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El destrate

Octubre 28, 2020 - 11:40 p. m. Por: Jorge Restrepo Potes

Estoy por insinuarle a mi admirado amigo Juan Carlos Henao, rector del Externado de Colombia, que esa institución le otorgue beca a Iván Duque para que en curso acelerado, catedráticos de la Facultad de Derecho le enseñen a interpretar el texto de la Constitución Nacional, pues todo da a entender que olvidó el juramento de cumplirla cuando asumió el cargo.

Pensé que Álvaro Uribe podía recibir lecciones similares porque es increíble que una persona a quien sus parciales atribuyen coeficiente intelectual alto, al salir del ‘secuestro’ al que lo tuvo sometido la ‘mamerta’ Corte Suprema de Justicia en la sórdida mazmorra de El Ubérrimo, haya soltado una lista absurda de las metas que él se propone cumplir para salvar esta adolorida patria.

Uribe dice que promoverá referendo para que el pueblo -del que es único intérprete- modifique el Acuerdo de Paz con las Farc; que liquide la JEP; que haya Congreso unicameral de pocos miembros y mezquinos sueldos; y una sola Corte, más controlable.

Alguien de su entorno debería de decirle al perilustre refundador de Colombia que el acuerdo que pretende hacer ‘trizas’ no fue un pacto entre Juan Manuel Santos y unos bandidos de guerrilla comunista. No, señor exsenador. Esa es una negociación del Estado con una organización subversiva, vieja de 50 años, a la que ni usted, ni sus predecesores en el Gobierno pudieron vencer militarmente.

Santos, con paciencia infinita y soportando las agresivas falacias de Uribe y su cuerda fanática, logró que esa sanguinaria guerrilla se aviniera a suscribir un acuerdo para poner fin al conflicto armado. Acuerdo que fue respaldado por la comunidad internacional; refrendado por el Congreso que lo insertó en bloque de constitucionalidad; y avalado por la suprema guardiana de la Carta.

El Estado pactó con las Farc, y con nadie más. En la mesa habanera no estaban ni el Eln, ni el Clan del Golfo, ni los Rastrojos, ni los Pelusos, ni los narcotraficantes, ni los ladrones de celulares, por lo que criticarle a Santos que esos otros delincuentes anden sueltos, no es justo: es una canallada, una más de las que le caen al expresidente. Que como no las contesta, más los irrita.

Y como esa fue una negociación entre dos partes en pie de igualdad, porque ninguna pudo derrotar a la otra, esas mismas partes -Estado y Farc- tendrían que sentarse a convenir el destrate que desea Uribe. De darse, el Gobierno tendría que entregar a los guerrilleros el mismo número de armas que fueron fundidas, y concederles salvoconducto para que regresen ‘a las montañas de Colombia’ a reiniciar el combate.

Pacta sunt servanda, me enseñó en su cátedra de Derecho Romano el profesor Carlos Medellín, en mi amado claustro externadista: los pactos son para cumplirlos, y las cosas en derecho se deshacen como se hacen.

La salida de las Farc de eso que Uribe niega era conflicto armado, trajo inmensos beneficios al país, como lo demuestra el auge del turismo y el aumento de la inversión extranjera, infortunadamente frenado por la pandemia. No hubo más toma de poblaciones, ni cárceles infames en las selvas para los secuestrados, ni más cilindros explosivos como los de Bojayá.

Sólo la obcecación y el odio por Santos llevan a Uribe y a sus laderos a desconocer lo logrado con ese Acuerdo que, tal como lo cuenta Henry Acosta en su libro ‘El hombre clave’, también fue buscado con ahínco por Uribe en sus dos mandatos.

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