El último discípulo

El último discípulo

Mayo 08, 2019 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Mi mujer y yo pasamos unos días en Lima en marzo de 1985. En ese momento Perú era un hervidero político pues todo apuntaba a que en la elección presidencial que se daría un mes después de nuestra partida, Alan García Pérez, un gigante de más de dos metros de estatura, se haría con el poder, que tantas veces le había sido esquivo a su partido Alianza Popular Revolucionaria Americana -Apra-.

Asistimos a una inmensa manifestación de sus parciales en la plaza principal de la bella ciudad, y nos asombramos al ver y escuchar a ese apuesto candidato, que tenía una expresión corporal y una facilidad oratoria que ya hubiesen querido los grandes de la política latinoamericana. García tenía un verbo que insuflaba emoción a sus seguidores, y por eso el triunfo en las urnas fue apoteósico. El hombre llegó al Palacio de Pizarro con solo 36 años.

Ahí, bajo el sol inclemente de Lima, evoqué al fundador del Apra, Víctor Raúl Haya de la Torre, cuya agitada trayectoria política conocía porque lo consideraba un liberal de centroizquierda, similar a los líderes colombianos de esa tendencia. El jefe aprista había fundado ese partido en 1924, y con esa propensión peruana a desconocer la democracia, Haya jamás pudo alcanzar la presidencia pues cuando no le hacían fraude en las urnas, los militares daban golpe de Estado. Víctor Raúl era el ‘coco’ de la derecha.

Sabía del itinerario vital de Haya de la Torre no solo por su importancia política sino porque estuvo asilado en la embajada colombiana en Lima por más de cinco años, hasta que se logró en el Tribunal de La Haya que el dictador Manuel Odría le otorgara el salvoconducto, que le permitió radicarse en México. Años después volvió a su patria y murió en 1984.
Entre 1924 y hoy, el Apra solamente logró alcanzar el Poder en dos ocasiones, en 1985 y en 2006, ambas gracias al carisma de Alan García, que también sufrió persecución y tuvo que exiliarse en Bogotá, con gran éxito entre las distinguidas damas capitalinas.

Como la política no tiene reglas matemáticas, Alan García hizo un pésimo gobierno (1985-2000) pues le dio por moverse más allá de la centroizquierda. Nacionalizó la banca y cambió hasta la denominación de la moneda. Un fracaso total que abrió la puerta a Alberto Fujimori, que hoy purga sentencia por los desafueros de su gobierno. Sin embargo, 16 años después, el Apra buscó a García para dar nueva batalla electoral y se hizo el milagro: Alan volvió a la sede presidencial, en donde cumplió excelente gobierno con logros impresionantes en agricultura y en exportaciones, que hicieron crecer a Perú por encima del 6%.

Ignoro si Alan García recibió soborno de Odebrecht. No sé si la Justicia peruana tiene plena prueba o solo indicio -“que de la verdad al pórtico conduce”, como Shakespeare puso en boca del pérfido Yago, cuando Otelo le exigió prueba de la infidelidad de Desdémona-. Es posible que haya sucumbido a la criminal oferta, y al ver la posibilidad del carcelazo, prefirió morir.

El final de la carta de despedida a sus hijos es conmovedor: “He visto a otros desfilar esposados, guardando su miserable existencia. Pero Alan García no tiene por qué sufrir esas injusticias y circo; por eso les dejo a mis hijos la dignidad de mis decisiones; a mis compañeros una señal de orgullo; y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios porque ya cumplí la misión que me impuse”.

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