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Entre el piropo y el acoso
El acosador no respeta los límites ni la autonomía de nadie, ejerce su posición de poder para intimidar y coaccionar, manipula amenazando, chantajeando y culpando para obtener lo que quiere.
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31 de mar de 2026, 02:24 a. m.
Actualizado el 31 de mar de 2026, 02:24 a. m.
Hay una delgada línea, tan fina que a veces es imposible distinguir. He escuchado a varios defensores del arte de piropear decir que “ahora todo se volvió acoso” y no es así: la Real Academia de la Lengua define al piropo como un “dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer” y al acoso como la “persecución o presión insistente e inoportuna hacia una persona, a menudo con el fin de desestabilizarla, intimidarla o someterla” las dos definiciones son lo suficientemente claras como para entender que los dos conceptos son totalmente diferentes.
Pero si son tan distintos, ¿por qué el acosador los mezcla de manera que el acoso quede disfrazado de piropo? El acosador no respeta los límites ni la autonomía de nadie, ejerce su posición de poder para intimidar y coaccionar, manipula amenazando, chantajeando y culpando para obtener lo que quiere, no siente ninguna empatía por sus víctimas, es narcisista, ególatra, no siente preocupación por las consecuencias de sus acciones y a la vez tiene una enorme incapacidad para manejar el rechazo, siente miedo ante la negativa y por esa razón emplea el matoneo y la violencia para obtener atención. El acosador es obsesivo, controlador compulsivo, ansioso, inseguro y celoso, con una baja autoestima y falta de confianza en sí mismo.
El piropo halaga, el acoso incomoda e intimida, una de las víctimas de acoso en el sonado caso de los presentadores acosadores narraba como rezaba para no encontrarse en los pasillos con su victimario y cómo para pasar frente a su oficina tenía que llamar a varias personas para que la acompañaran. No necesariamente el acoso es vulgar; cuando el halago se vuelve repetitivo, insistente, sibilino, es decir, oscuro, con una intención oculta, ambigua, se pasa a los terrenos del acoso.
No hace falta soltar frases incómodas para ser acosador, el silencio nos hace cómplices cuando vemos conductas en otras personas dirigidas a subyugar e intimidar de manera sexual a compañeras o compañeros de trabajo. Cuántas veces hemos validado este tipo de comportamientos con las risas cómplices o las miradas de aprobación, “yo no he dicho nada, pero me reí del chiste”, “yo no dije nada, pero aprobé con mi silencio el momento incómodo por el que hicieron pasar a esa persona”. Y cuando la persona acosada, ofendida, reclama, sale a deber: “tan delicada, no se le puede decir nada”, “se cree muy importante”.
Tendríamos todos que cambiarnos el chip, el software que traemos hombres y mujeres nacidos en el siglo pasado y que nos dice que la validación como hombres o como mujeres tiene que estar sexualizada, la mujer como instrumento de dominación que está ahí para ser usada y el hombre como el ser llamado a dominar y procrear.
No es que ya no se pueda decir nada ni que se vaya a acabar el romanticismo, como dicen algunos entusiastas del piropeo, es entender los contextos, entender que no es no, entender que la insistencia y la repetición de patrones dirigidos a conseguir dominación es acoso sexual, insistir con los poemas, insistir con la serenata, insistir en los chistecitos de doble sentido, insistir en no entender que no es no, es acosar.

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