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Confiamos cuando vemos consistencia, honestidad y competencia. Desconfiamos cuando advertimos cálculo, doble discurso o irresponsabilidad.

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Daniel López
Daniel López, gerente de sostenibilidad del Banco de Occidente. Foto suministrada por la empresa. | Foto: El país

14 de abr de 2026, 02:25 a. m.

Actualizado el 14 de abr de 2026, 02:25 a. m.

Hay sociedades que, aun en medio de las dificultades, conservan cierta capacidad de sostenerse. También hay tfamilias, empresas y personas que logran atravesar tensiones sin romperse por dentro. No siempre se debe al dinero, al talento o a la buena suerte. Se debe principalmente a algo más fundamental, la calidad moral y relacional de sus cimientos. Ahí aparecen cuatro palabras que suelen mencionarse mucho y entenderse poco: integridad, confianza, cultura y liderazgo.

No conviene tratarlas como conceptos sueltos, pues entre ellas hay una secuencia; una conduce a la otra. Cuando faltan, lo que se deteriora no es solo la reputación de alguien, sino la capacidad de convivir, coordinarse y construir algo duradero. Cuando existen, en cambio, hacen posible ese tipo de orden que sostiene casi todo lo demás.

Todo empieza por la integridad, la más fundacional. Stephen Covey insistió durante años en que la credibilidad personal no nace del discurso, sino del carácter. Y Brené Brown, por su parte, mencionaba cómo integridad es elegir el valor por encima de la comodidad; es actuar conforme a lo que se dice creer, sobre todo cuando hacerlo cuesta. En ese sentido, la integridad no es la distancia o la cercanía entre lo que una persona promete y lo que realmente hace.

Cuando esa coherencia se repite en el tiempo, aparece la confianza. Confiamos cuando vemos consistencia, honestidad y competencia. Desconfiamos cuando advertimos cálculo, doble discurso o irresponsabilidad. Stephen M. R. Covey explicó bien que la confianza también reduce fricción, acelera decisiones y baja costos. Patrick Lencioni lo mostró desde las organizaciones, mencionando que en aquellas donde no hay confianza, las personas no se atreven a hablar con franqueza, a reconocer errores, a pedir ayuda ni a discrepar sin miedo. Entonces la energía deja de ir al propósito y se va a la defensa personal.

De la confianza nace algo todavía más grande: la cultura. Edgar Schein enseñó que la cultura no está en los eslóganes ni en los manuales, sino en aquello que un grupo termina normalizando. Dicho de manera simple, la cultura no es lo que se dice, sino lo que se vuelve costumbre. Si en una organización se premia al que entrega resultados sin importar cómo, esa es su cultura. Si en una familia se habla de respeto, pero se humilla en privado, esa también es su cultura. La cultura convierte lo moral en hábito, y el hábito, con el tiempo, en identidad compartida.

Es ahí donde entra el liderazgo. Simon Sinek ha insistido en que liderar no es mandar, sino asumir la responsabilidad de cuidar a otros. Kouzes y Posner lo dicen de otra manera: el líder marca el camino cuando modela la conducta que espera ver. Por eso el liderazgo multiplica, para bien o para mal. Toma una integridad individual y la vuelve ejemplo. Toma una confianza frágil y la fortalece. Toma una cultura incipiente y la consolida.

Antes de exigir transformaciones hacia afuera, convendría revisar qué estamos cultivando hacia adentro. Qué permitimos, qué celebramos, qué callamos y qué corregimos. Porque las sociedades no cambian únicamente cuando aparecen mejores leyes o mejores líderes, sino cuando más personas deciden comportarse de una manera que haga posible un mejor país.

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