Acuyuyé
Sin duda, con Pacheco acaba de irse uno de los mayores símbolos de la música afroamericana.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

18 de feb de 2021, 10:37 a. m.
Actualizado el 18 de may de 2023, 06:49 a. m.
En 1942 el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo tenía un control total de una de las primeras tierras que avistó Colón en este lado del mundo. No solo era propietario de haciendas, naves y tropas, sino también de las mujeres de sus ministros y aliados que temían morir cada día si sus consortes no accedían a sus caprichos sexuales.
Su hija Flor de Oro contrajo nupcias con Porfirio Rubirosa, un oscuro subalterno del régimen, militar de bajo rango, quien gracias a esta boda fue nombrado Embajador en Francia donde inició una escandalosa carrera como ‘playboy’.
Trujillo era mulato; en algún momento de su historia familiar un haitiano había pasado a hacer parte de su genética y, así lo colige Mario Vargas Llosa en su novela ‘La fiesta del chivo’, ese era el motivo principal por el que “odiaba a los negros” y protagonizó una de las más sonadas masacres de la historia: hizo pasar a machete a más de cinco mil haitianos en la frontera dulce entre las dos repúblicas.
Entre fiestas y condumios, Trujillo pulía a diario su imagen de ‘hombre blanco’ e imitaba a los mariscales y generales europeos: lucía capa castrense, y todos los galones y medallas que podían caber en su chaqueta, por lo que secretamente lo apodaban ‘Chapitas’. Cultivaba sin pudor una adhesión cipayesca con los Estados Unidos y se granjeaba, arrastrándose por las alfombras del Palacio del Pardo, el saludo del Generalísimo Franco.
Rafael Azarías Pacheco, clarinetista y director de orquesta, conoció de cerca la personalidad del chafarote. Era invitado frecuente a las fiestas donde Trujillo soltaba sus lobos para saber cuáles eran las doncellas propicias para su noche, y por supuesto supo de las hermanas Mirabal, las mismas que se negaron a compartir el lecho con el suegro de Rubirosa y encontraron la muerte.
En asuntos musicales, Trujillo tenía un gusto definido: amaba el merengue campesino, el de la región del Cibao, y el clarinete de Pacheco venía preciso a su imaginación de amo y señor de una nación que sentía como finca propia; tal fue su obstinación, que la capital, Santo Domingo, pasó a llamarse Ciudad Trujillo.
Por supuesto, una canción de Ángel Viloria, parecía cantar sus oscuras andanzas y olímpica impunidad: “Al oscuro metí la mano/ al oscuro metí los pies/ al oscuro hice mil líos/ al oscuro los desaté…”.
Sin güira, clarinete y tambora, no hay merengue. Juan, el hijo de Rafael Azarías, creció en medio de las más terribles consejas que venían del Palacio Nacional. Músico también, devoto de la flauta, decidió un día hacer el viaje que muchos dominicanos anhelaban. Llegó a Nueva York, la misma ciudad que alentaba un barrio antillano en el corazón de Manhattan: Quisqueya Heights, y desde ahí se alió con los más reconocidos músicos latinos con los que conformó, junto a Jerry Masucci, las Estrellas de Fania. Unió a Cuba, Puerto Rico, República Dominicana y Estados Unidos en un solo ritmo: salsa, con la contribución de un compatriota, el productor Ralph Mercado.
Lo que vino luego fue historia, pues Juan Azarías, ahora Johnny Pacheco, invitó a Celia Cruz, la voz mayor de la Sonora Matancera, y montó con ella parte de las melodías más célebres de esta orquesta cubana, como ‘Sopita en botella’, ‘Yerbero Moderno’ y ‘Besito de Coco’. No cabía duda, Pacheco, además de brillante flautista, era arreglista y compositor, y sabía cantarle al pasado ahora bajo el sello ‘salsa’. La unión ‘Celia & Johnny’ recuperó los viejos coros nasales de Caíto y Laíto en La Habana de los 40 e instaló en Nueva York, esa ciudad ávida de paraísos musicales, una nueva sonoridad. El Carnegie Hall, Yankee Stadium y Madison Square Garden, no fueron ajenos a esa nueva revolución. El debut de Fania en el Yankee Stadium fue comparado con la llegada de los Beatles a Nueva York; el concierto debió ser suspendido, pues la multitud cruzó la barrera de seguridad y penetró en el diamante, mientras los músicos corrían por la grama. Arrancaron sus camisas, robaron instrumentos y alzaron a Masucci en hombros.
Sin duda, con Pacheco acaba de irse uno de los mayores símbolos de la música afroamericana.
Sigue en Twitter @cabomarzo

Directora de El País, estudió comunicación social y periodismo en la Pontificia Universidad Javeriana. Está vinculada al diario EL País desde 1992 primero como periodista política, luego como editora internacional y durante cerca de 20 años como editora de Opinión. Desde agosto de 2023 es la directora de El País.
6024455000