Iglesia y política

Enero 16, 2022 - 06:50 a. m. 2022-01-16 Por: Francisco José Lloreda Mera

La Iglesia Católica no ha sido ni es apolítica, como tampoco las demás iglesias cristianas y otras religiones. Han mantenido, en mayor o menor medida y con diversos estilos, una relación estrecha con la política, con el poder, para velar por sus postulados e intereses. En Colombia y en el mundo. Pero esa no es la discusión. La discusión es si un jerarca de esta Iglesia en Colombia debe opinar sobre política a título personal y no institucional.

Resurge el tema por la nueva y reciente declaración del arzobispo de Cali, monseñor Darío Monsalve, en contra del Gobierno Nacional. No es la primera vez que pasa ni será la última. Hace dos años lo sindicó de genocida y ahora de manipular la realidad sobre “masacres, persecuciones, revocatorias, y desbarajuste socioeconómico y ambiental”. Dijo además que el Ejecutivo es “autoritario” y “ajeno a toda política de paz estructural”.

No tardaron las reacciones: las de quienes acusan al prelado de escudarse en la sotana para hacer política en defensa de una causa izquierdista, y la de quienes lo alabaron y glorificaron por cuestionar al presidente Duque en momentos en que inicia un balance de su gestión, como lo han hecho y lo hacen la mayoría de gobiernos a nivel global.
Unos indignados y otros eufóricos, en una controversia que amerita una mirada más serena.

Una es la discusión sobre si se está manipulando la realidad. Los detractores dicen que sí y quienes lo apoyan que no, en un diálogo de sordos colectivo en el que dependiendo de intereses y sesgos, los hechos son relevantes o pasan a segundo plano. Lo cierto es que todo gobierno tiene no solo el derecho sino la obligación de realizar un balance e informar, y es natural que resalte sus logros o presente los hechos desde su perspectiva.

Pero no es del caso entrar en ese debate; no hay peor ciego que el que no quiere ver y hay quienes no están dispuestos a reconocerle ningún acierto al presidente Duque. El tema de fondo es si quien expresa esas opiniones es el llamado a hacerlo, si compromete a la institución, si sus palabras y tono son adecuados y su intención diáfana. Escuchar al Arzobispo despacharse contra del Gobierno actual en la forma como lo hace es delicado.

No podía ser distinto, más en un país polarizado, con distintos tipos de violencia, y que conoce las consecuencias históricas de hacer política desde el púlpito. Y más viniendo de un líder de la principal Iglesia. ¿Qué aportan las palabras de Monsalve? Nada salvo leña al fuego, como si no tuviésemos suficiente. Lástima que no haga uso de su liderazgo y conocimiento para unir, en un país y una ciudad donde cada quien tira para su lado.

Tampoco aportan las opiniones y escritos engendrados en odios atávicos y viscerales. Señalar de pistoleros a quienes rechazaron lo dicho por el prelado es temerario, como llamarlos politiqueros ultraderechistas, o despotricar de los segmentos de la sociedad que no comulgan con el Arzobispo. Inaceptable, más aún viniendo de quienes se jactan hablando de paz y perdón; a veces se dificulta distinguir quienes son los guerreristas.

La Católica es la principal Iglesia y referente religioso del país aunque no sea ya un Estado confesional. Por eso, quienes la lideran deben actuar con sindéresis y respeto. El palo no está para cucharas; Colombia requiere de liderazgos que cohesionen, no que fragmenten; voces que sanen, no que ahonden las heridas. Es hora de que el Arzobispo de Cali entienda que hay maneras más efectivas de aportarle al país, incluso en política. Menos espectacularistas, quizá, pero más afines a las enseñanzas y el ejemplo de Jesús.
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