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Fascismo ordinario

Mayo 01, 2019 - 11:40 p. m. Por: Jorge Restrepo Potes

Con este mismo título Mikhail Romm filmó en 1965 ‘Fascismo Ordinario’, un documental en el que formulaba dura crítica a los regímenes de extrema derecha que dominaron a Alemania e Italia en la primera mitad del Siglo XX, y a los que la II Guerra Mundial sacó del poder, dejando devastados esos países y millones de civiles y militares muertos en esa feroz contienda.

Romm muestra cómo Hitler en Alemania y Mussolini en Italia crearon un esquema político de partido único, e iniciaron lo que los politólogos y psiquiatras conocen como ‘culto a la personalidad’, que no es otra cosa que la sublimación de los líderes en una concepción casi mística, que movía al paroxismo a hombres, mujeres, niñas y niños cuando el Führer o el Duce salían ante las multitudes fanatizadas, aquel en el estadio de Núremberg, y este en la Plaza del Pueblo de Roma.

El sistema utilizado era simple: tanto el teutón como el itálico montaron un ministerio de propaganda que llevaba a ambos pueblos (ojo, pueblos que heredaron la cultura del Renacimiento, y que los unos tenían genes similares a los de Beethoven y los otros a los de Miguel Ángel) al convencimiento de que esos dirigentes eran enviados por Dios para conducirlos a estadios más elevados de felicidad. Hitler juraba que el III Reich dominaría el mundo por 1.000 años; y el capo garantizaba que con él renacería el imperio Romano, algo así como un nuevo ‘Cessare imperatore’.

Al del bigotillo chaplinesco le duró la dicha 12 años; al de la quijada saliente, 22. Aquél se suicidó cuando las tropas soviéticas estaban por alcanzar el búnker de la Cancillería donde se refugiaba la plana mayor del nazismo. Al otro lo colgaron de los pies luego de ser ejecutado con su amante Clara Petacci, en la Plaza de Loreto en Milán.

Este par de sujetos con su ególatra culto a la personalidad aherrojaron la voluntad de sus pueblos, al punto de que nada les importaba la vida con tal de satisfacer a sus líderes. Hay que ver las películas de esa época cuando los alemanes -todos, excepto los judíos- entraban en éxtasis al aparecer Hitler en las tribunas bajo la inmensa esvástica, logo del Nacionalsocialismo.

Aquí en mi patria se está construyendo un sendero similar. Al volver a Cali de un feliz viaje de Semana Santa, vi cerca del aeropuerto una valla en la que aparece la figura en trance de Álvaro Uribe con la mano al pecho, y una frase: “Uribe es Colombia”. Vaya valla.

Al llegar a mi biblioteca busqué la Constitución Nacional, y leí su artículo 1°: “Colombia es un Estado social de derecho, organizado en forma de República unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general.

Entonces, ahora tenemos que nada de lo que define a Colombia la Carta Política de 1991 es verdad. Ya ni el Estado, que es la nación jurídicamente organizada, ni el territorio, ni nada queda a los que aquí nacimos. Lo dice el desafiante mensaje: “Uribe es Colombia”, y muchos de sus áulicos leen al revés: “Colombia es Uribe”.

Nuestro gracioso cineasta Dago García podría filmar una nueva cinta: ‘Fascismo ordinario a la criolla’. En ella no aparecerían los autores de la vieja doctrina totalitaria sino nuestro serenísimo dueño y señor, el inmaculado Álvaro Uribe Vélez. Laus Deo semper.

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