Columnistas
La luz de la ceguedad
La obra recoge la historia de un ejército ruso, año 1045, enviado en guerra hacia un imperio que entonces existía entre los pueblos eslavos de Bulgaria.
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1 de may de 2026, 01:57 a. m.
Actualizado el 1 de may de 2026, 01:57 a. m.
Hace unos días estuve en el lanzamiento del libro de un escritor mexicano de nombre David Toscana, ganador del último premio Alfaguara, cuyo título habla de situaciones amargas y crueles que descubren, hasta un punto increíble, el desempeño histórico, negativo y cruel del hombre en su propia historia: ‘El ejército ciego’ se titula esa obra.
No es una novela histórica, sino un conjunto de historias vinculadas a la ceguera, producto de la capacidad del hombre de causar un daño irreparable y cruel a los mismos hombres. Había tenido lugar la batalla de Klyuch. El emperador bizantino era Basilio y el emperador ruso lo era Samuel.
La obra recoge la historia de un ejército ruso, año 1045, enviado en guerra hacia un imperio que entonces existía entre los pueblos eslavos de Bulgaria. Fueron quince mil hombres rusos los enviados a someter a una derrota a los búlgaros, convertidos en un imperio levantisco, contra la tradición de los rusos. O sea que se trataba de buscar la victoria que debía ser parte del vasto territorio del emperador ruso. Los quince mil hombres rusos marcharon. Pero sin mucho esfuerzo fueron derrotados por los búlgaros. Todos juntos.
Entonces, haciendo gala los búlgaros de su poderío, el Emperador Basilio ordenó que no los mataran, pero sí que les sacaran los ojos, a todos, menos a unos (cada cien) a los que debían dejar tuertos para que los condujeran por el largo camino de regreso hasta aquella Rusia gigantesca pero incipiente.
La obra de Toscana es surtida. Usa la metáfora y un desprecio de la época por el dolor de los quince mil hombres, a los que se iban sumando muchos otros, entre ellos los de las escuelas sacaojos, que se cultivaban con cierto esmero. Era común que el enemigo poderoso pensara en sacarle los ojos al que lo traicionaba o tenía cara de traidor.
Sí, fue común que los ciegos que perdían el color y la luz trataran de medírsele a la poesía y a la música.
Veamos una cita de Toscana: “Muchos ojos se perdieron, sobre todo al principio, cuando todo se hacía sin orden ni método.
“Rodaban por el suelo polvoroso del hipódromo, y no faltaron perros en espera de un bocado. La gente de Basilio tardó cerca de quinientos ciegos en formalizar dos prácticas. En la primera, se le pedía al ciego que abriera las manos. Le ponían en cada una el ojo izquierdo y derecho todavía palpitantes. Un hombre llamado Bronimir tomó sus ojos con las yemas de los dedos y alargó los brazos, apuntándolos aquí y allá donde oyera voces en griego: los veo muy bien, ¡Malditos!, y puedo ver su muerte...”
Discurren atrocidades de aquella época en la que podía preguntarse alguien si la ceguera daba aliciente a la música y la poesía. Se había perdido la belleza y, por supuesto, el amor.
El tema, desde luego, tiene otras aristas y recuerdos. El ciego más famoso lo fue Homero, de aquella lejana Grecia. El que logró inicialmente soltar de memoria la belleza ínsita de las narrativas, de sus personajes, de sus pensamientos abruptos de la guerra o las hilachas de amores que se fueron creando aun entre dioses y hombres. Zeus se enamoró de un mancebo y lo raptó. Era Ganímedes, al cual, sin pasar por el engorroso detalle de la muerte, convirtió en el escanciador de los dioses.
Pero quizás el más notorio fue Tiresias, ciego que podía advertir el futuro. Perdió la vista porque se atrevió a mirar como un voyerista cualquiera a la diosa Afrodita, cuando desnuda se bañaba en el río Kios. Fue entonces Tiresias el que advirtió que Edipo, quien había vencido a su propio padre Layo por marcas del destino, y ocupó el trono y casó con la viuda, que era su propia madre, con la que tuvo además familia, estaba soportando una maldición. Cuando Tiresias fue y contó la historia, Edipo, en la más horrible tragedia griega, se arrancó de raíces sus ojos y salió a recorrer el mundo en una penitencia en la que lo único que le compensaba en su tragedia era Antígona, su hija. Todo, podría pensarse, viene del sentido trágico de la vida de los griegos. Y de la ceguera que sigue guiando al hombre en sus diarios arrebatos.

ha desempeñado puestos públicos como juez del Circuito, Conjuez del Tribunal de Cali, Secretario de Gobierno de Cali y alcalde encargado, embajador de Colombia en Polonia y en la ONU. Ha sido delegado a varias conferencias internacionales como la OIT en Ginebra
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