Madeleine Albright, la indispensable

Marzo 25, 2022 - 11:40 p. m. 2022-03-25 Por: Muni Jensen

Su mirada era tan firme como su apretón de manos. La voz, inconfundible con un timbre de fortaleza y calidez. Madeleine Albright murió a los 84 años, dejando un vacío de sensatez en un mundo convulso, tan necesitado de su lógica, su experiencia y su perspectiva.

Por fortuna, su visión de un mundo en conflicto quedó plasmada en su última columna “Putin comete un gran error”, publicada en el New York Times hace un mes. En su escrito, recuerda su primer encuentro con el presidente ruso en el año 2000 como Secretaria de Estado.

Lo describió en ese momento en sus notas como “pálido y pequeño, tan frío que parece un reptil” y lo encontró obsesionado con restablecer la gloria de la Unión Soviética, ejemplo de su pavorosa claridad, sabiduría y experiencia.

Como estadista fue acertada y franca como pocos. Tras una vida llena de dificultades, hizo historia como Secretaria de Estado y dedicó su vida a los asuntos globales, como analista política, autora, profesora y funcionaria pública, y presidenta de su empresa. Ni ante sus clientes ni en altos cargos tuvo miedo a dar su opinión. Persistió en su compromiso con la democracia, y se dedicó a enseñarles a los americanos la importancia de entender el mundo y la política exterior. Su singular feminismo y su diálogo extrovertido hará falta en un mundo poblado por cabecillas sin inteligencia y liderazgos tribales y radicales, donde los que mandan miran solo hacia adentro, sin curiosidad ni contexto.

Tuve el gran privilegio de tener a Madeleine Albright como jefe durante los últimos ocho años en Washington, en la firma que lleva su nombre. Siempre me sorprendió la energía y la vitalidad que emanaba a pesar de ser una mujer diminuta y ya mayor. Eso y su capacidad de publicar tantos libros importantes en tan poco tiempo.

Varias veces la encontré caminando rápido al ascensor cargada de su maletín lleno de tareas de sus estudiantes de Georgetown en una mano, y una ensalada y un refresco en la otra. Conducía su carro y andaba sola, sin séquito. Su oficina, con ventana hacia el pasillo, era modesta y llena de luz. La sencillez de esta mujer de poder gigantesco contrasta con tantos funcionarios y jefes mucho menos importantes rodeados de arreos, asistentes, y vestiduras superficiales de poder. La Secretaria era distinta. Su grandeza estaba por dentro, su liderazgo se sentía en el aire, sus interacciones siempre fueron memorables.

En varias ocasiones me correspondió preparar y presentarle ‘briefings’ sobre Colombia, en el marco de algún homenaje o visita de alto nivel. Sus preguntas incisivas me ponían nerviosa, porque reflejaban su sabiduría y comprensión no solo de Colombia, sino del continente. Siempre orgullo del esfuerzo de ambos países en la construcción de una sólida relación bilateral, que señaló como uno de los mayores éxitos de la política exterior americana. Recordaba sonriendo sus paseos con Gabriel García Márquez en Cartagena, hablando de ‘El amor en los tiempos del cólera’.
Tal vez la interacción que más me queda en el corazón fue la última, en pleno verano y pandemia de 2021, en su casa de Georgetown, un encuentro pequeño donde tuve varios minutos para conversar sola con ella. Hablamos de Colombia con franqueza e inquietud, y compartió sus análisis y esperanzas. Preguntó en detalle por mi vida, por mis hijos, mi carrera y mis planes con el mismo dinamismo y energía, y escuchó con atención y curiosidad.

Entendí que la diplomacia, la inteligencia y la grandeza se llevan dentro, como los icónicos broches que siempre llevó en su solapa izquierda, cerca de su corazón.

Sigue en Twitter @Muni_Jensen

Lee todo el contenido de El País sin límites. Suscríbete aquí
VER COMENTARIOS