Escritores pesimistas

Los escritores pesimistas resultan por lo general pésimos escritores, casi peores que...

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12 de may de 2015, 12:00 a. m.

Actualizado el 19 de abr de 2023, 11:35 p. m.

Los escritores pesimistas resultan por lo general pésimos escritores, casi peores que los escritores optimistas. Los unos atestiguan que vivimos en el peor de los mundos posibles, los otros que en el mejor. Leibniz, de los segundos, planteaba su teoría de que “el Ser perfecto, en virtud de su perfección misma, debe crear el mejor de los mundos posibles, por lo cual se entiende aquel mundo que contiene el máximo de realidad, el máximo de esencia”. Schopenhauer, de los primeros, expresaba por el contrario que estábamos en el peor de los mundos posibles, por cuanto ni siquiera tenía existencia propia siendo tan sólo maya, representación. Voltaire, soportándose en su Cándido, o el optimismo, había aprovechado para burlarse de la candorosa apuesta del alemán filósofo, y lógico y matemático, por demás declarado “el último genio universal”. Concepto que no soporta otro genio, y menos si es posterior.Esta última risa de alto voltaje, bastante consistente y desacompasada, dio pie para que mi generación, que se tomó la vocería del fin de los tiempos, escogiera como sus guías a los escritores más desasidos y deshechos de las literaturas antiguas y contemporáneas, de Job a Diógenes a través de Laercio, Celine, Celan y Cioran. Y echara por la borda a todo aquel que propusiera oportunidades de salvación.Habíamos encontrado mal hecho el mundo y nos propusimos acabárnoslo de tirar. La consigna era negarlo todo, el lugar que ocupábamos en el aire, el deleznable escenario construido por nuestros mayores. Para eso contábamos con el fuego de la palabra atizado por el viento paráclito. En algo nos daba la razón el existencialismo de media negras desestabilizador del futuro desde las cavas de Saint Germain. Y el teatro del absurdo de Ionesco y Beckett. Después de una guerra atómica era poca la esperanza para los vencidos y aun para los vencedores, mientras siguiera gravitando la bomba en la órbita de la guerra fría. Bertolt Bredcht había sentenciado: optimista es aquel que todavía no ha recibido la terrible noticia.Tiempos atrás un ocioso profesor me había dado a leer el primer libro que pertenecía a la categoría de lo que ahora se agrupa como de superación personal, Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie. Desde las primeras páginas me fui ensanchando de complacientes amigotes que por el sólo privilegio de andar conmigo y escuchar mis aforismos pagaban mis consumiciones. Me largué para Bogotá, donde muy pronto mis nuevos aliados me convencieron que no era el más deseable el camino del triunfo que podía conllevar el de la riqueza, porque en él estaba implícita una injusticia contra el mundo de los demás pues cada ganancia implicaba un despojo. Además para qué, si este mundo se iba a acabar, no era sino que mirara los ríos y aspirara el tufo del aire. Echara un vistazo a las inicuas inequidades y me detuviera en la violencia que no acababa.Me recibieron con un libro de Jules Renard, El hombre y la vida, entre cuyos premoniciones encontré ésta: “Eso malo que tú esperas no sucederá. Sucederá algo peor”. Subrayé la frase con lápiz rojo y exclamé: “Éste es el mío. Cómo no lo había descubierto antes”. La novia jovencita que levanté en la biblioteca me ofreció en cambio los libros de superación personal que le había recomendado el swami que la desestresaba a punta de yoga, comenzando por Así hablaba Zarathustra, del que sabemos.Pasaron 50 años y los ríos seguían siendo los mismos ríos y el aire el mismo aire, incluso un poco más purificados. El mundo no se acababa y, antes bien, se repoblaba con nuestros hijos, unas verdaderas láminas los benditos. Aprovecho para declarar que, después de todo, Colombia merece alcanzar la paz.

Miembro fundador del movimiento nadaísta. Ganador de tres premios nacionales de poesía y uno internacional. Fue Secretario de Cultura de Cundinamarca. Recibió la medalla del Congreso en el grado de Comendador. Es columnista de El Tiempo desde 1990 y de El País desde 1998.

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