Cafarnaúm

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Cafarnaúm

Noviembre 14, 2019 - 11:35 p. m. Por: Liliane de Levy

Después de ver la película ‘Cafarnaúm’ de Nadine Labaki nos dimos cuenta que Líbano no es la Suiza del Medio Oriente. La triste historia de un niño maltratado por sus padres y la vida y la terrible miseria de su entorno nos hizo llorar. Aparentemente Líbano es hoy en día un Cafarnaúm y los libaneses ya no lo soportan. El 17 de octubre pasado salieron espontáneamente a la calle para gritar su resentimiento contra sus dirigentes que acusan de corrupción extrema y exigir que se fueran. Las manifestaciones masivas se riegan por todo el país y suman 1,5 millón de personas; un número impresionante tratándose de una población de menos de 5 millones. Encabezadas por jóvenes y mujeres -se consideran las principales víctimas- buscan cambiarlo todo al sistema confesional que los gobierna.

Para comprender tan fulgurante levantamiento -no esperado ni sospechado- toca hacer un poco de historia. Desde su independencia de un mandato francés en 1943 Líbano se rige por un ‘pacto’ tácito, social y confesional que divide los poderes del país entre las tres comunidades religiosas dominantes y hace que el presidente sea un cristiano maronita, el jefe del gobierno un musulmán sunita y el jefe del Parlamento un musulmán chiita. Aunque sus relaciones no siempre fueron armoniosas y desembocaron en una sangrienta guerra civil -eminentemente religiosa- entre 1975 y 1990, que arrojó unos 140 mil muertos y 17 mil desaparecidos. Una guerra salvaje que traumatizó a los libaneses y desde que terminó con el armisticio de Taef (consolidó el sistema confesional) tratan de evitar su repetición a toda costa, soportándolo todo. Sin embargo protestaron cuando en el año 2005 fue asesinado su primer ministro Rafiq Hariri y obligaron la retirada del ocupante sirio sospechoso de haber perpetrado el crimen.

La resignación del pueblo libanés paralizado por el espectro de otra guerra civil permitió que los mismos dirigentes y representantes de las grandes familias de las diferentes comunidades religiosas se perpetuaran en el poder y que la corrupción se expandiera. Hasta hace un mes cuando de repente la cólera contenida durante décadas explotó estruendosamente por un motivo (o un pretexto) insignificante: el cobro de impuestos menores sobre el uso de WhatsApp (normalmente gratuito) y otros. Convocado por las redes sociales el pueblo salió a la calle a protestar, acusar y reclamar. En su mayoría jóvenes que no conocieron el horror de la guerra civil o menos jóvenes que sí la conocieron pero después de tanto aguantar y sufrir se liberaron de su trauma y decidieron atreverse a exigir mejor vida.

¿De qué se quejan? De las desigualdades económicas, del desempleo, de los impuestos que consideran injustos, de la pésima recolección de la basura que inunda al país, del difícil acceso al agua, al servicio eléctrico, a la educación, a la medicina, a las playas privatizadas, de la ineptitud del Estado para asistir al pueblo en caso de una emergencia como sucedió hace poco con el gobierno impotente mientras los incendios devoraban bosques enteros teniendo en sus hangares aviones Canadair para apagarlos pero inutilizables por falta de mantenimiento. ¿Ahora qué piden? Unión, enarbolando la bandera libanesa y sin reclamarse de ningún partido o religión, acabar con el sistema confesional corrupto y divisivo, desbancar -sin excepción- a todos los dirigentes actuales (con el slogan ‘Kellon, yaani kellon’ que traduce ‘todos, es decir todos’). Incluyendo a los miembros del Partido Hezbollah chiita, es decir igualmente religioso y con el agravante de ser financiado por el extranjero Irán y catalogado terrorista por muchos países del mundo.

En el proceso el primer ministro Saad Hariri renunció mientras el presidente Michel Aoun enfrenta duras críticas por declarar que quienes no confían en los políticos libaneses pueden ‘emigrar’. Terminó juzgado desdeñoso e inaceptable en el ambiente actual y puede obligarlo a ceder su silla.

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