¡Nunca más!

¡Nunca más!

Febrero 24, 2019 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

Muerte, miedo, desolación. Ese es el legado de Pablo Escobar. Es aberrante y triste verlo convertido en mito y en leyenda, en héroe, y que de él se hayan escrito libros, hecho películas y series; relatos de su vida truculenta, algunos de los cuales han desdibujado al villano y contribuido a despertar empatía, incluso admiración, por quien fue del peor de los asesinos. De ahí el significado de la demolición del edificio Mónaco en Medellín.

La muerte de Escobar no fue el fin del narcotráfico y del mercado de drogas ilícitas. Mutó en organizaciones pequeñas, en clanes, e hizo tránsito a México como epicentro del mal. Pero fue el fin de Colombia como narco-estado y de la amenaza de la toma del poder por la guerrilla. Este solo hecho justifica la vilipendiada guerra contra las drogas. Sin ésta, el país no existiría: estaría en manos de la mafia y la guerrilla, aunque son la misma cosa.

Pero la impronta del narcotráfico sigue ahí, impregnada en la cultura, ejerciendo poder sobre paradigmas y valores sociales. No ha sido posible erradicarla, incluso de la política.

El dinero fácil, la corrupción desenfrenada, el todo vale, y la exaltación Kitsch de la narco-cultura, son rezago, legado y evidencia de lo difícil que ha sido sepultar ese pasado. Y lo fácil que es perder con el tiempo la perspectiva sobre una dolorosa realidad vivida.

Por eso es tan importante lo sucedido esta semana en la capital antioqueña; destruir los vestigios de la residencia del capo, en homenaje a los miles de víctimas y a los héroes de esa guerra, es señal de una sociedad que no se reconoce en ese pasado y rompe con él. Histórico, emocionante, ver a familiares de algunas de las víctimas de esa época aciaga, reunidas en un acto sencillo y solemne, siendo testigos de la implosión de la edificación.

Una Medellín que les dice, les implora, les exige al país y al mundo, no más idealización del capo, no más apología a uno de los capítulos más tristes de la historia de nuestro país. No nos equivoquemos, Escobar no era un hombre bueno ni le importaban los pobres. Era un sociópata ambicioso y sangre fría, que creó el sicariato, destrozó familias enteras, acabó con una generación de jóvenes, y asesinó a diestra y siniestra, sin remordimiento.

Y fue más allá, corrompió hasta los tuétanos las instituciones de Colombia. Se tomó, en amanguala con el M-19 el Palacio de Justicia, con el triste desenlace por todos conocido. Asesinó candidatos presidenciales, ministros, periodistas, jueces y policías, y explotó un avión en pleno vuelo, dejando una herida abierta en el alma de los caleños. No, no fue un incomprendido por la sociedad, fue un bandido sobre el cual debe decirse la verdad.

En especial a las nuevas generaciones. Hay que contarles la verdad, no el romanticismo de unos capos ingeniosos puestos donde no se deben; no más Rosario Tijeras, ni Narcos de Netflix, ni Escobar el Patrón del Mal. Nunca más debemos repetir ese capítulo, nunca más debe nacer un Escobar en nuestra sociedad, y para eso, debemos acabar con sus símbolos. Sin tibieza: los que no vivieron esa época de terror, deben saber lo que pasó.

¿Y Cali qué? ¿Y los Rodríguez y Santacruz qué? ¿Y el cartel de acá qué? ¿Y sus discípulos que? ¿Y el ‘Negro’ Martínez poniendo alcaldes y gobernadores, se nos olvidó? Debe ser que estamos libres de polvo y paja; que en Cali y el Valle no pasó ni pasa nada. Debemos seguir el ejemplo de Medellín y cortar -pero de verdad- con ese legado nauseabundo. No más narcotráfico, no más apología del delito. ¡No más cultura traqueta ni exaltación de sus símbolos! Escobar y los capos, todos, deben ser un motivo de vergüenza nacional.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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