Los enemigos agazapados

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Los enemigos agazapados

Mayo 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

En la ceremonia de despedida de Otto Morales, otro patriarca que se nos va, con su generosidad, con su humanidad, con su lucidez, con su vitalidad, con su cascada verbal, con su carcajada, pensé en sus palabras anticipatorias hace ya más de treinta años. Fue él quien como Comisionado de Paz en el gobierno de Belisario Betancur en el primer intento que ha habido en Colombia por lograr un acuerdo de paz con la guerrilla de las Farc advirtió sobre los enemigos agazapados de la paz. Hablaba de ellos porque los había padecido en su hipocresía, en su falsedad. Aquellos que permanecen allí atrincherados esperando el momento para dar el zarpazo, dispuestos a destruir, a demoler, a tirar la piedra y esconder la mano.Desde el intento de paz de Belisario Betancur, los enemigos agazapados han encontrado eco o se confunden entre los uniformes y las charreteras. Están allí entre las filas o pertenecen a sectores del poder que se han lucrado de un status quo que no piensan dejar modificar dispuestos a sabotear soterradamente el avance de cualquier entendimiento que no sea en el campo de batalla. En el caso de las Fuerzas militares el tema es complicado porque además de contar con el control legal del uso de las armas están sometidos a la prohibición explícita de la libertad de palabra y opinión, conocida como la beligerancia que en plata blanca significa imposibilidad para expresar sus puntos de vista, para debatir o cuestionar cualquier instrucción que reciban de la cúpula. Los uniformados conocedores de la realidad del territorio nacional permanecen silenciados, aprisionados en una verticalidad impuesta, obligados a obedecer muchas veces sin convicción, sin espacio para expresar dudas o miedos, sin alternativa distinta a rumiar su malestar en los cuarteles y a envenenarse de rabia contra ese enemigo que solo conciben aniquilado a punta de plomo.La ausencia de posibilidades para expresar inconformidades lleva a construir caminos perversos para obstaculizar salidas en escenarios distintos al de la confrontación armada. El alma militar, por definición belicista y básica solo encuentra en la fuerza la solución de los problemas y está hecha para entender el mundo así. No lo concibe sin armas.Las décadas de zozobra, amenazantes, han ido formando un secretismo y una complicidad alrededor del espíritu belicista que ha llevado a que nadie se atreva a señalar responsabilidades en un accionar, muchas veces inconveniente para el conjunto de la sociedad.Hace treinta años Otto Morales Benítez se atrevió a hablar. El 31 de mayo de 1983 en una carta al presidente Belisario Betancur renunció a la Comisión de Paz creada para buscar una salida negociada con las Farc. Fue en ese mensaje epistolar en el que dijo abiertamente que “los enemigos de la paz están agazapados por dentro y por fuera del gobierno” y “esas fuerzas reaccionarias en otras épocas lucharon como hoy contra la paz y no van a permitir que esta se firme”. Morales sindicaba al militarismo que no solo ronda a los que visten uniforme de impedir el diálogo con la guerrilla y confirmaba que existía un complot contra el proceso de apertura democrática abierto por Betancur. El mismo que 30 años después está empeñado en impedir que las conversaciones de La Habana lleguen a buen puerto. Poco ha cambiado querido Otto.

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