos pasos atrás en educación?
Es momento de superar el romanticismo. En un país en desarrollo como el nuestro, el liderazgo en la jefatura del Estado es la condición inicial para restablecer condiciones mínimas de progreso. Por eso conviene apartarnos de quienes fracturan la ya frágil armonía institucional y de liderazgos conflictivos, megalómanos o desordenados. Las formas también cuentan y la experiencia reciente dejó, sobre todo para las nuevas generaciones, una lección poco edificante sobre cómo no debe ejercerse el poder.
Al mismo tiempo, el progresismo latinoamericano surgido con el socialismo del siglo XXI muestra señales claras de agotamiento. Apostar por esa continuidad puede sonar atractivo en campaña, pero la realidad es que ninguna consigna regional ni ninguna foto internacional administra un ministerio ni evita el próximo saqueo.
En un país con brechas tan profundas como las de Colombia, es plausible que el Pacto Histórico haya mantenido la bancada más votada en el Congreso; lo inquietante es la ceguera cuyo proyecto parece provocar en parte del electorado de izquierda y el camino despejado que hoy tiene hacia la segunda vuelta. El tono civilizado y las maneras correctas de Iván Cepeda pueden inspirar confianza en el debate, pero no deberían confundirse con solvencia.
No es un detalle menor que decida repetir la fórmula simbólica que el petrismo ya explotó en 2022 con Francia Márquez. La elección de Aída Quilcué vuelve a mostrar cuánto daño hace usar a las comunidades étnicas como bandera electoral mientras se les vende la ilusión de que gobernar es como soplar y hacer botellas.
El desastre no empieza cuando se roban la plata del agua ni cuando la promesa del cambio se estrella contra la pared de la sensatez. Tal vez empieza mucho antes, cuando usted y yo nos dejamos convencer de que un símbolo basta, de que una causa noble compensa la falta de gerencia, de que un discurso limpio puede reemplazar manos capaces. Y después nos sorprende que el agua no llegue.
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Claridades: Hablando de vices, qué goles redondos se anotaron Paloma y De la Espriella. Dos fichas con cabeza, carácter y oficio.
*Consultor internacional

Consultor internacional, estructurador de proyectos y líder de la firma BAC Consulting. Analista político, profesor universitario.
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