Cambiando balas por libros

Cambiando balas por libros

Octubre 23, 2018 - 11:55 p.m. Por: Jorge E. Rojas

Ametrallar las letras. Gustavo Gutiérrez lo escribe así en ‘Cambiando balas por libros’, obra de su autoría que presentó el domingo pasado en la Feria Internacional del Libro de Cali. Un relato de violenta naturaleza que cuenta por capítulos la historia de su lugar en el mundo: Biblioguetto, el club de lectura caminante que 13 años atrás puso a andar en las esquinas de Petecuy, en las ollas, en los rotos del barrio donde no entraba la Policía, en sus callejones, y sobre la cima de una escombrera que llegó a tener 30 metros de alto, que era hasta donde trepaban los niños con tal de escuchar la vida fantástica que él les leía en voz alta, y que ellos empezaban a creer posible en algún otro lugar después del río.

Año 2005: el cielo se rompe sobre el Valle y el Cauca se desborda. El jarillón construido para contener los arrebatos del agua en las curvas donde lame la periferia oriental de la ciudad, sostiene una invasión de 700 familias que colindan con Petecuy, por lo que muchos de sus niños terminan refugiados en la caseta comunal. Allí los encuentra Gustavo escurriendo de miedo, solos de todas las formas posibles en ese rincón de Cali: “Pensé en Petecuy como un barrio donde el Estado solo llegaba en forma de factura de servicios públicos…”, dispara el escritor.

Ese es el principio. Primero fue la manera de sacar a esos enanos de la desolación: entonces con un grupo de amigos que lo acompañaron en zancos y vestidos de payasos, pasó seis días con los niños. A cambio de maquillaje o un traje escandaloso para animarlos, él les llevó un libro. Uno. Se los leyó cada día y cada día lo escucharon como si fuera la primera vez, renacidos en la dicha que el ejercicio de la imaginación les renovaba página tras página. Gustavo, de 16-17 años, entendió toda esa cadena de circunstancias como una epifanía y desde aquel momento vivió para intentar rescatar a los pelados de otros remolinos. Para nadie era secreto que cuando bajara la inundación todo lo demás seguiría flotando en la calle: los combos, los parches, los buenaventureños, cinta-larga, el agite, el evento, los caciques, el humo, el fierro, la moto, los tiros, la vuelta, el atajo. Para el año 2005, doscientas mil personas habitaban la ciudad sin saber leer ni escribir. Novecientas vivían en Petecuy.

Sin más cómplices que su pandilla de payasos, Gustavo se empeñó con el método que había comprobado en carne propia. Con libros prestados y donaciones, se instaló en las esquinas para dictar talleres de lectura y escritura que poco a poco fueron convocando a los enanos. Y así paulatinamente la escena se fue haciendo frecuente con una contundencia hipnótica: de repente ese combo de chicos, armados apenas con libros y lápices, se le plantaban al destino que el abandono parecía prometerles. Una diminuta y poderosa revolución.

Leyendo y escribiendo, tan solo con eso, empezaron a conquistar otros espacios, como la vieja caseta de los marihuaneros, donde los enanos acomodaron su primera estantería de libros. Y así también empezaron a conquistar sus temores: “La semana pasada, Óscar, el baboso de la tiendita de enfrente, me dijo que entrara a la casa de él, que él me regala plata. Yo a ese señor lo odio. No vayan a hacer nada…” En uno de los talleres una niña de 9 años escribió su miedo en un papel. Nunca se lo había dicho a nadie pero encontró la fuerza en ese guetto. La pandilla de payasos, por supuesto, hizo algo.

El desenlace está en ‘Cambiando balas por libros’, la segunda obra de Gustavo Gutiérrez, que justo antes del invierno que le dio inicio a todo, escribió una novela que todavía no publica. A quienes compren este libro, tal vez sea necesario anticiparles la ausencia de disparos porque no es una narconovela. Y también habrá que decirles que difícilmente saldrán ilesos del relato. Parte de los recursos, ayudarán a construir la primera biblioteca de Petecuy. Para los interesados en este heroísmo artesanal, Gustavo contesta en el 304 5487097.

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