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Menos pantallas, más libros

Los libros digitales existen, y también la posibilidad de aprender casi cualquier cosa con un dispositivo en la mano. El problema aparece cuando el uso se concentra exclusivamente en lo recreativo: ahí la ecuación cambia.

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Paola Andrea Gómez.
Paola Andrea Gómez. | Foto: El País.

19 de abr de 2026, 12:34 a. m.

Actualizado el 19 de abr de 2026, 12:34 a. m.

Suecia decidió hacer algo que parecía impensable, dar un paso atrás en la digitalización educativa para poder avanzar. El país que lideró el uso de pantallas en las aulas ahora apuesta por el regreso al papel, con un paquete de medidas que le han dado la vuelta al mundo. Más de 100 millones de euros serán destinados a la compra de libros de texto para garantizar que cada estudiante tenga material impreso en todas las materias.

¿A qué se debió este giro en lo que parecía inexorable? A la caída en la comprensión lectora detectada en pruebas internacionales como PISA; a los informes que señalan que los estudiantes con menos exposición a pantallas rinden más que los digitalizados; al dato que indica que dos de cada tres estudiantes con un computador se distraen en clase. En consecuencia, para los menores de 6 años hay una eliminación total de dispositivos digitales y, en edades superiores, se prohíbe el uso de celulares durante la jornada escolar.

La evidencia científica también está detrás de esta decisión. Se ha identificado una pérdida en la motricidad fina desde los primeros años, que con el paso del tiempo se agudiza. Los estudios revelan, además, que escribir a mano activa redes de memoria, visión y procesamiento motor, algo que se está perdiendo con la digitalización.

El giro también responde a algo menos medible, pero igual de evidente: la distracción y la disminución de la capacidad de atención. Cada dispositivo abierto es una invitación a cambiar de foco, a quedarse poco tiempo en el aquí y el ahora; a navegar en un mundo invasivo y poderoso que ofrece, al mismo tiempo, fotografías en redes sociales, tendencias en TikTok, diálogos simultáneos por distintos canales, el gol, la canción, el meme, el chiste y decenas de frentes abiertos en lo digital que compiten con quien intenta emitir un mensaje de manera directa y presente. Todo ello impide sostener una idea, desarrollar un argumento, seguir un texto largo, profundizar.

Imagínense si a los adultos nos cuesta concentrarnos, qué puede ocurrir con quienes están en pleno desarrollo, inundados de cientos de mensajes que ofrecen, la mayoría de las veces, distracción. Imagínense si en Suecia están preocupados por las pruebas PISA, qué puede estar pasando con las nuestras. Colombia se ubica en el puesto 64 de 81 países evaluados y mantiene niveles por debajo del promedio de la Ocde en matemáticas, lectura y ciencias: la mitad de los estudiantes no logra identificar la idea principal de un texto y solo dos de cada diez alcanzan niveles altos de pensamiento creativo.

Conviene, claramente, evitar la satanización de la digitalización, sobre todo cuando persisten brechas que deben cerrarse para ampliar oportunidades y derechos. Los libros digitales existen, y también la posibilidad de aprender casi cualquier cosa con un dispositivo en la mano. El problema aparece cuando el uso se concentra exclusivamente en lo recreativo: ahí la ecuación cambia.

Leer un texto impreso impone un ritmo distinto. Exige detenerse, avanzar sin saltos, retomar líneas pasadas, subrayar, construir ideas de manera progresiva. Escribir a mano obliga a procesar, seleccionar, organizar el pensamiento. Son habilidades lentas, pero fundamentales. En un entorno dominado por la inmediatez, esa lentitud es una aliada del aprendizaje por todo lo que implica. El asunto está en darle el uso correcto a la tecnología, no en desaparecerla.

Entonces, volver a los libros, más que un gesto nostálgico, es una necesidad pedagógica. Porque entre tantas pantallas, el verdadero riesgo no está en perder información, sino en la cada vez más ausente capacidad de comprenderla. @pagope

Comunicadora Social - Periodista y Docente de la Universidad Autónoma de Occidente. Caleñísima. Con 26 años de experiencia en una sala de redacción. Entiende el periodismo como una pasión, pero sobre todo, como una manera de transformar y servir a la sociedad. Ciudad, paz, género y niñez, los temas que le apasionan.

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