Historia de luz y de tinieblas

Historia de luz y de tinieblas

Enero 08, 2019 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

Por los desajustes y el caos natural del fin de año dejé pasar una de las muertes más sentidas para mí en el mundo literario, y fue la de Amos Oz, a quien siempre consideré el mejor y más grande novelista en lengua hebrea del Siglo XX.

Amos Klausner era su nombre original, que él cambió por el de Amos Oz para bautizarse y renacer convertido en otro. Oz, en hebreo, significa ‘fuerza’, ‘coraje’, ‘valor’, pues era justo lo que el joven Amos necesitaba cuando, poco antes de cumplir los 15 se marchó de su casa en Jerusalén, abandonando a su padre y, sobre todo, poniendo distancia con el tristísimo recuerdo de su madre, Fania Mussman, quien se suicidó cuando él tenía apenas 12 años. Siendo Amos su único hijo, el suicidio de la madre le dejó una tenebrosa herida en la psique: ¿Cómo no culparse?, ¿cómo no creer que no lo amaba?, ¿cómo no sentirse ya para siempre irremediablemente abandonado en el mundo?

El joven Amos se fue a un kibutz, lejos de su padre, a quien acabó por culpar de la tragedia. Pero la semilla de la literatura ya corría por sus venas. Su padre, Yehuda Klausner, fue traductor y gran intelectual. Hablaba correctamente 17 idiomas, cuatro más que su madre. Su tío Yosef Klausner, además, fue uno de los escritores e intelectuales más influyentes del mundo hebreo, gran rival y contemporáneo del escritor S.J. Agnon, quien obtuvo el premio Nobel de Literatura, compartido con Nelly Sachs, en 1966.

Lo curioso es que los dos rivales, Yosef Klausner y Agnon, vivían frente a frente en una calle muy arbolada del apacible barrio de Talpiot, en Jerusalén. Todo esto constituyó la vida de Amos Oz: el mundo judío antes de la creación del Estado de Israel, la guerra contra los países árabes, y luego, su actitud siempre pacífica, su convencimiento de hombre de izquierda de que sólo la creación de un Estado palestino independiente y amigo podría traer la paz a la región.

Son algunos de los temas de su libro Una historia de amor y de tinieblas, del 2003, probablemente el mejor libro de memorias que he leído en mi vida (junto al de Anthony Burgess, volveré sobre el tema). Tanto que en mi primera visita a Jerusalén pasé varios días caminando por la ciudad con el libro en la mano, haciendo los recorridos del pequeño Amos con su padre, indagando por las librerías a las que iba y menciona, los parques o las sinagogas, o buscando su casa natal, en el barrio de Karen Abraham, que por supuesto encontré. Porque así es la buena literatura. En realidad no fui a Jerusalén, sino al libro de Oz, y lo caminé página por página hasta agotarlo, y por eso amé esa ciudad tanto como al libro, al punto de dedicarle más tarde una novela entera.

Caminar y leer, eso me enseñó Amos Oz, y muchas otras cosas: la necesidad de lo literario para forjar una identidad; el compañerismo con sus colegas escritores David Grossman y Abraham Yehoshua, y sobre todo cómo escribir nos salva de los destinos más tristes e inhumanos. Oz creó belleza con su vida triste y nos enseñó a sus lectores que no hay nada mejor que multiplicar la maravillosa sensación de vivir a través de la lectura. Porque vivir, insisto, es como caminar por una ciudad desconocida de la mano de un libro que nos la revela, que nos muestra la huella de otras vidas ahí donde ya no queda casi nada, excepto esas precisas y necesarias palabras.

Sigue en Facebook Santiago Gamboa - club de lectores

VER COMENTARIOS
Columnistas