De San Nicolás a Santa Librada

Noviembre 28, 2022 - 11:50 p. m. 2022-11-28 Por: Jotamario Arbeláez

Cuando escribo estos recuerdos de mi vida no es porque crea que al mundo le interesa mi biografía, sino para mantener vivos los sitios del pasado con el ejercicio de la memoria, que según me decía sin convencerme el contertulio de un bar, “es la facultad de olvidar”. Me quedó sonando la frase y quise dedicarme a hacer otras por el estilo. Como ésta: “Amar es poder”, que me llegó ayer sin querer.

Ingresé a primero de primaria en la escuela de San Nicolás, que propiamente se llamaba República de México, tal vez porque la embajada de ese país en parte la financiaba. Me correspondió el primer grado con el señor Antonio Reina, quien me enseñó a sumar y restar y leer y escribir de un guascazo. O sea que a él se lo debo todo. Muchos años después, cuando estaba abandonando el ateísmo infantil adquirido por la lectura de un librillo llamado ‘La religión al alcance de todos’, le dediqué el poema ‘El hijo del Señor, reina’, que tenía que ver con la referencia de su inolvidable enseñanza y con la esperada segunda venida de Cristo, que el médico homeopático Luis Rosales Irama, buen liberal amigo de mi papá, me había inculcado tal vez en broma, pero lo tomé más que en serio, que se operaria en nuestro barrio.

Días pasados que estuve en Cali lanzando el libro con los poemas de mi vida se me acercó un señor con cara de músico y me dijo que era Ernei, el hijo del señor Reina y me entregó de regalo un CD con canciones de su invención e interpretación, donde campea lo regional amoroso con una magnífica voz, con la que incluso recrea el ‘Prisma de ilusión’ de Agustín Lara. Y entona un hermoso ‘Santa Librada’, donde también estudió, establecimiento que en vísperas de su segundo centenario se está cayendo.

Al segundo ingresé con el señor Paz. Desde que me oyó que practicaba la lectura con los poemas de Julio Flórez decidió que sería el recitador oficial del plantel, sobre todo en los famosos días de la madre. Aunque también en los días de la patria te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo. Esto es, que con la poesía comencé haciendo el ridículo, lo que con el pasar de los lustros me sería compensado por ella misma con sonantes premios de poesía de la otra. Con el mismo señor Paz continué en tercero, cuando me hizo aprender de memoria para recitar un 20 de Julio el poema de Simón Bolívar ‘Mi delirio sobre el Chimborazo’, que por joder pronunciaba con esta palabra partida. Con el comenzaron mis clases de historia, a las que me aficioné mientras me iba llegando la comprensión de que la historia era lo que iba pasando, con su carga de muertos del día en la primera plana de los periódicos Relator, El País y el Diario del Pacífico.

A cuarto pasé con el señor Toro que de entrada me cogió bronca. Era joven y bien vestido, y en cada clase se tomaba por lo menos cuatro jarras de agua que me mandaba servirle del primer piso. No era muy pura, confieso, la que ingería. A pesar de mis destellos de inteligencia que comenzaban, me hizo perder el curso delante de mi mamá, que lloró sobre la libreta de calificaciones injustamente mermadas.

Me tocó repetir con don Ramón Perlaza, que a su vez fue nombrado director de la escuela. Creo que con él saqué cinco en todo, y me dejó tan bien preparado que, al ingresar al quinto en la llamada Escuela Anexa a la Normal, tuve la suerte de dar con el señor Ramiro Rueda, quien para tirria de mis envidiosos compañeros me seleccionaba frecuentemente para pasear la bandera en el homenaje.

Traté de entrar a primero de bachillerato al Santa Librada, pero no pude por falta de palancas y debí ingresar al Americano, donde me familiaricé con la figura del Cristo protestante que habría de perseguirme a pesar de mis evasivas. Y desde segundo ya ingresé al plantel fundado hará en breve doscientos años por el General Santander que se está cayendo, el colegio, por desidia de las entidades que tendrían la obligación de restaurarlo. La madre si no lo hacen.

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