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Elogio de Cali

No se necesita que se ofenda el espíritu de sacrificio y los nobles sentimientos de los voluntarios, lo mejor del pueblo de Cali...

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Carlos Jiménez.
Carlos Jiménez. | Foto: El País.

14 de ago de 2026, 02:29 a. m.

Actualizado el 14 de ago de 2026, 02:29 a. m.

El terremoto ha confirmado la tesis de que el pueblo es superior a sus dirigentes. Sobre todo, por la conducta del alcalde Alejandro Eder y del presidente Abelardo de la Espriella. Ambos han tomado decisiones que por su carácter arbitrario o contraproducente contrastan vivamente con la respuesta popular a la tragedia. Espontánea, abnegada, generosa. A los pocos minutos de superada la conmoción y el pánico causado por un sismo de 7,4 puntos en la escala de Richter, en muchos puntos de la ciudad se improvisaron equipos de trabajo que, con más buena voluntad que medios técnicos, se dieron a la tarea de rescatar de entre las ruinas a quienes presumiblemente habían quedado atrapadas debajo de ellas.

Conscientes de que, en esas circunstancias, las horas y hasta los minutos cuentan para la vida de quienes yacen bajo los escombros. Cierto, el rescate de las víctimas es una operación muy riesgosa, tanto por el inestable equilibrio de los escombros como por la posibilidad imposible de descartar en esos momentos de que se produzcan réplicas. En la memoria de todos estaba el recuerdo de lo sucedido el pasado 24 de junio en Venezuela, donde un terremoto de 7,2 fue seguido pocos segundos después por otro de mayor intensidad: 7,5.

Lo conveniente es que los especialistas en operaciones de rescate guíen a los voluntarios, dispuestos incluso a arriesgar la propia vida con tal de salvar la de quienes sobreviven a la experiencia de que el techo se haya desplomado literalmente sobre sus cabezas. Pero lo que no se necesita es que se ofenda el espíritu de sacrificio y los nobles sentimientos de los voluntarios, lo mejor del pueblo de Cali, decretando inmediatamente después de la tragedia un toque de queda so pretexto de evitar saqueos.

No voy a negar que ‘la ocasión hace al ladrón’. Pero si se pudieron movilizar 11.000 efectivos de las Fuerzas Armadas para garantizar la seguridad de la ceremonia de posesión de Abelardo de la Espriella ¿por qué no se replicó dicho dispositivo para conjurar los saqueos? Eso sin contar que cuando el pueblo está movilizado es capaz de neutralizar a los malhechores. La desconfianza del pueblo que alimentó la declaración del toque de queda, agravó la decisión de Abelardo de rechazar la ayuda ofrecida por México, Brasil, España o China por algo mucho peor que el fanatismo. Por la estupidez de ofender gratuitamente a quienes nos ofrecieron su ayuda en esta hora aciaga.

Historiador y crítico de arte. Profesor de la Unviersidad Europea de Madrid y corresponsal de la revista ArtNexus en España. Es columnista del diario El Pais de Cali desde 1994.

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