Bertolucci

Bertolucci

Noviembre 30, 2018 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

El cine es el arte de nuestro tiempo y Bertolucci su profeta.

Es el gran maestro de las imágenes cargadas de belleza para dar sentido a sus historias que son grandiosas y trágicas, crueles y refinadas, sobre los avatares del poder político o la búsqueda de un sentido de la vida. Esa fusión de la imagen con la historia es la esencia del cine, su idioma.

Como cuando en ‘El conformista’ (1970) basada en el libro de Alberto Moravia, Marcelo Clericci, un intelectual burgués convertido en un asesino fascista, quien cree haber matado en su niñez de un tiro a quien trato de violarlo, se lo encuentra de nuevo en una callejuela de París, seduciendo jovencitos, eternamente joven, como si el tiempo del vicio y del fascismo fueran eternos.

O como cuando en ‘El último tango en París’ (1972), Paul y Jeanne, él un viudo de mediana edad, ella una jovencita, se encuentran por accidente en un apartamento vacío en París y se aman en el piso como si fuera el final del mundo, sin conocer sus nombres, como dos extraños llevados por el instinto: el desamparo y el hastío en un encuentro brutal con la curiosidad y la inocencia.

O como cuando en ‘Novecento’ (1976), las vidas paralelas de Olmo Dalcó, el hijo del labriego y Alfredo Berlinghieri, el hijo del patrón, nacidos el mismo día al despertar del Siglo XX, arrastran por cincuenta años una amistad que no logra superar las diferencias de clase en las tempestades políticas de la Italia de ese tiempo. Las grandes estrellas de entonces Burt Lancaster, Gérard Depardieu, Donald Sutherland, Dominique Sanda, bella entre las bellas, protagonizan esa época decadente cuyas sedas y marfiles se lleva el viento del fascismo.

O como cuando en ‘El último Emperador’ (1987), Pu Yi, el emperador de China, convertido en jardinero por la revolución comunista entra al salón del trono de la Ciudad Prohibida y encuentra al saltamontes que encerró en un frasco cuando era el niño dios a cuyo alrededor giraba el universo.

O como cuando en el ‘Cielo protector’ (1990) Port y Kit Moresby se pierden en lo profundo del África negra, en el corazón del Sahara, cuyas arenas enrojecidas por el atardecer sofocante arden tanto como su insatisfacción de pareja neoyorkina perfecta, bella, rica, sofisticada. Él muere de fiebre tifoidea y ella encuentra sosiego en los brazos del jefe de la caravana que la rescata, irresistible, cuyos ojos como carbones encendidos brillan más que las dunas detrás de su túnica blanca, que esconde los secretos del placer más primitivo.

Medio siglo de imágenes espléndidas, de historias contadas a través de esas imágenes, en un nuevo lenguaje que es el de nuestro tiempo, el cual de algún modo perverso ocupa el espacio que antes tenía la literatura, donde con solo palabras había que imaginarlo todo. Ahora todo está allí: los personajes, su mundo recreado con un refinamiento desconocido, sus tragedias y sus ilusiones, recogidas en episodios y rostros que se fijan en la memoria pero que enriquecen la imaginación, porque nadie, sólo Bernardo Bertolucci, quien acaba de morir, pudo crearlos de esa manera.

La muerte de los grandes creadores es un episodio sin importancia. Aún contradictorio porque la clave de la muerte es la desaparición y cuando un gran artista muere vuelve a la actualidad toda su obra, para ratificar su permanencia, para poner en evidencia su frescura, para abrazarnos como el ardiente aire del desierto bajo un cielo protector.

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