Columnistas

El país que empieza con De la Espriella

La diferencia entre ganar una elección y gobernar está en la capacidad de construir mayorías. No se trata de cuánto quiera cambiar el nuevo gobierno, sino de cuánto pueda convertir en realidad.

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

Álvaro Benedetti
Álvaro Benedetti | Foto: El País

22 de jun de 2026, 03:12 a. m.

Actualizado el 22 de jun de 2026, 03:12 a. m.

Los análisis de las próximas horas se concentrarán en los porcentajes y los mapas electorales; en las semanas siguientes se conocerán los nombres que integrarán el nuevo Gobierno. Sin embargo, la pregunta verdaderamente importante no es quién ganó la elección, sino qué está diciendo Colombia con su voto.

La interpretación más simple sostiene que ganó la derecha; la más interesante, que terminó un ciclo político. Durante más de una década, el país estuvo atrapado en las dicotomías uribismo–antiuribismo y, después, petrismo–antipetrismo. Cambiaron los protagonistas, pero no la lógica: una política organizada alrededor de identidades enfrentadas y antagonismos permanentes.

La apretada victoria de De la Espriella sugiere que una parte importante de los colombianos decidió cerrar ese capítulo. No necesariamente porque comparta todas sus propuestas, sino porque percibe agotado el ciclo anterior. Las elecciones no siempre expresan entusiasmo; muchas veces expresan cansancio. Ese cansancio, más que la diferencia mínima en los votos, puede ser clave para entender los próximos cuatro años.

El nuevo presidente llegará al poder con un mandato claro en materia de autoridad y seguridad. La ciudadanía envió un mensaje inequívoco sobre su preocupación por la criminalidad, el control territorial de los grupos armados y el deterioro del orden público. Por eso, la seguridad será el principal termómetro político de los primeros meses de gobierno.

La experiencia reciente muestra que los presidentes rara vez son juzgados por el tema que los lleva al poder: Santos terminó definido por la paz, Duque por la crisis social y Petro por la economía, la seguridad y la gestión. A la fórmula De la Espriella-Restrepo probablemente le ocurrirá algo similar; su principal examen no será la autoridad, sino la economía. La realidad fiscal colombiana impone límites que no distinguen entre izquierdas y derechas, con déficit, deuda y bajo crecimiento. Los mercados pueden reaccionar con optimismo, pero la confianza por sí sola no crea empleo ni mejora el bienestar de las familias.

Uno de los mayores riesgos de esta nueva administración será confundir expectativas con resultados. Además, hay una tensión menos evidente porque los gobiernos suelen creer que su principal desafío es la oposición, cuando muchas veces los mayores problemas surgen dentro de sus propias bases.

El electorado votó con expectativas de cambios rápidos y contundentes. Sin embargo, el Estado colombiano es una maquinaria lenta, fragmentada y llena de contrapesos, con cortes, Congreso, gobiernos territoriales, organismos de control y restricciones fiscales que limitan cualquier impulso transformador. La diferencia entre ganar una elección y gobernar está en la capacidad de construir mayorías. No se trata de cuánto quiera cambiar el nuevo gobierno, sino de cuánto pueda convertir en realidad. En esa tensión se jugará buena parte del mandato.

Buscar acuerdos amplios puede decepcionar a quienes esperan una ruptura con la política tradicional; gobernar desde la confrontación puede dificultar las reformas y profundizar la polarización. Esta, sin embargo, no desapareció con la elección, solo cambió de escenario. De hecho, una de las consecuencias más interesantes de este resultado podría ser la consolidación de una geografía política cada vez más marcada. Más allá de la división matemática de los votos, las regiones votan distinto, tienen diferentes prioridades y desarrollan identidades políticas propias, acercando al país a un modelo donde el comportamiento electoral estará cada vez más ligado al territorio.

Existe una última paradoja que el nuevo gobierno no debería ignorar. La derrota del progresismo no implica su desaparición. En América Latina, muchas fuerzas han regresado fortalecidas tras perder el poder: gobernar desgasta y la oposición reorganiza. Las derrotas suelen producir renovaciones que las victorias aplazan. Por eso, el desafío no será solo derrotar adversarios, sino demostrar que esta elección fue algo más que un voto de cansancio. ¿Nuevo rumbo o rechazo al anterior? La respuesta no la darán los discursos ni los primeros cien días, sino los resultados.

*Consultor internacional

Consultor internacional, estructurador de proyectos y líder de la firma BAC Consulting. Analista político, profesor universitario.

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Columnistas

Gonzalo Gallo

Columnistas

Oasis

La semana santa es la mejor época para los fabricantes de velas en Cali

Columnistas

No tengan miedo