Ratificación

Ratificación

Enero 30, 2019 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

He sido en los últimos dieciséis años contestatario tenaz de las actuaciones políticas de Álvaro Uribe Vélez, quien ocupó la Presidencia de la República y hoy es senador, posiciones en las que a mi juicio no hizo -ni hace- nada que obligue a sus compatriotas a guardarle gratitud. Él ha sido, como primer mandatario y congresista, un permanente casador de pleitos, un insistente adversario de todo lo que favorezca la reconciliación de los colombianos, un acucioso retador de todo aquel que no comulgue con sus ideas de extrema derecha.

Pero bueno, nadie es perfecto, como exclamó Joe E. Brown al final de la célebre película con Marilyn Monroe, y Uribe está en su derecho de tratar de hacer ‘invivible la República’, como ya lo hicieron sus ejemplos de mediados de Siglo XX, cuando la oposición pretendió -y logró con ese perverso método- tumbar al Partido Liberal del Poder.

Álvaro Uribe puede enfilar baterías contra el Acuerdo de Paz con las Farc pues la terminación de ese conflicto de más de 50 años lo dejó sin discurso, porque él y sus conmilitones saben que en la belicosidad está su éxito. Una paz negociada no está en su agenda. Una paz sin rendición incondicional de la insurgencia no aparece en su cartilla militar.

Lo grave es que él sacó de su carriel de nutria esa cartilla, la puso en ejecución, fracasó en el intento y no pudo hacer capitular a las Farc, lo que alcanzó Juan Manuel Santos mediante un tedioso y difícil acuerdo, que está a punto de fracasar precisamente por la decisión de Uribe de volverlo “trizas”.

Álvaro Uribe está en su derecho de odiar a Juan Manuel Santos, al considerarlo traidor por no haberle entregado la dirección del Gobierno en 2010. Se equivocó pues el supuesto criado le resultó respondón, eso lo sacó de casillas y Santos tuvo que soportar su tremenda oposición durante los ocho años de su mandato. Solo un hombre de su sangre fría puede tolerar la permanente agresión a la que lo sometió su enemigo.

Álvaro Uribe puede considerar que todos los que no le comemos su cuento somos unos miserables ‘castrochavistas’, abyectos admiradores del comandante Castro y del coronel venezolano. A mí, que caigo en esa arbitraría calificación, me tiene sin cuidado, y, antes bien, me siento honrado de que el senador me ponga al lado de tantos ilustres colombianos que respaldaron el proceso de paz.

Pero en lo que no tiene derecho Uribe es a endilgarle a Juan Manuel Santos responsabilidad en el criminal atentado en la Escuela de Policía General Francisco de Paula Santander, perpetrado por el Eln que conmovió las fibras más íntimas del corazón del mundo entero, menos las del órgano vital de Álvaro Uribe. Es aterrador que en medio de esa tragedia, él haya visto una oportunidad de aprovechamiento político. Atroz.

Alegue, grite, gesticule, amenace, vocifere, haga lo que su perturbada mente le ordene, pero tenga consideración con las familias de esos muchachos y de las otras víctimas del carro bomba.

Pienso que el presidente Duque debe nombrarlo, cambiando ‘un articulito’, ministro de Defensa para que nos demuestre que él si es “el presidente eterno”, como lo llama el obsecuente mandatario.

En el debate que en 1969 le montó José Ignacio Vives Echeverría al gobierno de Carlos Lleras, el senador Augusto Espinosa, defensor del presidente, le dijo al citante: “Usted ha ratificado aquí su tradicional fama de bellaco”. Fume y compare, como rezaba la vieja propaganda de Pielroja.

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