Columnista
Perplejidad
La perplejidad procede de una confrontación con la realidad que nos sorprende y de alguna forma nos golpea.
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26 de ene de 2026, 09:19 p. m.
Actualizado el 26 de ene de 2026, 09:19 p. m.
Todos conocemos la perplejidad, ese estado mental, emocional, en ocasiones también ideológico , en el que nos sentimos incómodos al percibirnos atrapados por la duda, la confusión y el desconcierto. No sabemos cómo reaccionar, qué opinar o qué hacer, como si buena parte de nuestras ideas y convicciones de pronto perdieran validez, como si el entorno hubiera cambiado de tal forma que acabara trastocando nuestras certezas elementales y cotidianas.
Hay perplejidad en la percepción de la política, muy actual en estos días, pero también en asuntos religiosos o artísticos; en las dinámicas y transformaciones culturales, y en general sobre cualquier asunto en el que sentimos que algo no va bien con nuestra percepción del mundo.
La perplejidad procede de una confrontación con la realidad que nos sorprende y de alguna forma nos golpea. El ideólogo dogmático que siempre tiene la razón nunca está perplejo porque niega la realidad, como el famoso filósofo al que un estudiante le decía que sus ideas no coincidían con la realidad, a lo que él respondía: peor para ella.
Moshé ben Maimón, más conocido como Maimónides, fue un filósofo judío que nació en el año 1135. Su ‘Guía para perplejos’ es un precioso texto medieval pensado para orientar y consolar a quienes por entonces sentían que sus convicciones religiosas y metafísicas podían irse al traste tras el redescubrimiento de la obra de Aristóteles, cuyo pensamiento el mismo Maimónides había intentado integrar con la sabiduría bíblica del judaísmo. Tiempos hubo en los que la perplejidad era también metafísica.
Javier Muguerza (1936-2019), otro filósofo español (si se considera que Maimónides también nació en la península ibérica), publicó en 1990 otro bello libro, ‘Desde la perplejidad’, donde reivindica el derecho a vivir y tratar de ser bueno, feliz y justo, no en el mundo ideal de las certezas, sino en el vacilante mundo de la perplejidad, en el cual incluso el camino que conduce a los consensos habermasianos está cubiertos de perplejidades.
Muguerza confía más en su idea de una ‘razón perpleja’ que en la razón pura de Kant. Pero ojo: la razón perpleja no es una razón descarriada. Es, más bien, una razón que honra la condición humana, limitada y sufrida, que no evade la angustia del dilema ni las preguntas sin respuestas. Si el perplejo no es un descarriado que ha perdido el rumbo, tampoco es un escéptico que renuncia a la verdad, al bien o a la justicia. Es, más bien, un buscador incansable que no milita en bandos contrarios, el de los que lo saben y lo pueden todo, y el de los que no se mueven porque siempre hay objeciones, sospechas o conspiraciones ocultas que solo ellos entrevén.
Nuestro mundo parece querer que vivamos evitando la perplejidad y todo lo que de ella procede; nos quieren satisfechos, sumisos y adaptados. Por eso conviene no olvidar la aguda -y perpleja- sentencia de Stuart Mill: “Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho”. Fomentar la perplejidad es tarea urgente; equivale a cultivar que nos duela la realidad social y moral en la que vivimos, que nos duela y que nos ponga en marcha, siempre en movimiento, a nunca estar del todo satisfechos.
*Rector Pontificia Universidad Javeriana Cali

Rector Universidad Javeriana Cali
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