Feos y melancólicos
((blockContentFlag)) ((blockContentType))

Escuchar este artículo

Feos y melancólicos

Marzo 24, 2021 - 11:55 p. m. 2021-03-24 Por: Santiago Gamboa

Por estos días se cumplen cinco años de la publicación de La melancolía de los feos, novela de Mario Mendoza que reflexiona sobre los males de nuestro tiempo e invita a sublevarse y resistir desde algo que es a la vez vital, filosófico y profundamente literario.

La historia narra el reencuentro (epistolar) de dos amigos de infancia que se formaron juntos, en Bogotá, soportando el rechazo y la hostilidad que los rodeaba. Uno de ellos, Alfonso Rivas, nació con una horrible deformidad física (es jorobado y enclenque) consecuencia de la droga psiquiátrica que su mamá tomó mientras estaba embarazada para neutralizar sus fases esquizofrénicas. El otro es León Soler, hijo de una pareja disfuncional, padre alcohólico y ausente y madre bipolar que, sin motivo, daba correazos a su hijo dejándole la espalda llena de cicatrices.
Estos dos personajes vivieron la etapa de formación juntos para luego separarse por motivos fortuitos hasta que años después el jorobado Alfonso encuentra a León y le envía tres extensas cartas en las que le cuenta qué fue de él todo ese tiempo, su visión de la niñez compartida y, sobre todo, el gran proyecto de fuga en el que está comprometido y que será el eje profundo del libro: la estética de la lejanía, la búsqueda del sentido a través del viaje, la salvación por la aventura, el valor supremo de la soledad para quien siente que debe luchar por cambiar el mundo y,, como es común en las novelas de Mario Mendoza, los valores implacables de la juventud y su férrea búsqueda de la coherencia, opuestos a la claudicación de la edad adulta, la que renuncia a sus ideales para instalarse en una zona de confort familiar y social.

Dos vidas contrapuestas que son un canto a la amistad, al valor de la formación y la educación, a la alegría no sólo de las palabras sino también de los silencios y las dudas, algo que, en lo personal, he podido compartir con Mario desde muy joven en el colegio Refous de Bogotá, luego en la Javeriana y después en el resto de la vida, prueba de que se puede ser amigo y colega escritor sin rivalidades. A partir de esa situación Mario despliega su artillería de novelista: en el modo en que conjuga una apasionante historia de búsquedas y desencuentros con un principio vital que denomina “el factor Ulises”, y que tiene que ver con esa fuerza “que nos lanza por fuera de nosotros mismos”, hacia “el llamado de la aventura y lo indeterminado”, como al navegante argentino Vito Dumas o al francés Bernard Moitessier, que buscaron en el mar la suprema libertad y a la vez la gesta solitaria y heroica. “Mi barco es un símbolo de la fragilidad humana”, dice un personaje. “Mi tripulación la conforman las víctimas de los cinco continentes, de cada rincón del planeta donde haya un hombre o una mujer sufriendo o buscando a un familiar desaparecido”.

Porque Mario Mendoza no escribe desde el centro ni desde la luz sino desde la oscura periferia, desde la solitaria y lúcida melancolía de los feos, los apartados, los repudiados. Desde las hazañas de aquellos que han sido excluidos del gran festín del presente y que reivindican, a través de la aventura y el viaje, su derecho a la vida y el valor de una amistad por la que vale la pena vivir.

Por eso les digo a los lectores más jóvenes: únanse a nosotros, sean amigos, sean artistas, sean leales, luchen juntos.
Sigue en Facebook Santiago Gamboa - club de lectores

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS