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El cuarto mago

Enero 06, 2021 - 11:50 p. m. Por: Medardo Arias Satizábal

“Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén” (Mateo 2,1).

“… he aquí la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.”
(Mateo 2,9).

La literatura como el cine ha dado espacio a un mito que por estos días sobrevive: la existencia de un cuarto Rey Mago cuyo nombre era Taor o Artabán, el mismo que se perdió en el camino a Belén y no propiamente por dejar de seguir la estrella, sino por su espíritu caritativo que lo llevó a demorarse en el camino con múltiples actos de caridad.

La fiesta de Reyes no es tan importante aquí como en el Caribe y España.
En Puerto Rico se organizan desfiles a caballo por los pueblos, tradición otro día muy fuerte en Cuba. A los niños se les deja pasto picado debajo de las camas, para esperar a los camellos, los mismos que traen sorpresas. Al igual que en España, si los infantes han tenido buen comportamiento, encuentran dulces y otras golosinas en una media que se cuelga en puertas y ventanas. Por el contrario, si se han portado mal en el año anterior, los reyes magos dejan ahí carbón, el mismo que en España ha sido trocado por chocolate en forma de este mineral. Una señal de todos modos.

En México es también una celebración importante y se recuerda en romances con trazas de español antiguo:

“Si fuera rey de tierra, el oro querrá;/ si omne mortal, la mirra tomará;/ si rey celestial estos dos deixará/ y tomará el incienso, que le pertenecerá”.

Uno de los autores que contribuyó al mito del cuarto Rey Mago, fue Henry Van Dike. La idea de un monarca que llega a Belén cuando ya la sagrada familia no está en el portal, no deja de ser una simpática ocurrencia.

Para entender mejor la procedencia y el homenaje de los reyes al Mesías, es importante leer la novela ‘Gaspar, Melchor y Baltazar’, de Michel Tournier, quien también se recrea en la posible existencia de ese cuarto viajero a quien llama Taor, rey de Bangalor. O sea, este monarca impuntual partió de India y tenía una similitud con Siddharta Gautama, Buda: amaba comer. Buda, que fue príncipe, decidió un día ser el más humilde de los mortales y extendió la mano en los caminos. No obstante, murió de indigestión.

Tournier describe a Taor como un rey glotón que se hace al camino no en soledad, sino con toda su corte y con las alforjas cargadas de dulces de todo tipo. 

Su decepción es tal al encontrar el portal vacío, que promueve un gran convite para los infantes que encuentra en el camino, con naranjas cristalizadas, pasteles y mazapanes.

Al cuarto rey mago se le conoce también como Artabán. Se dice que a diferencia de las ofrendas de los otros reyes -incienso, mirra y oro- llevaba piedras preciosas para Jesús; diamantes, jades y rubíes. Se retrasó por cuidar a un anciano enfermo. Cuando llegó a las puertas de Belén, ya José, María y Jesús habían huido a Egipto para salvarse de la persecución de Herodes. Fue preso por el ejército romano y condenado a 30 años de prisión.

Después de cumplir pena pudo estar en el Gólgota o Monte de la Calavera y presenció la muerte de Jesús. Poco antes, pagó con su último rubí la libertad de una mujer que iba a ser vendida como esclava. Con el temblor de tierra que produjo la muerte del hijo de Dios, una piedra le cayó en la cabeza y lo descalabró.

En lo que respecta a Taor, tuvo un final agridulce. Después ser el rey del mazapán, en la búsqueda de Jesús su elefante entró al Mar Muerto, donde se convirtió en estatua de sal. No obstante, sobrevivió y logró llegar a la Última Cena, cuando ya los apóstoles habían escanciado el vino y probado el pan. Según el relato Non Sancto, alcanzó a tomar algo de lo que quedaba en la mesa. O sea, comulgó sin saberlo y luego expiró.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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