Columnista
“Paz a ustedes”
Un buen cristiano tiene que ser un excelente ciudadano, y en este sentido, la paz del corazón que les da a los apóstoles al ver a su Jesús se hace también paz social.
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12 de abr de 2026, 01:18 a. m.
Actualizado el 12 de abr de 2026, 01:18 a. m.
Por Monseñor Luis Fernando Rodríguez Velásquez, arzobispo de Cali
En este fin de semana, cuando terminamos la octava de Pascua, Jesús resucitado se aparece en varias ocasiones a sus discípulos. En el texto de san Juan 20, 19 – 31, varios son los elementos importantes para tener en cuenta, de los cuales destaco algunos. En tres ocasiones Jesús les dice: “Paz a ustedes”. Sin duda que, ante la muerte de su maestro, de su líder, los discípulos habían perdido la paz. La confusión, el desconcierto y el miedo ante su partida estaban presentes. En el relato de la tumba vacía, se dice que cuando entró el discípulo amado en el sepulcro vacío, “vio y creyó”, pues “hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”. Por eso mismo, el primer don que habría de darles el Señor resucitado era la calma espiritual y la paz del corazón, que brotan de la certeza de verlo y tocarlo vivo, no como a un fantasma. San Pedro dirá que ellos habían sido testigos, pues “habían comido y bebido con Él después de la resurrección de los muertos”.
Pero esa certeza, para nosotros, requiere la fe. El mismo Jesús dirá a Santo Tomás que serán “bienaventurados los que crean sin haber visto”. También estaremos siendo llamados, como dirá el mismo apóstol san Pedro, “a amar a Jesucristo, sin haberlo visto, a creer en él sin contemplarlo todavía, y alcanzar la meta de la fe con gozo inefable y radiante”.
En los tiempos que vivimos, se vuelve urgente recuperar el auténtico sentido de la fe. Una fe que, al estilo de la primera comunidad cristiana, hace que sintamos que somos hermanos, nos ayudemos mutuamente, seamos capaces de ponerlo todo en común con sentido solidario y de perseverar en la oración con un mismo espíritu, para que muchos, viéndonos, se agreguen a la comunidad de los discípulos de Cristo y avancen por el camino de la salvación.
Es lo que podemos llamar una fe eficaz y eficiente que se concreta en la vivencia plena de los compromisos del bautismo. Un buen cristiano tiene que ser un excelente ciudadano, y en este sentido, la paz del corazón que les da a los apóstoles al ver a su Jesús se hace también paz social.
El saludo “paz a ustedes” debe resonar con toda su fuerza en estos tiempos de zozobra mundial y local. La paz de Cristo resucitado llegue a todos los líderes del mundo para que tomen las mejores decisiones orientadas a la preservación del bien común, que en la paz tiene su mayor expresión.
La muerte trae muerte; la guerra trae guerra. Este espiral de violencia, también en nuestros territorios, tiene que terminar. Por eso el llamado de la Iglesia, que en este caso es el mismo llamado de Jesús, es contundente: “Guarda la espada, pues el que a espada mata, a espada morirá”, dijo Jesús a Pedro en el huerto. De esta manera, esa palabra de Jesús a Pedro la traduce el Papa León XIV cuando nos hace el llamado a “una paz desarmada y desarmante”. En el Nombre del Señor, acojamos con esperanza el estilo de vida que nos propone Jesús, y acojamos desde lo profundo del alma el compromiso de ser artesanos de su paz en el mundo.
Otro mensaje de hoy, que el Papa San Juan Pablo II quiso institucionalizar en la liturgia, es que pongamos la mirada en la misericordia de Dios. Jesús mismo es la expresión máxima de la misericordia del Padre. Hoy es el domingo de la Divina Misericordia.
Que ante las múltiples formas como crecen las violaciones a la dignidad humana, los crímenes de guerra y los atentados contra la paz, en lo pequeño y en lo grande, seamos capaces de invocar la misericordia del Señor con sus dos efectos: la valentía para reconocer nuestras culpas y de pedir perdón por ellas, pero también la respuesta misericordiosa de Dios que nos repetirá muchas veces: “Yo te perdono, levántate y no peques más”.
Sentir cercana la misericordia divina tiene como efecto también el que logremos ser misericordiosos como el Señor, y por tanto, personas pacíficas que hacemos vida en nuestras vidas su saludo: “Paz a ustedes”.
Mensaje escrito por el Arzobispo de Cali y sus obispos auxiliares para los lectores de El País.
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