Volver a dibujar

Volver a dibujar

Mayo 05, 2019 - 11:45 p.m. Por: Paola Guevara

Entre las mejores charlas de la Feria del Libro de Bogotá, que concluye hoy, las de los ilustradores de libros y cuentos infantiles merecen capítulo aparte. Una de ellas fue la del dibujante argentino Gusti, una suerte de rockstar en el mundo de la ilustración, quien habló sobre la importancia de trazar, de colorear, de garabatear en cuadernos (que son grandes compañeros de viaje y antídotos contra la soledad).

Dibujar es un placer que muchos adultos abandonamos al crecer, para ocuparnos de cosas más áridas y aburridas, más cercanas al ceño fruncido y el estreñimiento espiritual.

Para Gusti, en cambio, dibujar es un ejercicio indispensable de conexión con el propio ser. Dibujar, dice, sirve para hacer amigos, para pensar, para resolver, para sentir cosquillas en el estómago, para ser feliz y hacer felices a otros, para sanar, para hacer sanar a otros, para decretar realidades esquivas. También para fracasar. Para entender que no siempre el plan que tienes en mente sale como esperas.

Cuando nació su hijo menor, con Síndrome de Down, Gusti deseó morir. Y fue justamente el dibujo su herramienta para recomponer el hilo roto de su relato familiar, y construir nuevos trazos que lo llevaron a crear el libro ‘Malko y papá’, un extraordinario diario ilustrado de su relación.
En esas páginas bellamente ilustradas se confiesa: “A veces con los hijos pasa como con el dibujo: no te sale como lo imaginabas. A un dibujo lo puedes romper, y volver a hacer. Lo puedes borrar. O hasta puedes retocarlo, mejorarlo a tu gusto, perfeccionarlo con el photoshop. Pero con el hijo, con el hijo de verdad... eso... no lo puedes hacer”.

‘Malko y papá’ fue ganador del prestigioso Bolognaragazzi Award en la Feria del Libro Infantil de Bolonia, Italia, en 2016.

Gusti ha creado revoluciones familiares a partir de entonces, al involucrar en talleres de dibujo a padres e hijos con Síndrome de Down que, al trazar y colorear juntos, crean lazos de comunicación diferentes a los de la palabra hablada y escrita que se nos ha vendido como la forma más elevada de comunicación, concepción radical quizá surgida de la megalomanía de quienes escriben y que desconoce otras formas de expresión igualmente esenciales y poderosas, como la gráfica, como la música, como la danza, como la fotografía y tantas otras.

Pensaba en el radicalismo de la frase “quien no sabe escribir no sabe pensar”, que invalida tantos relatos legítimos que existen para enriquecer nuestra interacción con el mundo.

Cuánto tendríamos que aprender, los que escribimos, de quienes dibujan, me iluminó el brillante ilustrador español Javier Zabala, también invitado especial a la Feria del Libro. Aprenderíamos de lo visual a describir mejor, a hacer más vívidos los colores y la luz sin tener que nombrarlos por la obviedad de su nombre, y hasta guardaríamos más silencio, y hasta admitiríamos como interlocutores válidos a todos los excluidos del verbo, a los que hablan el idioma del gesto, de la caricia, del beso.

Sigue en Twitter @PGPaolaGuevara

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