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El horror de la muerte de Kevin Arley Acosta

La gente se aglomera desesperada alrededor de los hospitales y centros de asistencia, sin que se resuelvan sus peticiones, sin que ese deber se cumpla.

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Armando Barona Mesa. Columnista.
Armando Barona Mesa. Columnista. | Foto: El País.

20 de feb de 2026, 02:29 a. m.

Actualizado el 20 de feb de 2026, 02:29 a. m.

En julio de 1918, el Comité político de Ekaterinburg, al oriente de Rusia, ordenó matar al zar Nicolás II, ya abdicado por él mismo, al zarevich Alexei, a la zarina y a las cuatro hijas. Estaban prisioneros. Y en la madrugada los asesinaron en un sótano, sentados como para tomar una foto. Y les dispararon todos los tiros que pudieron, en un salón lleno de humo y fatalmente adornado por los agresivos colores encendidos de la pólvora. Fue un crimen que aún repudia la humanidad. Al zarevich Alexei el mundo lo conocía enteramente; era un muchacho que padecía una enfermedad grave: la hemofilia, que es la propensión a que, si la sangre comienza a salir por una herida cualquiera, seguirá saliendo hasta la muerte, sin que pueda coagularse. Ese zarevich era un joven simpático y alegre de trece años.

La hemofilia era una enfermedad muy grave en aquellos tiempos y muchos años después, a pesar de que conmovía por el dolor que causaba la muerte de un muchacho lleno de esperanzas, con inteligencia abierta. Hoy hay una droga que permite evitar los efectos desastrosos mortales, sin que sea necesario un régimen de vida privativo de ejercicios. Hay campeones de atletismo hemofílicos que no se abstienen de nada y hasta trepadores de altas montañas en un alpinismo en que han sobresalido. Simplemente toman el remedio que se consigue en todos los lugares. Menos en Colombia, donde, a pesar de que existen aún los pacientes de ese mal, la manera como el malhadado gobierno Petro ha manejado la salud y la escasez de drogas ha sido uno de los mayores problemas de la convivencia racional entre los colombianos.

Sin embargo, don Petrosky le echó la culpa de la muerte de Kevin Arley Acosta, de siete años, paciente de aquella enfermedad, no a que no se le entregó el medicamal que se montó en una bicicleta. No se puede encontrar mayor indolencia de un gobernante culpable de la tragedia y de la ausencia de la asistencia pública en el campo de la salud.

Él, Petro y su indeseable Ministro de Salud, jactancioso con su puesto, han destruido un sistema mixto que funcionaba bien. Ahora no hay drogas y, naturalmente, no hay salud. La gente se aglomera desesperada alrededor de los hospitales y centros de asistencia sin que se resuelvan sus peticiones, sin que ese deber se cumpla. Petro por supuesto, miente y se convierte en víctima, perseguido, dice injustamente, por una oposición agresiva y por unas instituciones malévolas en contra de su gobierno. Y se queda tan orondo, no obstante el desgreño y la corrupción que ha permeado todos los frentes del Ejecutivo y que ha llegado inclusive hasta un país como Suecia, donde su exmujer, la señora Verónica Alcocer, inexplicablemente ambuló durante esos días de la compra de unos aviones bien costosos.

Ah, pero no hay plata ni para la droga -remedios, porque de la otra sí hay-, ni para encontrar la paz que había prometido y, al contrario, ha hecho generalizar la violencia con todos sus horrores.

Cínico y desfachatado pero demagogo, el señor Petro, mientras su departamento Córdoba se hundía en medio de las inundaciones sin haber dejado recursos para atender esa verdadera emergencia, porque los despilfarraron y entregó con ansias electorales contratos por más de ochenta mil millones de pesos que se robaron, no tuvo inconveniente en irse de paseo a pasar fin de semana en la isla Gorgona acompañado de una chica -o chico-, sostienen los que manejan la noticia, como es su costumbre y se movió frente al mar cogido de la mano de la muchachona -o muchachón- con la que había pasado la noche en las viejas instalaciones para el personal que manejaba aquella prisión.

Pero convoca al pueblo como lo hicieron Mussolini, Hitler y Perón y todos los dictadores que en el mundo han sido, para que lo oigan comparándose a Jesús de Nazaret, a quien él se niega a reconocer como Cristo y habla con insolencia diciendo que ambos eran revolucionarios y, por supuesto, tenían mujeres. Y Jesús tenía las suyas con las que pernoctaba. ¡Insólito irrespeto! Increíble en un país cristiano que guarda tradiciones y respeta la espiritualidad. Pero es que en su narcisismo antes se comparaba con Bolívar, pero ahora ha llegado a autoconsiderarse igual a Cristo.

Sus hermanos roban del erario, su hijo roba del erario, su exmujer tiene partida propia en el presupuesto de más de treinta mil millones solo para cuidar su imagen y hasta para los masajes que le daba un tal Nehru y que ella degustaba suspirando por un poco de marihuana. Robaron ministros -hoy presos- y con plata sustraída con habilidad por altos funcionarios suyos, compró parlamentarios en pro de su propio beneficio político. Todos estos desaliños, por supuesto, con el visto bueno del Petro, que no deja suelto nada que pueda darle la capacidad de compra de voluntades. Y aumentó la burocracia para aumentar votos y respaldo popular. Nadie ha viajado más que él, y nadie se ha divertido más con droga -lo afirmó su actual ministro de Gobierno, Benedetti, también en la jugada.

Así ha tenido que admitirlo su compañera de andanzas, Laura Sarabia, actualmente embajadora ante el Reino Unido, a la que no ha podido echar, porque recién presentó sus cartas credenciales. Pero él, Petro, se siente el dueño de la palabra y aspira a ganar las elecciones conforme a su propia conveniencia. Es un dictador en potencia, que cree que su candidato Cepeda es igual a Héctor Cámpora en la Argentina, quien se hizo elegir presidente para entregarle el poder a Perón.

ha desempeñado puestos públicos como juez del Circuito, Conjuez del Tribunal de Cali, Secretario de Gobierno de Cali y alcalde encargado, embajador de Colombia en Polonia y en la ONU. Ha sido delegado a varias conferencias internacionales como la OIT en Ginebra

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