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Los invisibles

Allí están ellos... confundidos con el piso, con la basura, con la costumbre; el ojo humano los ha vuelto paisaje y el paisaje no duele.

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Aura Lucía Mera
Aura Lucía Mera | Foto: El País.

27 de ene de 2026, 01:56 a. m.

Actualizado el 27 de ene de 2026, 01:56 a. m.

Duermen hasta la una, las dos, a veces las tres de la tarde, como si el tiempo no tuviera apuro. En ellos, el sol cae a plomo, la lluvia los bautiza sin pedir permiso y, aun así permanecen ahí, tendidos sobre el asfalto o el cartón, envueltos en una quietud que no es descanso sino resistencia. Viven en la calle, no como metáfora, sino como destino diario. Y están solos, incluso cuando duermen rodeados de gente que pasa.

No los vemos… O peor, los vemos y nos hacemos a un ladito. Allí están ellos, los invisibles, confundidos con el piso, con la basura, con la costumbre; el ojo humano los ha vuelto paisaje y el paisaje no duele.

Estas palabras, escritas por el periodista Oscar Marino Bueno Espinosa, llegan al alma y la retuercen porque son ciertas. Los habitantes de la calle son parte del paisaje… O a lo mejor no.

Es curioso, pero convertirse en habitante de la calle también puede ser una adicción. A través de mis años de recuperación, he conocido algunos (ya integrados a la ‘vida normal’ que nos comparten los beneficios de la calle. “No pagamos impuestos, nos protegemos entre nosotros; si queremos comida o bañarnos, tenemos adónde acudir (Los Samaritanos, por ejemplo), no pasamos hambre, respetamos nuestros espacios; existe una sensación de libertad extraña. Tenemos nuestras propias reglas”.

Existen instituciones que los acogen si ellos quieren. La Fundación de Anadeiba Lasso es un ejemplo en Cali y Colombia. Muchas veces, las estaciones de la Policía los llevan a hogares de paso, generalmente nadie los maltrata. Ya de por sí, la ciudad los ha borrado del inventario y existen casos infrahumanos que no deberían existir. No todos los que duermen y habitan la calle han escogido este destino... En muchas ocasiones, los propios familiares los han ‘botado’, no pueden o no quieren vivir con ellos.

Es trágico pensar qué sucede cuando se enferman, ¿adónde acuden? ¿Quién les da una mano? ¿Algún puesto de salud les ayuda? Si mueren, ¿quien los entierra? ¿Existe alguna política al respecto? No sé hasta qué punto las autoridades tienen la obligación de protegerlos. Habitantes de la calle se encuentran en todas las ciudades del mundo, inclusive en los países que creemos son paraísos equitativos.

Estados Unidos, Suecia, Francia, España, Argentina, Ecuador, Alaska, por donde vaya y mire se encontrarán víctimas de las drogas que no tienen vuelta atrás, o víctimas del desempleo y la pobreza, de violencia intrafamiliar o víctimas de nada porque lo han escogido,

Para mí sigue siendo un misterio. Cada habitante de calle es un ser humano único. ¿Lo empujaron? ¿Lo decidió? ¿Quiere ayuda?

Recuerdo una terapista estupenda en uno de mis tratamientos para hacer frente al alcoholismo. Me compartió una vez que ella había sido habitante de la calle durante muchos años. Cómo amaba esa vida, esa sensación de libertad y cómo sufrió en su proceso de recuperación para detener esa adicción.

¿Son o no parte del paisaje? O esa es nuestra percepción. El tema es apasionante y complejo, y tiene mucha tela para cortar.

Percibo más hombres de calle que mujeres. Me refiero a Colombia.

La mayoría, adultos; pocos, ancianos; Casi ningún niño. Misterio total..Otra cosa son los metederos de bazuco y otras drogas. Ese es otro mundo. Muchos atrapados sin salida, otros logran la recuperación. Siempre habrá un camino; es saberlo encontrar.

Periodista. Directora de Colcultura y autora de dos libros. Escribe para El País desde 1964 no sólo como columnista, también es colaboradora esporádica con reportajes, crónicas.

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