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La soberbia de un manso

Septiembre 09, 2021 - 11:50 p. m. 2021-09-09 Por: María Elvira Bonilla

La soberbia de un manso
Su apariencia es conciliadora, suave, casi mansa. Pero detrás de esa fachada aparece un gobernante terco, soberbio, llevado de su parecer, que escucha poco y cambia de opinión en solitario produciendo mensajes erráticos y confundidores hasta para sus subalternos. Sin estridencias va remando sin hacer oleaje, con nadadito de perro como se decía en el pasado; sin frentear, sin dar la cara mueve fichas en contravía al discurso oficial, sumido en las mañas de un país atrapado en un pasado de donde él no pretende sacarlo.

Este es Iván Duque, cómodo, con sus reflejos turbayistas: hagámonos pasito o reduzcamos la corrupción a sus justas proporciones, arropado en la politiquería y el amiguismo sin talanqueras. Cualquier cosa menos cambiar y mientras tanto, el tiempo pasa y el país ve erosionar las instituciones y con más fuerza se sume en el socavón del pesimismo, de la desesperanza -lo gritan las últimas encuestas- nadie cree en nada ni en nadie; y el Presidente con un desfavorable del 80% cree que la opinión pública no cuenta. Simplemente la ignora y sigue para adelante como buen soberbio, haciendo caso omiso de los hechos.

Por esto y de manera olímpica, por no decir displicente, premió al Ministro que incendió el país, Alberto Carrasquilla -que con su sobradez tecnocrática cautivó al Presidente y acabó mandándole al abismo político-; lo colocó precisamente en el puesto desde donde puede volver a pontificar, el Banco de la República, después de haber sido derrotado en su aspiración a la gerencia. Carrasquilla es un cara dura a quien le rueda el haber estado en el centro de la protesta con país restregándole su prepotencia y errores. Ni a Duque ni a Carrasquilla les importa el costo de un puerto como el de Buenaventura aislado dos meses, ni las ciudades sitiadas, ni los jóvenes vociferantes pidiendo unas reformas justas. La respuesta: presentar un Conpes de Juventud. Suena a mal chiste.

Porque si en algo es experto Duque es no perder una sola oportunidad a la hora de nombrar a sus amigotes o aliados incondicionales, en aquellos puestos claves, que debían ser por encima de todo independientes. Su obsesión es escoger quien no le hagan sombra, con un único propósito: blindarse.

Así colocó en la Fiscalía a su compañero de universidad, Francisco Barbosa, ajeno como ningún otro a la práctica del derecho. La desaprobación ciudadana alcanza topes. Igual sucedió en la Defensoría del Pueblo, donde el Presidente empujó vía y gracias a sus mayorías en la Cámara, a un neófito como Carlos Camargo, amigote de Córdoba. Y su condiscípula del colegio Paola Meneses, desconocedora del Derecho Constitucional a quien logró colar como magistrada de la corte de cortes, la Constitucional, por encima de valiosísimos juristas que aspiraban al cargo.

Con Felipe Córdoba en la Contraloría tiene otro aliado y ni que decir de Margarita Cabello a quien pasó del Ministerio de Justicia a ser su candidata triunfante en la Procuraduría. Y para completar, aunó esfuerzos con sus mayorías parlamentarias, para asegurar sendas megarreformas para transformar ambas instituciones en costosísimos monstruos burocráticos que marcan niveles record de desprestigio. Y ahí va el Presidente con el sol a las espaldas, dejando a su paso un país sombrío, pero sobre todo desesperanzado. ¡Ese poder, para qué!

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