Nuestras dos Marías

Nuestras dos Marías

Septiembre 16, 2014 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

A pesar de que nadie puede establecer las escalas del sufrimiento, creo que ni las peores torturas aplicadas al cuerpo se pueden comparar al mazazo en el corazón que significa la pérdida de un hijo o de una hija, y más cuando su edad es la flor que apunta a un destino lleno de gracias, cuando la vida está ad portas de cumplir la promesa, por la que se trabajó como corresponde, porque a la vida hay que ayudarla para que cumpla.Aquí donde me ven, con mi vertical esqueleto, tuve mi martillazo de crucifixión, del que sobreviví recuperando hasta la sonrisa pero no el alma. En estos días leí la declaración de uno de esos múltiples asesinos que se ha permitido la triste historia de este país, el liberado Popeye, que me pareció revestida de la más cruda y patética poesía: “Puedo dormir tranquilo porque tengo muerta el alma”. Cuando me dijeron que mi niña de 13 se había ido en una carretera contra un barranco, desapareció el piso sobre el que mis pasos se sostenían y todas las cosas que me rodeaban perdieron forma y color. El sol y la luna dejaron de tener sentido, perdió su importancia la trascendencia y casi que el sabor las comidas. María de las Estrellas era la hechura de mis manos y mis desvelos, era ya considerada un prodigio pero, celosa o encantada, la muerte niña vino por ella. Desde entonces navego por instrumentos, contando con que la vida -¿o sería ella?- me dio la oportunidad de armar una nueva estructura amorosa que me ha permitido justificar el respiro con una felicidad que a pesar de lo inmensa podría ser sólo aparente. Porque ¡ay mi niña!, si no me volví humo contigo fue para que mi capacidad de evocación te mantuviera viva en mi mente y para contar tu historia. Han pasado 33 años y cada día parpadeo 33 veces ante tu foto, como ante la de aquel otro niño fantástico, Luis Ernesto, el hijastro del monje loco.La semana pasada se me revivió la fatal vivencia mortuoria al llegarme la noticia de que Ana María, la hija del más grande amigo de lo que fuera mi alma, de Armando Holguín Sarria, y de Norma, su noble y valiente esposa, se les ha ido luego de pasar por una mesa de cirugía. Cuando habiendo aparentemente ya superado todo peligro, ese día saldría de la clínica. No sabía ni cómo telefonearles ni qué decirles. Me acordaba de todos esos presuntos consuelos de los amigos, sofismas llenos de bondad, como ese de que “los preferidos de los dioses mueren jóvenes”, que me hacía rabiar más contra los dioses por inhumanos.La bella Ana María, la que a su paso convertía en amor la casa, cuya sonrisa a la mesa era la gloria y la salud de los suyos, es ahora un registro en el camposanto. Armando y Norma, en medio de vuestro dolor infinito, lo único que puedo contarles después de haber pasado similar experiencia, es que el alma inmortal de mi niña me enderezó la vida. Con seguridad que ella hará con ustedes lo propio. Pensando con mis lágrimas en ustedes, me he sentado a repasar aforismo de mis maestros, y me encuentro un par que les quiero mandar en forma de ramo. El primero es de Cioran, de un texto titulado Ella no era de aquí, y el otro de Poe, de Lenore. “Quien supiera descifrar los rostros podría haber leído fácilmente en el suyo que no estaba condenado a durar, que la pesadilla de los años le sería ahorrada. Parecía, viva, tan poco cómplice de la vida, que uno no podía mirarla sin pensar que nunca más la volvería a ver. El adiós era la ley de su naturaleza, el signo de su predestinación y de su paso por la Tierra: de ahí que lo utilizase como un nimbo, en absoluto por discreción, sino por solidaridad con lo invisible”.“¡Venid! Leed el oficio de difuntos. Un himno para la regia muerta que muriera tan joven. Un canto fúnebre para ella, dos veces muerta por morir tan joven”.

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